martes, mayo 22

Guerrero Negro



Veo el país en una pintura de varios tonos, ninguno definido, sin concretar nada, como si fuera uno de esos suspiros surrealistas que pueda tener un artista, un creador. Rumbo al norte, los Tigres del Norte, los burritos y la machaca se me antojan alusivos a los nuevos parajes. Lo sorprendente fueron los vientos, esos fuertes vientos que ululan como alma en pena, atraviesan paredes montañosas, convulsionan el mar y barren dunas.
Este mismo aire –gélido y hambriento- me abrazó y me besó los cachetes al momento de poner pie en Guerrero Negro. Y yo, con sólo mis garritas veraniegas en la bolsita de viaje, me puse a temblar.
Pero, quién diablos –me pregunto- quiere venir a este lugar donde los letreros reverberan a punto de destartalarse, las calles yacen solitarias y los negocios parecen operarse por sí solos?
A pesar de que allí no crecen más que rastrojos, este lugar tiene un antepasado rural. La mayor parte de las tierras tiene un origen agrario, categoría de ejido.
La avenida principal es llamada Emiliano Zapata y forma parte de la ruta Transpeninsular. Es ancha, pero se ve todavía más grande debido a los escasos vehículos que la circulan.
Casi todos los negocios se encuentran ubicados a los largo de ésta. El pueblo ha crecido de una manera anárquica y es posible encontrar talleres grasientos y desponchadoras de llantas junto a hoteles y restaurantes. Me atrevo a pensar que en este lugar sencillamente no hubo planeación.
La apariencia grasienta y chorreada, aunada con los vientos de iglú, mantienen a raya a los visitantes la mayor parte del año. Sin embargo, de enero a marzo, los hoteles, moteles, restaurantes y negocios bullen con el clamor de los amigos de los mamíferos acuáticos más grandes del planeta: las ballenas.
En Guerrero Negro, una gran parte de la economía la sostienen estos animales. Hay hoteles y tiendas comerciales llamados, El Ballenato, Las Ballenas, o simplemente Ballenas. Postales, camisetas y anuncios muestran las monumentales cabezas, o las colas de este gigante del mar.

Sorprendetemente, Guerrero Negro sobreponiéndose a sus crueldades y carencias, cuenta con teléfono, Internet, agua potable y cable visión.
Me pareció raro estar cerca del mar y ver a las personas enrolladas en chamarras, guantes y bufandas, como si estuvieran en la cima de una montaña. De nuevo pensé en el surrealismo.
“Tierrero” Negro, así le nombran los lugareños -con un dejo de ironía en la voz- a este paraje inhóspito, donde el polvo se levanta con los vendavales del norte. Estas ráfagas rugen, golpean maderas frágiles y emiten chasquidos creando un clima de caos perpetuo. Este es el punto de partida para acercarse a la Bahía Ojo de Liebre, el santuario de la ballena gris, situado a más de 40 kilómetros, donde “no hay nada, más que un restaurante que opera durante los tres meses que dura la temporada de turismo”, dice Roberto, el recepcionista del hotel San José, donde me hospedé (la habitación cuesta 260 pesos, agua caliente, estacionamiento y personal confiable).
No pude ocultar mi facha de turista desorientada. Cuando Roberto escuchó los motivos de mi viaje expresó casi con susto: ¡Pero si ya se fueron! Refiriéndose a que la temporada de avistamiento había pasado.
Cualquiera que quiera ver las ballenas en su entorno natural, tendrá que quedarse en Guerrero Negro. Y una dice qué feo, no hay nada qué hacer. Pero observando un poco, el lugar ofrece la oportunidad de desplazarse a la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, hermoso y multicolor, hogar de muchas especies de flora y fauna, entre las que figuran el venado de cola blanca.
De allí también se parte a las cuevas para ver las pinturas rupestres, vestigios de una civilización antigua y desaparecida. Además, la variedad de aves es abundante. En este viaje observé garzas y águilas pescadoras.
Al norte de la avenida, pasando el edificio de Banamex, se encuentran los cuarteles de la empresa productora de sal más grande del mundo, Exportadora de Sal, propiedad de japoneses de la firma Mitsubishi (49%) y gobierno de México (51%), que logra sacar del mar más de siete millones de toneladas cada año.
Esta empresa se caracteriza por tener las puertas abiertas a los visitantes, ofrece información impresa y permite la visita para aquellos que quieran ver la producción de sal in situ.

Si algún día se te ocurre para por estos rumbos, tendrás que llevar una maleta especial con ropa de invierno.

2 comentarios:

Juana Gallo dijo...

Martha, querida amiga
Me llevas de la mano. Me la paso bien. Me divierto. Aprendo. Tengo frío...

Muchos besos, cuídate.

Te invito a:
desayunocomidaycena.blogspot.com

Eleonai dijo...

Hola Ave:

Magnífica crónica. Veía lo que escribiste de lo que viste.

Sigo viajando contigo.