martes, marzo 7

Novela, El Beso

Martes 7 de marzo, 2006

El Beso, Novela.

El día en que Ludovina Suárez llegó a la ciudad de México se respiraba una diáfana sensación de cotidianidad. No había ningún estallido de huelga ni asesinato de personaje célebre. El pasillo de la estación estaba lustroso y mientras ella caminaba en busca de la salida se preguntaba si Rebeca estaría sintiendo, como ella, el alma suelta que le crepitaba el pecho.
Los trapeadores iban y venían culebreando con sigilo la ruta de salida. Pensó que no había visto una estación más limpia que ésta y que los ojos grises de don Ascencio bien podrían semejarse al brillo del lustroso piso. Aún traía la visión fresca de una despedida, de los puestos asediados por moscas en la estación de Buenavista, un pueblo donde los perros rondan con ahínco las entradas de las carnicerías, y las basuras se amontonan en las esquinas esperando que un vendaval venga y las haga volar. Mamá Teté le había dado la bendición a la carrera porque estaba mortificada en ir a rescatar sus pájaros del chubasco que cayó esa tarde. Metió las jaulas a la cocina mientras mencionaba a Rebeca con sofoco y un ademán despectivo de manos. El taxi se estacionó en las afueras del zaguán y los riachuelos surcaron el callejón arrastrando los desperdicios del día hacia las bocas de los ríos.
A Rebeca le gustará mucho la última fotografía que nos tomaron en la escuela, se dijo, también le traía una piedra veteada de buen tamaño que recogió en las márgenes del río donde solían jugar con Güicho y las dos hermanas menores. Se detuvo en medio de un cruzamiento al final del pasillo y trató de adivinar por dónde estaría la salida. Era desconcertante ver que la gente venía desde una túnel en cuya orilla había un letrero con una flecha indicando la salida. Notó que ella era la única que caminaba hacía esa dirección mientras que los demás venían en sentido contrario. Desde fuera entró una ráfaga de aire ácido que le enchiló la nariz. Con voces metálicas los altorparlantes anunciaron las próximas salidas al mismo instante en que el ronroneo de motores daban señales de nuevas llegadas. La estación era una gran esfera lustrosa con muchas ventanas, gente meditabunda marchando sin voltear la cabeza hacia ningún lado, puestos de revistas y periódicos, comida y casetas de Telmex.
Por dónde, se preguntó la recién llegada. Tenía en la mano el papel con la dirección y había escuchado las instrucciones antes de salir de Buenavista, sin embargo, no todas las cosas salen bien, menos las que se planean con minucia. Apretó con fuerza la agarradera de la maleta. El pedazo de papel ya se resbalaba escuálido entre los dedos. Al final del pasillo estaban los taxis, hojalatas amarillas marcadas con crucigramas. Ella tendría que leer la dirección otra vez, pues su memoria no le alcanzaba para guardar tantos nombres y números nuevos, autobús 1421, llegará a la estación Tapo, y luego le dirás al chofer que te deje en la Calzada Ticomán, cerca de la estación Indios Verdes del metro, Vas a acordarte, le había dicho Rebeca, y después le ordenó, Mejor apúntalo.
Era una radiación diferente la que se sentía al estar entre el bullicio publicitario. Había también una actitud resignada en el trajinar de las personas. Por qué lado es la salida, se preguntó de nuevo. La estación era un verdadero enredijo. Estaba deseosa por ver a Rebeca y le hubiera gustado mucho que ella estuviera en uno de esos agobiados umbrales esperándola, pero Rebeca le había dicho claramente, toma un taxi y vente. Por eso continuó la marcha por el pasillo, hasta que fue irremediable preguntar, Oiga, por dónde se sale, dónde están los taxis.
Se había traído los trajes de los últimos bailes, algunas faldas y blusas. Guardaba las fotos que se había tomado con el ballet de Buenavista, cuando se la mostrara a Rebeca le explicaría las dificultades que tuvieron con el sonido, y que al final todo había salido bien, gracias a Dios, si no imagínate, todo el pueblo estaba allí, y mamá Teté había anunciado a los cuatro vientos que su hija estaba por irse al teatro de Bellas Artes, tú crees, el quemón si hubiéramos quedado mal esa noche.

Al final del pasillo el sol se filtra por la sombrilla de esmog y el polvo cae sobre los atareados cofres. Tendría que recurrir al papelito donde tenía apuntada la dirección. Un chaparro de cabeza peinada y actitud de ofrecimiento le ha quitado sorpresivamente la maleta para ponerla en la cajuela. El trozo de papel desciende al suelo como un insecto alado, moribundo. Luego se desplaza sobre el piso lustroso y navega diáfano en las corrientes como si estuviera en las aguas del río de Buenavista. La gente pisa el pequeño trozo, luego éste rueda agónico dando giros en las corrientes de un viento que entra repentino por los grandes ventanales de hierro, un trapeador lo chupa con su lengua ávida y después lo escupe hacia una esquina donde Ludovina no lo podrá encontrar.
Al caer la tarde habrá otras faenas, otras caras y pies saltando sobre los trapeadores de la estación de autobuses, mientras tanto, ella ha perdido la dirección. Cuando el taxista le preguntó a dónde iba, ella no supo qué contestar, y por toda respuesta dijo, Disculpe, tengo que llamar por teléfono.
El taxista, enojado por el incidente espetó, Y cómo le vamos a hacer, si la maleta ya está en la cajuela, y luego me ha hecho perder usted mi turno, porque después tendré que pasarme a la cola, de alguna manera lo tendremos que arreglar, no cree Usted.
Ludovina, muchacha inexperta, sin malicia y con la cartera llena de billetes de a cien, asintió con la cabeza y dijo con dos letras, Sí.

En el metro los cuerpos tan pegados unos contra otros crean un sopor uterino y las almas parecen divagar en sus propios mundos. Hay dos mujeres, una más joven que la otra, se ríen y aparentan no preocuparles que la puerta atrape manos y pies, y que de pronto haya alaridos quejándose de una magulladura, o que una muchacha ofendida por un atropello simulado propine unos discretos y furiosos golpes.
Ludovina y Rebeca sosteniéndose una en la otra, en una marea de cuerpos, se reían de vez en cuando. Era hermoso estar juntas otra vez, pensó Ludovina. Rebeca había adquirido un aire desconocido, su complexión ahora madura, le daba un aire de lejanía y extemporaneidad. Ludovina la observaba con disimulo, sorprendida con los nuevos y menudos descubrimientos mientras el tren avanzaba, de dónde había sacado ese ladear de cabeza, y además, esa pequeña audacia de las orejas perforadas hasta arriba, atascadas con aretes, como si fueran éstas arbolitos de navidad. Sin embargo, esa tarde bromearon y a Rebeca le gustó tomar a Ludovina del brazo y recargarse en ella, mientras en los vagones la licuadora humana sacudía los cuerpos una vez más.
Al salir del metro, el inmenso vaho de la ciudad se cuela entre el ramaje de unos árboles milenarios que han sobrevivido los ciclones históricos. En sus bordes las banquetas están manchadas con un moho verde y resbaladizo anunciando que ha llovido, el aire es diáfano y da una sensación de pureza. Te mostraré lo que es esta ciudad, primero, no confíes en nadie que no conozcas, aquí no es como en Buenavista, apúntalo, le dijo, no te distraigas mucho mirando a la gente, tu tiendes a ponerte lela con cualquier cosa, ten siempre la bolsa bien cogidita, apunta, ves esa cosa, allá, le preguntó señalando con el índice, es el teatro de Bellas Artes, le dijo con una expresión analítica, esperando ver la sorpresa en la otra cara, pero Ludovina miró a lo lejos como si estuviera contemplando con un gesto resignado el horizonte de un país distinto. A poco no te gusta, preguntó Rebeca.
La gran cúpula del teatro parece llenarlo todo en el cielo de una tarde de niebla y smog. Detrás de algún muro del edificio salen volando dos palomas que planean hasta los pies y atrapan con sus picos las migajas blancas que alguien arrojó a propósito. Aquí, el tiempo se ha detenido por un instante. En esta fotografía estamos Rebeca y yo, contemplando por primera vez, juntas, el teatro de la ciudad de México.

