jueves, septiembre 6

Mini mini


En el minúsculo impero donde reino todos los días, he decidido que los libros tienen más derecho de ocupar espacio que las revistas y los periódicos. Mi régimen es implacable: mato cucarachas y no tengo misericordia con las tiernas arañitas que apenas nacen en las esquinas. Cuando llega la hora de las ejecuciones es inevitable respirar con el resuello del placer. Allá van: las revistas y los periódicos, volando al bote de la basura. La cucaracha ha producido un ruido de fritura cuando la aplasté con la escoba. Pero la araña, tan pequeña e indefensa, ha sabido aferrarse a las esquinas y me mira a toda hora cuando escribo, cuando añoro y me aseo, así que con todo el poder que me da la envestidura de emperatriz, le he otorgado los títulos reales que le dan derecho, a ella y a su descendencia, a vivir en esa esquina.
A veces me siento a pensar en qué tanto las personas adoran, con fanatismo demente, a las otras personas. Eso siento cuando, postrados, me besan la mano en la calle, habían de ver... Pero esos bichos son así, no entienden nada de la humanidad, un tema que las arañas, les podrían enseñar bien, especialmente cuando salen de sus esquinas y se pasean por las cornisa de las ventanas hasta llegar a los libros, allí es donde lloran y piensan en Dios.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Ave

Espero vernos pronto. Sigo tus letras porque detrás de ellas estás haciendo lo que quieres; eso me gusta.


Peggy
pd. Cuídate mucho

mafalda dijo...

.....

Vaya amiga la canción esta de primera.... Sui Generis......guaauuu...

En el año de mi servicio social, apareció por la noche, sobre la única mesa que existía en la casa-consultorio donde habitaba, una lucecita. Es característico en mi no pasarle el trapo a los muebles hasta que la tecata gruesa me grite "cochina" y la conciencia me jale a fuerzas a hacerlo. Cada noche, recostada en la hamaca y a oscuras con la mesa frente a mi, aparecía la lucecita. Me dormía mirándola sin saber que era, por las mañanas olvidaba la promesa que me hacía a mi misma de indagar a primera hora, que era lo que brillaba sobre la mesa. La semana que le toco limpieza al consultorio descubri a la Luciernaga, estaba difunta la pobre, días enteros su minúsculo cadaver alumbraba mi mesa. Recogí el cuerpecito, le dió morada por años "El laberinto de la Soledad" de Octavio Paz. Cuando regrese del servicio social, enmique el cadaver luminoso, me sirvió de separador muchos años, hasta que hube a bien prestar un libro con todo y ataud, y se me regresó el libro más no el separador.

Este bicho murió brillando y persistió brillante, iluminando el camino de mis ojos hacia mis letras........

Mafalda