miércoles, junio 13

Ya casi me voy

Y bueno, pues el día ya está llegando: el viernes estaré saliendo para Montreal en un vuelo mañanero de la Air Canada. Estaré por allá el tiempo que me requieran las letras y la vida.
Habrá ocasiones que ameriten una reseña o comentario, o una foto. Estaré al pendiente para captarlas.
Canadá no es uno país tan colorido como cualquiera de Latinoamérica, pero en el verano sus lagos y sus jardines son hermosos. Los quebequenses, además, son hospitalarios y con un singular sentido del humor.
Lo que más me duele dejar en mi ciudad es mi familia, pero sé que está aquí y que podré regresar cuando lo necesite.
Un abrazo y estamos en comunicación.

lunes, junio 4

En torno a Cortázar, El Perseguidor y los escritores.

A veces creo que Julio Cortázar era un poseso, alguien raptado y seducido -de tiempo completo- por sus personajes. No se puede pensar de otra manera después de haber navegado por El Perseguidor, y haber escuchado los comentarios que el propio autor hace de este personaje.
Creo firmemente que un personaje puede poseer el alma de un escritor. Hay momento, también, en que el autor escucha voces y diálogos y siente -además- una atmósfera.
Las historias pueden ser mera ficción, pero el estado de posesión de quien escribe es real. De hecho, éste es el estado que se precisa para escribir una buena historia, creo.
Un abrazo.

domingo, junio 3

MARISMAS DE UN SUEÑO

Por A. Rojas
Cuento.
Cuando los dos despertaron, el viento del Este movía las láminas y el techo estaba a punto de desprenderse. El esposo se irguió en la cama. Con los ojos bien abiertos, sobresaltado, y con el corazón en tropel le dijo a su esposa, Tuve un sueño horripilante, Qué soñaste, le dice ella, Que mi lancha zozobraba y que mis pescadores se hundían en ella, Es una señal, dice la esposa: indica que debes quedarte en tierra, No insistas, mujer y ella reclama: te necesitamos en la casa, mira el niño que te llama, y yo que estoy cansada de acarrear agua y de reparar las lámina del techo.
El esposo se apresuró y metió los pies en sus zapatos de goma. En un tono militar dijo, Tengo que salir. Se puso la camisa y abrió la puerta. Afuera el día era lúcido, contrastaba con los pensamientos atribulados del pescador, la angustia le punzaba como la picadura de un insecto, y por más que intentaba estar en calma caía de nuevo en el sufrimiento, Tengo que ver qué les pasó, abundó, imaginándose a sus tres pescadores pidiendo auxilio en el mar. Debo ayudarles, repitió, así que no me cierres el camino, mujer y regresa a cuidar al hijo.
Afuera estaba la lancha con un motor pequeño de borda y un par de remos, él caminó angustiado hacia el muelle. Ella lo siguió tratando de que volviera, sin entender cómo: en un día de sol y la mar en calma el esposo estaba tan atribulado, qué no había sido mucho: pasar por todas las precariedades de un mar que no suelta, pedir fiado en las tiendas, le reclamó.
Estoy seguro que se han quedado sin gasolina, dijo él, pensando en sus pescadores. Puede ser que no haya sucedido nada -recapacitó- pero los sueños siempre avisan, nada pasa por nada, acuérdate cuando soñamos que nos íbamos a casar y que tendríamos un hijo varón, Sí, aceptó ella, Y nos casamos, y después el sueño se completó con el nacimiento del niño, afirmó él convencido, acuérdate nada más, así que si soñé que ellos se morían, tendrá que ser cierto, tengo que salir, retomó, será una tortura tener que vivir con el peso de estas muertes por el resto de mi vida, y todo por no hacerle caso a los sueños, mujer, así que deja, no insistas más.
El esposo se fue, navegó ese día por un mar en calma. Arriba las gaviotas se insertaban en un cielo raso y azul, arropado por la brisa del Este. Tan pronto como avistó a la lancha ondeando su proa en las tranquilas aguas, tuvo un sentimiento feliz, de agradecimiento. La corriente lo acercó a la embarcación. La tripulación lo saludó. El pensamiento de un miedo infundado le hizo reír y llamarse tonto. Los demás lo observaron sorprendidos, pues no era costumbre del jefe estar tan contento mientras trabajaban, Se le aflojó un tornillo, masculló uno de los pescadores.
Así sucedió esa mañana, él estuvo pescando con sus empleados, distribuyendo el pescado en las pangas y amarrando redes.
Cuando regresó al puerto y caminó a su casa, encontró a los dos en la cama, su mujer y su hijo, abrazados, muertos los dos, degollada ella, aplastado el niño, por el filo y el peso de las láminas de un techo que, por viejo y desatendido, se había derrumbado -0-.

martes, mayo 29

PLATICANDO CON JUANA GALLO


El enganche que tengo con Juana, en definitiva, es la literatura. Pero también hay otra circunstancia que nos une: somos unas desempleadas crónicas, desajustadas salariales. Vivimos a expensas de los ideales y de los sueños. Y claro, en la última conversación el tema de cajón fue el empleo, los planes y lo demás.
Quedé con ella que publicaría en el blog y continuaría comentando La Bendita Manía de Contar, uno de los últimos libros de Gabriel García Márquez (nada que ver con un empleo).
El libro no es una novela, ni un compendio de cuentos. Algo muy innovador del laureado, buena idea de su parte, muchas gracias, fue el publicar los diálogos de uno de sus talleres literarios que coordina en su querida Colombia.

La Bendita Manía de Contar no enseña a escribir. Revela básicamente el proceso de la creación, la manufactura de la historia, de lo que se quiere contar, por parte de los participantes y del mismo Márquez.