Es un ascenso insidioso, en cuyo trayecto el corazón late con ritmos perceptibles, tal es el silencio, si así se puede explicar la quietud que existe en ese tramo de escaleras, donde se puede ver en la pared los dibujos hechos por una mano ociosa, un cochecito de cofre torcido y una ventana minúscula por donde sale un brazo gigantesco y peludo diciendo adiós. Más arriba hay un animal con un lomo picudo y un hocico descomunal que parece ser el monstruo de Ness saliendo de un lago azteca, hay otra figura de orejas largas y dientes afilados, mitad conejo y mitad lobo. Más arriba los dibujos desaparecen, las puertas permanecen cerradas, ella espera toparse con alguien en el trayecto pero es la hora cero, cuando nada parece moverse, ni siquiera las telarañas insertas en las esquinas oscuras donde están recargados las escobas y los trapeadores. Los últimos peldaños se le hicieron más difíciles. Estar bailando por horas y después subir por esos escalones era devastador, una cosa que en Buenavista, donde las casas están al ras del piso y cuando mucho suelen tener un segundo nivel, sería inconcebible. Al abrir la puerta, todo está en orden, el sofá de cojines duros, el pequeño comal para calentar tortillas y el trasto de peltre chillón en uno de los quemadores. Supuso que Rebeca no estaba. Aventó el morral sobre el sofá, sacó el leotardo y el par de zapatos que ya necesitaban la mano de un remendón. Se dejó caer en el sillón, entonces sintió que los latidos en el pecho se aplacaban. Sus ojos revisaron el techo y se pararon a contemplar las pequeñas hendiduras y las oscuras manchas de humedad. Se llevó una mano al busto, y percibió los latidos de su corazón, animal encabritado, sosegándose en cada respiro relajado. Miró el trasto de calentar agua, muy parecido al de mamá Teté; el comal con algunas hebras negras de tortilla quemada, la estufa de quemadores saltones, la meseta recubierta con azulejos azules. Desvió la mirada hacia la puerta, la manija giraría cuando los ruidos de los tacones se callaran junto a la puerta y el tintineo de las llaves antecedieran el juego metálico. Luego entraría Rebeca.

Y si me acuerdo... después de subirme al metro, caminar por las calles hasta llegar a la escuela, y si me acuerdo... después de todas estas horas... me acuerdo, en este preciso momento, cuando estoy bailando y no hay un espacio en que una se pueda sentar y pensar bien, sin embargo, me acuerdo... tengo la noción de que algo pasó ayer, que desde la habitación se escucharon dos voces, que Rebeca vino acompañada, pero pudo haber sido solamente una sospecha, producto de uno de esos sueños caprichosos de los que la mente se vale para hacer travesuras. Era un pensamiento resbaladizo que ahora caía en picada por algún precipicio, precisamente cuando debía estar concentrada, porque en el ensayo todos estaban tomando las cosas en serio. La música empezó y los bailarines salieron esparciéndose en el salón como un ramillete humano. Se escuchó la voz altisonante contar al compás de la música, cinco, seis, siete, y de pronto todo se paró y el grito de Rubén rezumbó, así no, muchachos, a ver si cambian esa cara, y viene, hay que hacerlo todo, otra vez. Desde el principio, le pregunta uno de los muchachos, y él exclama, Ajá, desde el principio, a darle. La pieza vuelve a sonar, ahora sin vestuario, después con vestuario, ahora sin luces, después con el relampagueo multicolor, avancen, izquierda, derecha, la mano agitando el rebozo, Píter, la mano atrás, esas caras felices, cinco, seis, siete, ocho, avanzando todos parejos, ahora con la cara ligera, después bajo un kilo de polvos y largas líneas rojas, negras y cafés. Rubén grita de nuevo, No, así no, a ver, otra vez. Imelda se queja de un calambre y dice que ya han ensayado bastante. Píter le dice, Cállate, si no, Rubén te va a regañar.
Vamos de nuez, don juez. La música empieza de nuevo, así como el conteo, la voz áspera de Rubén truena desde una de las terrazas del extenso salón, y Ludovina está muy cansada porque el sólo pensamiento de Rebeca la deja exagüe, por eso espera que el ensayo termine, que Rubén diga, es todo por hoy muchachos, que la puerta se abra, y Rebeca entre para llevarla al departamento.

Es de noche y en la ciudad, las luces titilan como estrellas en un universo negro tras la ventana. Ella está consciente que tan sólo unos metros la separan de Rebeca, desde su cama observa la puerta abierta, sus ojos están fijos en ella y considera que si se acerca un poco más al marco podrá escuchar su respiración, entonces cree en poder levitar hasta sentir la mitad del cuerpo sobre el piso, donde yacen las zapatillas descosidas, que podrá deslizarse por el aire hasta llegar a su cama. Quiere traspasar ese quicio, pero la otra mitad la detiene en el sueño, donde existe el temor de echarlo todo a perder, hay una revoltura entre el sentimiento y el deber, los valores se entremezclan y en esa lucha, el siseo de la serpiente es más fuerte que las corrientes plácidas de la benevolencia, así que se levanta, punta talón, punta, talón. Encaja una rodilla y el colchón se sume, la cama de Rebeca es grande, Ludovina se mete silenciosa, y la contempla, piensa que nada ha pasado, que no ha habido distancia, ni interrupciones. En el sueño Rebeca deja caer una mano sobre borde de la cama. Hay un movimiento de lado y en su espalda quedan expuestos los lunares, estrellas confluyendo en finas líneas galácticas hasta el brazo. Su cuello se flexiona sobre la almohada y se acomoda. En ese mismo instante hay un suspiro y se oye un ligero rechine de dientes. Rebeca duerme mientras las estrellas titilan a lo lejos en un firmamento negro, fronda de gases, sedas de polvo y rumores. En los estratos inferiores, la calzada está atenta y corre bajo las llantas de los coches y, como a lo lejos, se oyen los pitidos lánguidos de un vendedor de plátanos fritos.

Indios Verdes es la última estación de la línea tres. El metro penetra en las entrañas de esta gran ciudad llevando la ola humana en corrientes de aire subterráneo y escaleras recubiertas de cantera y mármol. Grandes pasadizos tapizados con fotografías publicitarias conectan una estación con otra. Qué diferencia había en el caminar por estos pisos de lozas grises al trajín pueblerino, donde las banquetas estrechas y altas hacían perder el equilibrio y bajar hacia la calle, donde la vista podía elevarse hasta el cielo sin tropezarse con nada. Después de echar una ojo al reloj Ludovina calcula que Rebeca está ahorita metiendo la llave a la puerta del departamento, revisando su bolsa, y con dedos nerviosos palpando documentos con los que trabajará hoy en su oficina.
Para llegar al cuarto piso es una chorrera de escalones los que hay que subir. La cosa no es tan grave cuando no se tiene que ir de compras, pero cuando llega el fin de semana aquello se convierte en una penuria. Se escuchan los ruidos de abajo y los de arriba, un constante abrir y cerrar de puertas, voces que se pegan a un eco indescifrable. El señor del agua entrega los pedidos a la puerta. Habrá que subir el garrafón a puro pulmón, o pedirle al repartidor que lo suba y confiar que no habrá un inventario visual para estimar las cosas de un hurto. Adentro no hay mucho, pero cada cosa tiene un uso de rutina de un valor difícil de calcular, porque la falta del trasto para calentar agua retrasaría el desayuno y trastocaría todo.
A Rebeca no le gusta abrirle la puerta a cualquiera, Podría ser un ladrón, dice, Una nunca sabe, tienes que tener cuidado, eh, aquí no es como en Buenavista, le repite.

En el vagón, el sujeto de los tatuajes en el brazo es un gusano resbaladizo, insecto de la cuarta etapa de la corteza terrestre, sus ojos están acostumbrados a la oscuridad, su cuerpo es de un sólo soplo de creación predestinada al calvario. Salió escurridizo bajo la axila del señor de traje; ha husmeado entre cabezas y brazos y ha decidido que bajo sus pies se encuentra el lugar apropiado.
Inesperadamente el prosohuman se tiró al suelo y se estrelló contra un montículo pequeño y reluciente de vidrios rotos. Delgado y musculoso, de un moreno macilento, mostró orgulloso una espalda arañada. Luego movió los venosos brazos hacia delante, saltó en aire en un acto de trapecio y cayó de pie. Hubo un puf que salió de sus zapatos de suela gorda al momento de tocar la plataforma del vagón. El paliacate que traía en la cabeza estaba ahora extendido sobre el piso y esparció en éste pequeños pedazos de vidrio sobre los que se arrojó de espaldas. Siguió el circo y cuando se dejó caer otra vez, al momento de estrellarse contra los vidrios, exclamó un ay.
Ludovina estaba aprendiendo sobre la ciudad y sus congojas, pero no se había topado con una de esa índole. Estaba azorada y se sintió conmovida cuando el prosohuman imploró, una vez más, con un melancólico sonsonete, Por la virgencita santa que más vale hacer lo que hace uno, que robar, su servidor es un hombre de bien y sólo busca unos pesos para pasar el día, si fuera su santa y venerable voluntad de ayudar, pues no quisiera caer en la tentación que todo mundo cae y volverme un criminal perseguido por la justicia, eso si que no, por eso le estoy pidiendo, si es su voluntad, una ayudita, por favor. El acto concluyó, el prosohuman envolvió los vidrios en el paliacate, y agradeció con vehemencia a los adormilados pasajeros, a la virgencita, a nuestro señor, amén, y con la misma rapidez con que llegó, así se fue. El tren paró, él saltó en la estación Juárez. Al momento de alejarse, su espalda era un palmo de rayas por donde supuraban pequeñas bombas rojas de sangre prestas a reventarse.

Hay una entrada de flores lánguidas y hierba silvestre que crece bajo las sombras de unos ahuehuetes plantados al nivel de la banqueta. Dentro del estudio, los pasillos están cubiertos con una alfombra rancia y trasquilada, pero el salón de ensayos es espacioso y a través de sus grandes ventanales entra fina y ténue la luz filtrada por el ramaje de los vetustos árboles. Ella dice que cuando está bailando no piensa en el bullicio de la ciudad, ni en las miles de caras que ve a diario, ni en los espectaculares. Dice sólo piensa en Rebeca, en los diez años que tuvo que esperar para alcanzarla.
En El beso hay un adiós, es triste porque es un beso de despedida. Ella quiere conservar el aire que aspiró durante el momento de amor. Con la mano izquierda se toca los labios levemente y con la derecha prende su rebozo al centro del pecho, luego toma el cántaro y lo llena con las lágrimas de su congoja. Él se va junto a la tropa cargando un rifle en la mano izquierda y en la derecha agita un pañuelo rojo que simboliza la pasión que él siente por ella y quizás el desenlace fatal. Pero él está feliz de irse, lo que constituye un contraste con la tristeza de ella. Yo soy ella. Escondo la mitad de mi cara en mi rebozo, pues no quiero que me vean llorar. Mis lágrimas llenan el cántaro, después voy al maizal y lo riego con las lágrimas, la milpa crece y desgranamos las mazorcas para hacer tortillas y al momento de comer el último elote y desgranar la última mazorca, él regresa. El pelo está trenzado en una sola cola y el maquillaje ligero hace resplandecer la inocencia de la muchacha que espera enamorada aún sabiendo que dicha espera podría ser morosa e inútil. Sin embargo, el final es feliz. Él regresa sacudiendo su sombrero, pues el camino es terregoso. Como muestra de su dimisión, avienta el rifle y éste cae lejos como un objeto inservible. Después, los dos van al maizal y cosechan los elotes tiernos de la milpa que ha sido regada con lágrimas. Para esta escena, traigo puesto una falda de algodón floreado y una blusa de escote coronado por un collar de olanes. Es el atuendo campesino. La maquillista tiene que acentuar más los rasgos de la cara, especialmente de los ojos porque hay algunos gestos, como en el cine mudo, que le darán al público la satisfacción de ver un final feliz. El beso y la conclusión son una misma cosa. Es el lugar común de los finales por encargo, por eso Rubén exige a gritos, en esta parte, que las sonrisas sean hasta las orejas. De hecho, las coreografías para el estreno tienen el mismo estilo festivo. Durante dos horas, el público se olvida de sus días grises y sus trabajos aburridos. Esta ha sido mi primera coreografía y a Rubén le gustó la idea de incluirla en el programa del teatro principal de la ciudad para la próxima temporada.