La mayoría de los talleristas son guionistas experimentados, y en el taller -con la ingenuidad que caracteriza a los estudiantes- exponen las historias que se les ocurre, las que les gustaría contar. Durante la exposición hay una excavación de tipo narrativo muy interesante; cómo se hilvana la historia, y a partir de allí, los demás estudiantes critican las debilidades de la urdimbre.

Quienquiera que ha pasado por el proceso de parir una historia se sentirá inmediatamente identificado con los temas y la dinámica del taller.
Dentro de esta tónica, el autor dice haber publicado a priori: Cómo se Cuenta un Cuento, que espero tener la suerte de leer uno de estos días.

Juana Gallo reviró haciendo referencia a Mientras Escribo, de Stephen King, (el rey del horror) un relato muy personal en torno a sus experiencias como escritor y sus técnicas para escribir relatos.

Así, que, Juana, aquí está, y después de colgarnos por los lazos de las letras, pisar las raíces de la misma tierra, andaremos por allí cada vez mirándonos desde las ventanas humanas de dos errantes almas que se dan cosquillas cada vez que se encuentran.

Un abrazo.

domingo, mayo 27

el Nuevo Periodismo



martes, mayo 22

JULIO CORTAZAR EN PARIS

Guerrero Negro



Veo el país en una pintura de varios tonos, ninguno definido, sin concretar nada, como si fuera uno de esos suspiros surrealistas que pueda tener un artista, un creador. Rumbo al norte, los Tigres del Norte, los burritos y la machaca se me antojan alusivos a los nuevos parajes. Lo sorprendente fueron los vientos, esos fuertes vientos que ululan como alma en pena, atraviesan paredes montañosas, convulsionan el mar y barren dunas.
Este mismo aire –gélido y hambriento- me abrazó y me besó los cachetes al momento de poner pie en Guerrero Negro. Y yo, con sólo mis garritas veraniegas en la bolsita de viaje, me puse a temblar.
Pero, quién diablos –me pregunto- quiere venir a este lugar donde los letreros reverberan a punto de destartalarse, las calles yacen solitarias y los negocios parecen operarse por sí solos?
A pesar de que allí no crecen más que rastrojos, este lugar tiene un antepasado rural. La mayor parte de las tierras tiene un origen agrario, categoría de ejido.
La avenida principal es llamada Emiliano Zapata y forma parte de la ruta Transpeninsular. Es ancha, pero se ve todavía más grande debido a los escasos vehículos que la circulan.
Casi todos los negocios se encuentran ubicados a los largo de ésta. El pueblo ha crecido de una manera anárquica y es posible encontrar talleres grasientos y desponchadoras de llantas junto a hoteles y restaurantes. Me atrevo a pensar que en este lugar sencillamente no hubo planeación.
La apariencia grasienta y chorreada, aunada con los vientos de iglú, mantienen a raya a los visitantes la mayor parte del año. Sin embargo, de enero a marzo, los hoteles, moteles, restaurantes y negocios bullen con el clamor de los amigos de los mamíferos acuáticos más grandes del planeta: las ballenas.
En Guerrero Negro, una gran parte de la economía la sostienen estos animales. Hay hoteles y tiendas comerciales llamados, El Ballenato, Las Ballenas, o simplemente Ballenas. Postales, camisetas y anuncios muestran las monumentales cabezas, o las colas de este gigante del mar.

Sorprendetemente, Guerrero Negro sobreponiéndose a sus crueldades y carencias, cuenta con teléfono, Internet, agua potable y cable visión.
Me pareció raro estar cerca del mar y ver a las personas enrolladas en chamarras, guantes y bufandas, como si estuvieran en la cima de una montaña. De nuevo pensé en el surrealismo.
“Tierrero” Negro, así le nombran los lugareños -con un dejo de ironía en la voz- a este paraje inhóspito, donde el polvo se levanta con los vendavales del norte. Estas ráfagas rugen, golpean maderas frágiles y emiten chasquidos creando un clima de caos perpetuo. Este es el punto de partida para acercarse a la Bahía Ojo de Liebre, el santuario de la ballena gris, situado a más de 40 kilómetros, donde “no hay nada, más que un restaurante que opera durante los tres meses que dura la temporada de turismo”, dice Roberto, el recepcionista del hotel San José, donde me hospedé (la habitación cuesta 260 pesos, agua caliente, estacionamiento y personal confiable).
No pude ocultar mi facha de turista desorientada. Cuando Roberto escuchó los motivos de mi viaje expresó casi con susto: ¡Pero si ya se fueron! Refiriéndose a que la temporada de avistamiento había pasado.
Cualquiera que quiera ver las ballenas en su entorno natural, tendrá que quedarse en Guerrero Negro. Y una dice qué feo, no hay nada qué hacer. Pero observando un poco, el lugar ofrece la oportunidad de desplazarse a la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, hermoso y multicolor, hogar de muchas especies de flora y fauna, entre las que figuran el venado de cola blanca.
De allí también se parte a las cuevas para ver las pinturas rupestres, vestigios de una civilización antigua y desaparecida. Además, la variedad de aves es abundante. En este viaje observé garzas y águilas pescadoras.
Al norte de la avenida, pasando el edificio de Banamex, se encuentran los cuarteles de la empresa productora de sal más grande del mundo, Exportadora de Sal, propiedad de japoneses de la firma Mitsubishi (49%) y gobierno de México (51%), que logra sacar del mar más de siete millones de toneladas cada año.
Esta empresa se caracteriza por tener las puertas abiertas a los visitantes, ofrece información impresa y permite la visita para aquellos que quieran ver la producción de sal in situ.

Si algún día se te ocurre para por estos rumbos, tendrás que llevar una maleta especial con ropa de invierno.