Las niñas estuvieron jugando en una de las esquinas de la gran casona de Tuxpe. Era un encanto conocido el que se sentía al abrir la puerta del zaguán viniendo de la calle, especialmente en noviembre, cuando las flores del jardín se abren al primer canto de pájaros. La vieja casa tenía los muros despintados y las tuberías salían al paso, pero a Rebeca y a la pequeña Ludovina les encantaba estar en los oscuros escondrijos y las caprichosas esquinas. Te quiero, Mocha, le dijo una vez, sobando sus mechones lacios y mirándola con un cariño plácido, Le he prometido a Dios que te cuidaré siempre, le dijo.
Rebeca podía decir las frases más rotundas con la sencillez con la que la gente del pueblo dice buenos días, y ésta al principio no significó mucho para la niña Ludovina, pero después la llevaría insertada en la piel con un rigor hitleriano. Cuando llegó a la edad de la conciencia, no hubo dolor más denso que el saber que esa promesa jamás se cumpliría.
Ludovina recuerda el último beso cariñoso de Rebeca. En la estación de Buenavista don Ascensio verificaba una y otra vez el número de autobús y le preguntaba a Rebeca con insistencia si llevaba algo con qué taparse en el trayecto. Teté le mencionaba el suéter de cuello alto, el que le había tejido cuando estuvo tres días sentada junto a la cama de Rebeca cuidándola de una gripa de días y mejorales. Los altavoces ya anunciaban las salidas, No se te olvide hablarnos en cuanto llegues, le dijo don Ascencio con voz solemne. La miraba desde atrás de las cejas con unos ojos de río crecido. Rebeca asintió y miró la cabeza a rape de Ludovina, quien con los dedos estirados le decía adiós. Rebeca se acercó a ella y le besó la cabeza, después se quedó un rato mirándola, sobándole el pelo de cerdas suaves y sonriéndole con los ojos.
Un jalón por el brazo le hizo salir del encanto a Ludovina, la niña de diez años. Sus padres, Román Suárez y Margarita Menchaca, uno por cada lado, la tomaban de la mano y la encaminaban a la salida. Los puestos afuera de la estación eran unas pilas de dulces cubiertas con moscas. El papel y el plástico de las envolturas rodaban por el suelo y las banquetas estaban recién bañadas con el agua de un cubetazo que alguien había aventado desde la puerta de un local comercial. La despedida en la estación había sido un evento trivial, nada que sus padres no hubieran hecho antes con los amigos, cosa común en Buenavista, es decir entre las familias honrosas y honradas, de buen corazón y de sentir correcto, así se obraba con quienes frecuentaban la casa de Tuxpe. Román Suárez y Margarita Menchaca eran amigos de todo mundo, pero con los Pedrero tenían una relación especial. Las dos parejas se habían conocido durante años y guardaban entre ellos una complicidad en el resguardo de secretos de juventud. En varias ocasiones Román y Ascencio se carcajearon al mencionar, en un lenguaje codificado, incidentes que no compartían con nadie. Los dos sabían que vendría el día en que Rebeca se iría de la casa por voluntad propia y que no habría fuerza divina que la detuviera. Ascencio le había platicado a Román lo preocupado que estaba por la decisión de su hija menor, quien aunque tuviera 20 años, le parecía una niña que se estaba aventurando sola en una ciudad de hostilidad y peligros. Y qué le voy a hacer, compadre, desobedecer a los padres se ha puesto de moda, Rebeca ya no oye consejos, dijo Ascencio y después meditó en el hecho de que lo que él llamaba consejos, en su casa se obedecían como órdenes.
El día en que Rebeca se fue, lo menos que podía hacer Román Suárez por su entrañable amigo era estar en la estación junto a los Pedrero.
Como si fuera ayer, Ludovina recuerda ese día, cuando salió de la estación de Buenavista con sus padres. Había en los botes rebosantes de basura y en las banquetas mojadas una tristeza germinal. Ese beso tuvo los colores de un arcoiris refulgente, la dulzura de chupirules interminables, la sorpresa de tesoros encontrados, y al mismo tiempo la tristeza, puente levadizo, princesa al agua, hambrientos cocodrilos, castillo solitario a donde la doncella nunca llegaría.

Después que salió el autobús y Rebeca se fue, la vida en Buenavista siguió con las mismas rutinas, las siestas en mediodía, las kermeses de los sábados, los borrachitos orinando en los callejones. Un día los niños bajaron por la cuesta hasta llegar al parque. Güicho gritaba emocionado, Lo encontré y mostraba un bote de Choco Milk donde Rebeca había puesto las monedas antiguas de mamá Teté. El júbilo por hallazgo le duró días durante los cuales no había sobremesa en la que él no relatara de nuevo los detalles de la búsqueda. Todos los niños habían estado pendientes del tesoro, excepto la pequeña Rebeca quien se ensimismaba todavía más cuando alguien se le venía en mente preguntar, Cuándo irá a venir Rebeca.
A Ludovina sus padres le empezaron a llamar Hermosa debido a que realmente la consideraban tal. Cuando la pequeña comenzó a hablar balbuceó, Mocha.
Ahora Rebeca es cuidadosa, no quiere dar explicaciones, ni decirle a nadie cómo es que Ludodovina tiene tal apodo, quién le empezó a decir así, qué acaso está realmente mocha de una mano, de un pie. Tales interrogantes en los ojos de las personas le molestan. Por eso, solamente cuando están a solas le llama como siempre, Oye, Mocha, has visto el trasto para hervir agua.

En las mañanas se escucha el chirrido del vapor que sale del trasto al momento de calentarse el agua, y después los pasos de Rebeca metiéndose al baño. La lista de las cosas por hacer está en el dorso del arrugado ticket del super, junto a los veinte pesos de rigor que ha dejado Rebeca para comprar el botellón de agua, a ver, hoy es martes, día de cuentas por pagar. Ludovina quisiera encontrar el espacio propicio para hablar de los suspiros en las márgenes del río, de la estrella plateada que las dos creyeron ver en una noche cerrada, pero se da cuenta que eso es imposible. Rebeca parece no tener cabeza para otra cosa que no sea su rutina, y se la toma tan en serio que cualquier intromisión en la rigurosa lista de actividades podría ser un atentado contra la soberanía doméstica. Mejor no, se dijo, y se olvidó de hablar de la estrella, las márgenes del río. Tampoco quería que Rebeca pensara que se estaba volviendo loca al comentar sobre incidentes que ya no tenían lugar en la vorágine doméstica.
Ayer Rebeca salió deprisa. Se escuchó el portazo y después el ruido de los tacones bajando por las escaleras. Del interfón salió la voz acanalada, Se me olvidó el carnet de Fonacot, dijo. Al bajar por el pasillo oscuro con el carnet en la mano, Ludovina escuchó el ruidajo de las puertas que se abrían y cerraban. Rebeca le dio una lista de encargos. Lo más importante, le dijo, es cerrar la llave del gas, y no se te olvide limpiar la mesa después de desayunar. Ludovina asintió en silencio y después le preguntó quedito, No se te olvida algo. Rebeca alzó los ojos tratando de recordar, y puso la cara de interrogación que siempre pone cuando considera innecesario hablar. Ludovina le respondió con otra pregunta, No me das un beso.

El teatro se llenó durante la primera presentación. Aglutinados en fila, el ballet se abrió como ramillete humano con el primer número del programa. Ludovina sabía que Rebeca estaba allí, metida en esa selva oscura y uniforme. Desde las butacas, llegaban los ansiosos vahos humanos. El calor de las luces los ponía a sudar y la tela del vestuario era como una segunda piel. Pero a ella, el calor le venía también de dentro, desde alguna parte del cuerpo donde los ojos de Rebeca habían caído como semillas arrojadas por vientos suaves. Por eso ella bailaba con los ojos cerrados, mientras el ballet la flanqueaba en espirales, algodones de azúcar, reiletes, remolinos, vírgenes, vértice.
En el ayuntamiento de Buenavista ese domingo calcinante, la cara de Rebeca brillaba frente a ella como una charola de plata. Llevaba un vestido crema con encajes en el cuello y el pelo le resplandecía como un aura solar de agudos destellos. Desde el estrado, bailando, Ludovina buscó sus ojos y por un instante pudo ver en las pupilas el brillo verde y transparente, semejante al que tienen las hojas de plátano cuando llueve mucho.
Estar con Rebeca era como cruzar un río sin mojarse, o caminar en una de las calles fracturadas por las lluvias después de que el cielo se ha desgajado. Hubo un día de lluvia en que las dos se encaminaban con paso corto y apresurado bajo un paraguas de frondas estiradas. Rebeca la jalaba por la punta de la manga para que no se desviara hacia los chorros, pero no se podía evitar que el agua les llegara por los lados y les mojara los hombros, Arrímate más, le dijo Rebeca, y al momento de cruzar la calle, la jaló de nuevo y le dijo, Fíjate bien al cruzar, ven Mochita, te abrazo.

Sueño con encantos
Y madejas glamorosas de arco iris
Cielos luminosos de truenos y zapatos
Tardes de aluminio, trompeta y viento

Bailo en el sueño y sueño que bailo
En el estrado de nubes y ángeles
Tu traes los rebosos largos
Yo traigo flores en la chalupa
Jarabes, lotería, las botas de Adela

Suena el agua en los cántaros
Con la voz que me llama desde dentro
Encerrada en las cajas musicales
Que me hacen bailar girando
En círculos de aire y fuego
Y caer en la sorpresa blanda
Del zacate de tus ojos
Y de tus manos

Píter se quedó helado porque, por iniciativa de Ludovina, el beso que debió ser simulado, fue largo y voluptuoso. Al finalizar, él se veía agitado, no tanto por el baile, sino por el súbito cambio en la coreografía. Se acercó a ella y le dijo con una voz sofocada por el ejercicio, Desde cuándo los besos son así, y ella le respondió, Creo que a la gente le gusta más ver algo de verdad, no, No, más bien te estás saliendo de la rutina, Pues por eso, es aburrido hacer siempre lo mismo, Nel, hija, no te me azotes, El azotado eres tú.
Del otro lado del escenario salió Rubén y los dos bailarines se callaron cuando sintieron su presencia, Estuvieron todos muy bien, dijo. A Rubén los ensayos no le parecían tan tormentosos como el saludar después de cada función a un público de etiqueta y escuchar los mismos halagos de siempre. Así que fumaba nervioso, con el deseo de que la noche terminara. Eran de esperarse las entrevistas de los reporteros, a quienes tenía que tratar con condescendencia, cuántos días estarán en cartelera, hay algo nuevo en las coreografías, cuántos bailarines tiene el ballet, hay suficiente presupuesto para cubrir los gastos de la temporada, qué tal el vestuario. Sin embargo, esa noche era distinta. Sabía que el ballet había respondido a las expectativas de un público exigente y pretensioso, la publicidad le estaba ayudando, ahora sonreía y abría los brazos, gustoso como si quisiera abrazar a todos, era una noche de apapachos, caravanas, flores de felicitaciones, palmadas en la espalda. Habían pisado ya el teatro más importante del país. Sin embargo, Ludovina sólo podía preguntarse una cosa, Dónde está Rebeca. Esperaba verla a la entrada de camerinos, reflejada en uno de esos espejos de giros cósmicos, tras la espalda del señor de barba y pelo pintado, abriéndose paso por el grupo del Opus Dei, saliendo del baño de mujeres, revisando las portadas en una de las librerías de la entrada, o simplemente allí, parada, entera, sonriente. Se acercó al grupo de gente que saludaba entusiasmada con besos y abrazos, vinieron Cecila y Manuel con sus hijos, también Blanca y Anita, y los dos amigos de Rubén, Mario y Paula, pero Rebeca no aparecía y ella ya mostraba un poco su nerviosismo mirando hacia todos lados y preguntándose, Dónde estás, Rebeca que no te encuentro. Los folletos de las funciones yacían esparcidas por los rincones, y Ludovina tuvo una mala corazonada. No sabía si el malestar venía debido al tufo de los perfumes mezclados, o al cementerio de folletos torcidos y pisoteados, o en definitiva, al hecho de que Rebeca no estaba.

En el mundo hay gente con doble personalidad y Ludovina llegó a pensar que Rebeca era una de ellas, y si no era así, por qué esas ausencias tan largas, por qué esas vueltas vertiginosas de tornillos y tuercas. El viernes pasado, Rebeca se cambió los zapatos de tacón cuadrado por unas zapatillas lustrosas, de pronto ya no traía el traje ejecutivo, sino un vestido de escote que se había comprado en la Zona Rosa. Era imposible seguirla porque siempre dejaba su coche escondido en algún estacionamiento y después tomaba un taxi hacia quién sabe dónde. Quizás tenía un amante clandestino, o cumplía horas de trabajo en un lugar vergonzoso. No estaría creyendo que la acusaría con mamá Teté y papá Ascencio, eso nunca, no había razón para estar temiendo que sus padres o alguno de sus hermanos viniera y la llevara a rastras, de regreso a Buenavista, y si ese fuese el caso, Ludovina pensó, también ella regresaría, sin importarle dejar la danza.
Entre el abrir y cerrar de puertas se oyó el ruido metálico de la cerradura. Sin embargo, no se escucharon los pasos. Se imaginó que Rebeca, no queriendo hacer ruido, se había quitado las zapatillas. Habrá de venir cansada, estará apoyándose en el pasamanos mientras sube. Por fin entró. Dejó caer las zapatillas en el tapete junto a la puerta. Llevaba un vestido corto y escotado que no le había visto antes. Al observarla se llenó de asombro, de dónde habían salido esos pechos gritones, de dónde esa expresión extraña. Rebeca se acomodó uno de los flecos lánguidos del peinado, venía borracha y hacía esfuerzos por mantenerse de pie. Se le quedó mirando de una manera extraña, las piedras cristalinas de los aretes tenían un matiz nuevo, algo que a Ludovina le pareció un brillo violento. Rebeca ladeó la cabeza hacia el otro lado y le dijo, Bueno, y tú qué, por qué estás despierta a estas horas. Y la otra, airada, le contestó, Nadie sabe en qué pasos andas, te desapareces así nomás, sin decir nada a nadie, Bueno, tanto como a nadie, le dijo Rebeca con un sesgo irónico, nadie eres tú. Rebeca abrió la bolsa y dejó caer el pesado llavero con el que había abierto las puertas, luego aventó, con un movimiento de pescador, su cargamento y las cosas cayeron sobre la mesa haciendo un estruendo de cosas rotas. Caminó por el pasillo y pronunció en voz alta, Y te diré que me estoy hartando de tu falta de respeto. Y yo me estoy hartando de que me ignores. Pero en qué momento me he casado contigo, dime, Ludovina la alcanzó casi al marco de la puerta de la recámara y le dijo, No se trata de eso, Entonces de qué, Tú me prometiste que... Ah, Rebeca levantó los ojos como si quisiera recordar, pero no recordaba nada, había hecho tantas promesas a tanta gente qué no sabía ahora cuál de todas era a la que se refería Ludovina, Y si me dices qué fue lo que te prometí, Ludovina respondió con un gesto amansado, Ya no tiene caso porque fue hace mucho y no te acuerdas, es más, no te importa y nunca te importó. Bueno, hermanita santa, le dijo impaciente, desde ahora queda estrictamente prohibido espiar a Rebeca, entendido, me copias, capiche.

La noche empezó a aplacarse. Paró el ruido de la calle, la locomotora lánguida de los plátanos fritos, los gritos de los vendedores en abonos, los llantos de los niños de junto, y las puertas de los departamentos, una a una, se fueron cerrando. Tras los cristales de las ventanas, el cielo ceniciento se disipaba en surcos astrológicos y, en un punto indefinido, hubo un cuerpo nebuloso que salvajemente se desprendió de una estrella titilante y cayó en el vacío de un hoyo negro.
El trayecto le traía a donde mismo. En La Alameda, los árboles eran unos espectros horrorosos cuyas ramas terminaban en filosas uñas. Sus oquedades eran unas bocas ávidas, listas para tragar cualquier sentimiento de bondad. Con pasos trémulos y torpes tropezó varias veces. Tras su espalda sentía el asedio espantoso de los árboles y se preguntaba de nuevo, En qué momento Rebeca había cambiado. Había tantas interrogantes. Mientras, la nube negra del desamparo le iba oscureciendo el camino, y la punzada doliente era ya una desolada llaga. Caminaba y trataba de encontrar respuestas en las hojas trituradas de los árboles, en el cemento que pisaba, en el aire ácido que le ennegrecía la nariz. Le pareció odiar la ciudad y sus árboles acechantes, y al pensar en lo que había sucedido, odió también los años y sus despreciables metamorfosis. Hubiera sido mejor, pensó, haberse quedado en Buenavista.

Los pichones descienden en círculos, levantan el vuelo y sesgan un cielo de mármoles y columnas gigantescas. Al final de la vereda la cúpula del teatro parece más grande y asombrosa. El aire se purifica un poco con el oxígeno de una lluvia sanadora. Allá la gente se arremolina a la entrada del teatro, Dónde está el programa, pregunta, cuánto cuesta, perdón me dijo a qué hora. Los pichones regresan tras haber ascendido a un cielo calcinado, y vuelan alrededor de los algodones rosas que exhibe el ambulante sobre su sombrero de paja. Ludovina, sin maquillaje, parece un zombi. Camina sin rumbo mientras intentaba sacudirse la asfixiante telaraña que lleva sobre los hombros. Ha pasado horas angustiosas en las que no ha logrado poner nada en claro, si por ella hubiera sido, habría tomado el tren con destino a la barranca del cobre para tirarse a uno de los precipicios, especialmente esa tarde de llovizna interminable y de cavilaciones angustiosas, habría hecho lo que Laudini. Escapar, pero sin regreso.
En el Zócalo almenas y torres resistían la modernidad grosera de cláxones y los remiendos bien intencionados de los Sunborn's de ventanales inmaculados. La reja de la Catedral estaba tapizada por cartulinas de gente buscando empleo. Más adelante estaba el desauciado que hacía una huelga de hambre por una causa desconocida. Los concheros danzaban en honor a unos dioses que ya se habían ido, un Quetazaltcóalt que los tuvo engañados y jamás regresó, una Coyoxautli, quien después de parir su último hijo murió decapitada, estéril y con los senos caídos.
Hay un trozo humano sentado en la banqueta que la persigue con la mirada. Sus piernas amputadas son dos miembros obscenos que apenas alcanzan a doblarse sobre un cartón, su boca desdentada, una caverna negra, horripilante. Lleva la ropa chamagosa y la cabeza es una veta de cerdas ásperas y gruesas. Uno más en la mata abundante de la mendicidad, era de esperarse que la mirara para pedirle unos pesos, pero el cercenado se mantuvo en silencio, con unos ojos que la espantaban porque del éxtasis estúpido parecían brotar de pronto unas chispas de inteligencia diabólica. De pronto el hombre soltó una pequeña risa maliciosa. Ella, asustada y molesta a la vez, le dijo, pinche Loco, y él le contestó, Mírate tú, quién de los dos está más loco, yo por sonreír, o tú por bailar. El sujeto soltó una carcajada y enseñó sus encías rosas. En su mirada, ella pudo percibir en un momento rapidísimo un haz luminoso, túnel alumbrado, en cuyo fondo encontró la lástima. Ella lo vio alejarse entre la gente que caminaba por las banquetas, el desconocido se arrastró perdiéndose en una valla de piernas, ella le vio la espalda cubierta por un saco deshilachado y por último las caderas fofas pegadas al cartón que se se movía conforme los brazos remaban en un duro mar de lozas y adocretos.

Al llegar la Luna Azul, la joven, ahora más confundida que antes, subió las escaleras con un cansancio de anciana. El edificio estaba en ruinas y los escalones de madera carcomida, apenas podían soportar el peso de dos personas a la vez. Por sus tablones y orificios se podía ver el esqueleto de trabes y pilares, y en las aberturas había un aire de cimas subterráneas. Pásale, te estábamos esperando, le dijeron, Oye, parece que no has dormido bien, sírvete un café, si quieres, dijo Esthela, El asunto de la reproducción es un tema sin fin, aclaró Cindy, y la Lovera no vino hoy, pronto saldrá la Doble Jornada, dijo la Galaz; debería ser un doble tequila, mejor, no creen eh, Ey, qué chistosa, Esthela, a ver, estarás lista mañana con el tema, Simone de Beauvoir y Los Tiempos Modernos, preguntó una voz. Para Ludovina la conversación se estaba conviertiendo en murmullo porque su cuerpo desgüanzado trataba de evadirse buscando un rincón donde descansar. De pronto sintió el calor de una mano sobre el hombro, una voz de incienso le dijo, ven, acuéstate un poco. Ella recuerda como en penumbras que el pantalón de corte militar se le deslizó a la altura del ombligo, que la larga cola de pelo trenzado se le dobló alrededor del cuello como culebra, y que sus piernas, tensas, estaban por ceder. Extendió los brazos para apoyarse en quien le ofrecía esas manos, mientras las voces en el salón se hacían cada vez más distantes, y las subterráneas corrientes de aire prehispánico ascendía entre los huecos, los pasillos y las trabes del edificio. Ella se había recostado, ya la mano cálida reconfortaba su frente. El salón era una vieja habitación vacía, cuyos pisos de duelas astilladas lo hacían ver todo café, pero por sus ventanas el escenario urbano permitía escapar de la sensación de claustro. Ludovina no pudo ver los últimos matices de un crepúsculo tras las cúpulas porque se quedó dormida sobre un tapete cubierto por el lodo de la última lluvia.

Rumbo a la plaza, Cindy le hablaba al oído, como si temiera ser escuchada en una tarde de sorprendentes vacíos. No había ni un alma en el corazón del país. En el centro de la plaza, la bandera nacional ondeaba como la batuta de un director de orquesta, el cielo se había encapotado y se presentía el arribo de otro chubasco. Los guardias del Palacio Nacional, inmóviles, se veían como dos soldaditos de juguete, y el color café de los edificios coloniales recordaban algo tan anciano como la tierra y el barro. Al mirar arriba se podía sentir que el mundo estaba iniciando en ese momento, ya que el cielo estaba límpido, el aire fresco, no olía a nada más que aire. Las torres y cresterías apuntaban a algo que por mundano y terrenal que fuera debía estar en las alturas divinas, ascendiendo por entre las nubes hacia planos superiores. Ludovina creía chistoso ver el mundo iniciar en una hora de la tarde cuando las palomas se acurrucan en sus nidos, y la gente en el otro polo del planeta prepara la cena, echa más leña al fuego, o se sorprende al levantar los ojos y toparse con una aurora boreal.
Un sentimiento de gratitud se apoderó de ella al pasear por la gran plaza al lado de Cindy. Veía el atardecer y la lánguida luz de un crepúsculo insólito que tras las almenas y las torres de los edificios se tornaba violeta y rosa a la vez. Se sujetó del brazo de Cindy mientras escuchaba algo de Aretha Franklin y del frío que hace en Detroit. Cindy le decía que le gustaba mirar por la ventana, que no había nada más seguro que ver pasar el mundo sentada tomando una taza de café, mientras la gente caminaba en busca de algo o de alguien, y los sucesos se multiplicaban como una chispa concatenada e inevitable. Si no, fíjate en esos soldados, le dijo, quizás ellos están más aburridos que nada, pero por otro lado, tienen un trabajo que les da seguro social y todo ese rollo que a la gente le hace feliz. Más bien, opinó Ludovina, creo que no encontraron otra cosa mejor. Quién sabe, puede que no sea tan malo ser guardia del Palacio Nacional, imagínate estás todo el tiempo viendo qué pasa frente a ti y en este lado se siente bien porque uno solamente mira, es como estar en el teatro, no crees. Bésame, bolero para cantar, tango para bailar, boca para besar, labios sobre piel, sóbame, madona cansada, madre de todas las noches generosas y prolongadas, mátame con el filo de tu lengua líquida, no me robes el pensamiento, no, pero no me dejes tampoco. Las manos buscaban el otro cuerpo y sobaban el cuello, el pecho, cintura, te doy, me das, pin pon, la bandera estaba ondeando todavía, ellas se habían detenido al pie del asta, y mientras se besaban, reclinadas sobre el grueso tubo, el cielo, hirsurto arremetió en un fuego canario antes de que el ocaso sumiera en sus entrañas oscuras el día y sus azarosas quejas. Ludovina vio de cerca unos ojos límpidos, muy azules, después entrecerró los suyos y quiso asomarse a las ventanas de cristal por donde Cindy miraba los aconteceres del día, los copos de nieve en el invierno, sintió sus pies en el agua tibia de una tina, y el soul de Aretha viniendo desde un tocadiscos viejo junto a la ventana de la sala. En un suspiro Ludovina dijo quedo, Estoy enamorada. De los ojos de Cindy salió una luz aguda, sus brazos la rodeaban como si fueran dos anillos de fuego. Ahora, le tendría que explicar lo de Rebeca. Pero Cindy no la dejó. Volvió a sentir los labios rosas sobre los suyos y las miradas atónitas de los guardias desde la entrada del Palacio Nacional.

Los trayectos son verdaderos túneles de meditación. A veces ella aparenta dormitar, es algo que ha aprendido con el tiempo, porque le da temor que la demás gente logre descubrir sus pensamientos. Es pecaminoso, consideró, pensar en Rebeca tanto y de esa manera. Había un chango malicioso colgado del hilo del pensamiento y no le agradaba, pero tampoco le parecía injusto aceptar la realidad como venía, Rebeca tenía una vida oculta, ahora le constaba, sí, no es de ley entrometerse, especialmente cuando Rebeca se lo ha pedido, pero tampoco le parecía bien dejar las cosas como estaban. El tren se desliza, y se pueden ver las fotografías publicitarias, modelos extranjeras con ropas de precios inaccesibles, lápices labiales, bolsas de Lucci, medias de nylon para piernas de galgo, zapatos con punta tan aguda como un alfiler. Dónde están esas mujeres. Gran parte de las mujeres de Buenavista y las que ve en la calle citadinas son bajas, de pies cuadrados. En este país con piel indígena, las féminas larguchonas con cuellos de ganso están consagradas como lunares divinos.
Existe esa languidez en la rutina de brazos y caras, ese cansancio de simio que busca con aire de desamparo, bajo las piedras, el eslabón perdido. Debo pensar en la estrategia, se ha dicho, en los incisos, en cuál sería la consecuencia del primer acto. Sin embargo, después de tener con las manos apretándose las sienes, no concluye en nada.
La puerta se abrió y, después de haber sorteado la salida, la calzada la recibió de nuevo. Ludovina caminó por la estrategia para llegar y hasta donde está la puerta y abrirla con la estrategia que busca ahora en los bolsillos del pantalón. La puerta no cede porque el óxido la ha trabado. Con estrategia, pretende abrirla. En este momento se ve en la estrategia de empujar, pero la puerta no cede, habrá que darle un par de patadas a esa esquina roñosa, entonces se oye un grito estratégico desde arriba, siente un golpazo caliente y mojado sobre la cabeza que se resbala sobre los hombros, mira hacia arriba y ve el brazo peludo y la mano que sostiene por el asa la redondez de una estretegia de peltre que ya se mete por la ventana, Qué basinicazo.

Al abrir la puerta el azoro de Rebeca fue mayúsculo y dijo, Pero qué barbaridad.
De los hombros de Ludovina salía un hedor inconfundible a orines. Los pelos mojados, estaban untados a los cachetes y su expresión era la de un nopal marchito al fondo de un olvidado jardín. Consideró innecesario tener más sucesos que le quitaran las últimas fuentes de alegría, la lluvia de orines había sido un incidente chusco, por favor, Rebeca, tómalo con calma, caray, me voy a cambiar, y dejó sus cosas en una de las sillas del comedor. Cuando levantó la mirada se encontró con un hombre de media calva y traje sastre, a quien le tomó trabajo levantarse debido a lo hundido del sillón y lo monumental de su barriga. Al momento de erguirse por completo, Ludovina se sintió ínfima y recordó la última visita al circo, la jaula de los elefantes que en la función saludaban al público dejando caer su descomunal trompa sobre el suelo.
La vi en el teatro y tenía ganas de conocerla, le dijo. Ella respondió con desgano, pues la urgencia de llegar al baño era impostergable, pero el hombre estaba precisamente en el camino y, además, habría sido una descortesía penalizada por Rebeca el pasar de largo. Usted es bellísima bailando, continuó él con un interés desmedido, pero ella no estaba para cumplidos en ese momento, más bien, le hubiera gustado preguntarle si tenía algún asunto con Rebeca, y qué tipo de asunto, es usted amigo de ella, qué tan amigo, la lleva a pasear, la besa. Pero finalmente dijo, gracias, con permiso.
Ludovina estuvo en su habitación, recostada en su cama, atenta al aviso del cerrojo. Escuchó el chillido del traste que calentaba agua, el tronido de las cáscaras de cacahuate que Rebeca había puesto sobre la mesa como botana, y el choque metálico del comal sobre la parrilla de la estufa. Estaba esperando que la visita se fuera porque le era preciso saber en ese momento su índole, procedencia, destino, calidad, todo los detalles, por favor, sin chistar. Cómo es que no me lo dijiste antes, éste es el hombre con quien piensas casarte, dímelo de una vez por todas, pero cómo es que te lo guardaste, le preguntaría de frente, sin vacilar y cuando te cases, serán tus hijos mis sobrinos y tu esposo mi cuñado, y si él decide que deberían irse a Australia para cambiar de vida, te vas a ir, y en qué tiempo te veré de nuevo, y que no sabes que estoy aquí por ti, nada más por ti.
La cerradura gruñó y se oyó la puerta cerrarse. Al momento de llegar a donde estaba Rebeca, Ludovina, naranja verde, limón partido, no supo precisar lo que quería decir. Sus ojos se cristalizaron con lágrimas, sus labios temblaron, pobre niña, con un puño apretado se golpeó la frente y se puso a llorar.

Qué haces cuando sabes que te vas a quemar, qué acaso no retiras la mano, o cuando sabes que si entras por esa puerta jamás vas a salir, qué acaso no huyes. Le había gustado Laudini, quien salió a la superficie después de haber sido encadenado y amordazado en un tanque de cristal lleno de agua. Le fascinó ver sus pelos ondulantes y las burbujas que salían por la boca mientras sus cachetes se inflaban y sus ojos, dos catotas negras, parecían estallar por la falta de oxígeno mientras luchaba contra las amarras y los candados. Tan pronto se zafó, su cuerpo ascendió como alma iluminada a la superficie en medio de un estallido de aplausos, bravo, vientos, ese es mi Laudini.
Una fuga silenciosa sería buena, sin que se oyeran los cerrojos ni pasadores, mucho menos el golpe grosero de la puerta. Sin embargo, será imposible sofocar este rechinar de dientes, y la estruendosa erupción del estómago cuando no ha recibido nada en días. Se iría como los pájaros, no dejaría nada detrás, más que una rama temblando. Le echó un vistazo a la fotografía que se tomó con Rebeca a la entrada del teatro. Abrió el ropero y sacó la ropa, buscó las zapatillas viejas, el par de pantalones de trazo militar y metió todo en una sola maleta. A dónde iría, y qué importaba. El acto laudinesco tendría que llevarse a efecto, ya la puerta se abre y la maleta pasa a través de ella codeándose con el marco y rebotando de panza; luego rueda por la escalera hasta caer desfallecida en la dureza del último escalón. No hay cosa mejor en la vida que escapar.

Después de un sueño los ahuehuetes frente al ventanal eran los brazos de un gigante generoso, sus piernas, unas raíces culebreadas, se desparramaban más allá y dejando a la banqueta quebrada. El mundo de ese día era diferente al de la noche, y ella lo agradeció porque no podría prolongar las mismas pesadillas que le atormentaban en el sueño. Las sombras oscuras de la noche la habían perseguido, eran formas que adquirían una consistencia de hombre asexuado, de demonio que la perseguía con un aliento horroroso quemándole la nuca y los pies. Al despertar encontró al chanchullero derrotado en la savia generosa de un frondoso ahuehuete. Era un árbol solamente, el viejo árbol que está siempre custodiando la entrada de la escuela. La cama en llamas en donde se había sentido ardiendo, era la vieja alfombra que cubría el piso del salón verde, donde los demás bailarines guardaban sus pertenencias. La punta del dedo gordo saltó por un orificio de los tenis. Se percató que no se los había quitado para dormir, así de cansada estuvo, pero ahora se sentía con un vigor renovado, con el alivio de ver un nuevo día a través de los cristales y saberse protegida por el viejo árbol.

Rubén, hombre de perfecciones y detalles, estaba preocupado porque cada día que pasaba, su bailarina favorita adelgazaba más y más. Los pómulos saltones aparecían ya abusivos, sus brazos eran dos hilos lánguidos y sus piernas habían perdido sus portentosos músculos. No importaban los cuidados de los compañeros, ni las meriendas de cerezas y gelatinas de Esmeralda Palomar, la mamá de Píter. El coreógrafo se daba cuenta que la muchacha de Buenavista se le iba por un estrecho resbaladizo, por donde era imposible meter una mano. En los pasillos se escuchaban comentarios, Se peleó con su amiguita, pobre mírala cómo está, se va a quedar a vivir aquí, qué poca, te dije.
Cuando Rubén la tuvo de frente no pudo evitar decirle, Al paso que vas no podrás bailar. Y eso fue suficiente para que ella, Ludovina, la muchacha triste y descarriada, se despabilara un poco y se pusiera en las líneas de la disciplina.

En el teatro la temporada continuaba, las entradas se agotaban en cada función y ya se hablaba de las probabilidades de una gira por Europa. Rubén lo comentaba con entusiasmo y todos estaban felices, menos ella, quien taconeaba sobre la tarima, el ensayo es para perfeccionar técnica, corregir errores, giro, sostengo, apunto, talón, cómo irse así nomás, principalmente ahora que la situación está tan equívoca y desajustada, cuando no habían tenido la oportunidad de hablar y preguntarse las preguntas que se hacen los reconciliados. No se iría dejando el círculo a medio cerrar, sería como un abandono de hogar, un golpe militar, inadmisible, una traición, un agravio imperdonable.

Las cúpulas de las iglesias son tan altas, que no se puede evitar esta aseveración después de levantar la vista y encontrarse con el blandir de los bronces que se refriegan en un denso dong y le hacen a uno retumbar algo en el pecho, como si tuviera adentro un pajarito herido y trémulo, abandonado a su suerte, muerto de miedo sin saber qué es lo que está pasando allá afuera, por qué suenan las campanas como si fueran éstas un llamado a la guerra, por qué el ángel caído jala entre sus alas a quienes lo ven caer y ruedan todos hacia las llamas infernales. Hay un silencio seguido de un sobresalto. Ella repasa los acontecimientos como las letras de un alfabeto, una después de otra. Si Rebeca le hubiera preguntado, Por qué te fuiste, ella no habría sabido qué responder.

Y ahora la vida la había mandado de nuevo a las calles con una maleta, cada vez más flaca y gastada por tanto tumbo. En una de las callejuelas de la colonia Roma hay, guardada como un secreto, la estatua de un joven musculoso de facciones finas. Con el tiempo ha aprendido que se llama David, una obra de un escultor, para ella, desconocido. Aquí ha venido a pensar todas las tardes. La tarea de desmarañar esta madeja de sentimientos requiere tiempo y tranquilidad, y este parque, la fuente y la estatua son un lugar apacible, fuera del bullicio y las carreras. A unas cuantas calles está su nuevo hogar. Es un edificio de la época de Mauricio Garcés y la India María, y tiene un aspecto gris. Sus ventanas son de aluminio, y la entrada es una reja de hierro que se abre automáticamente. Doña Cuca vive en la planta baja, en un cuartucho maloliente. Su voz portentosa suena como un rugido de león. Su aspecto es extraño. Trata de evadirla cada vez que le sale al paso, pero es inevitable. Cuca supervisa las entradas y salidas; recoge cartas y encargos. Con ojo clínico examina, abiertamente, a las personas que precisan pasar frente a ella. Cuando su autoridad se ve desafiada, suelta su jerga extraña, una retahíla de insultos incesante hasta que se asegura que el agravio ha quedado saldado. Una vez, un inquilino le preguntó de qué parte era, Española, verdad. Y ella dijo, Qué española, ni que nada, gallega, y al que no le guste que se amarre los cojones con el hilo dental de la madre que lo parió.
La mamá de Píter vino esta mañana a traerle comida, y como no la encontró, se la dejó a Cuca. Los plásticos del toperware estaban todavía calientes, y de la carne con verduras salía un olor exquisito, cuando llegó a las manos de Ludovina, tenía miedo de probarlo nada más de imaginar que Cuca hubiera sido capaz de verter alguna pócima de efectos malignos dentro de los recipientes.

Los semáforos cambiaron sus luces, los cuatro caminaban sin prisa, con la mente alzada y los brazos abiertos. Pérame que voy y compro cigarros, dijo Píter, No te tardes, güey, ya sabes los que me gustan, le respondió Imelda, ten un poco de lana, Te doy el cambio, ahorita vengo. Se metieron en un bar de la Zona Rosa. Píter traía puesto un pantalón entallado hasta la cintura, y por eso Cindy le lanzó una mirada obscena y con desprecio le dijo, te ves como una prosti. Píter torció la boca pero no replicó nada porque sabía que su amiga tenía razón, no había problema, él no tenía nada en contra de las mujeres de la calle, al contrario, dijo, ellas hacen lo que pueden, además, qué sería de las demás mujeres si ellas no existieran, verdad, Ludo.
Junto a la escalera, el muro estaba tapizado con avisos y anuncios de Coca Cola. El bar, abigarrado, panza de escorpión, era una cloaca donde fluían gases y humos. Las voces, las cabezas rapadas y las narices engarzadas denotaban la existencia de otros mundos.
Ese tomahouk, quiere contigo Píter, observó Imelda, pero Píter, en lugar de emocionarse, hizo una mueca y volteó la cabeza con un aire de princesa. Imelda comenzó a bailar con un sujeto con quien se cruzó por el pasillo. En un parpadeo velocísimo de luces, aparecían caras rojas y plateadas. Ya entrada la noche, las malhumoradas meseras, güeras a fuerzas, con las charolas en alto, se abrían paso a codazos y empujones, tratando de que no se les cayeran las bebidas, la densidad del aire superaba a los días más tóxicos de la ciudad, las luces plateadas daban en blancos redondos, cabezas, pieles y nucas, mientras el bum bum de la música retumbaba en las paredes y los pisos, la sensación de levitar en un sueño negro entraba por cada poro, peluza, partícula, humo, vapor, sudor. De vez en cuando, Píter volteaba hacia el tomahouk y un escalofrío le entraba por las uñas a descubrir en el rostro del gorila una malicia siniestra. Querrá contigo, le dijo Ludovina de una manera fraternal, y Píter, princesa olvidada respondió, a lo mejor, por qué no, puede ser, dijo pero nadie más que él sabía del pavor que le salía de la cabeza como el vapor intoxicado del antro. Las cervezas llegaron a la mesa y tomaron como si fuera esa, la última noche que la pasarían bien, de hecho estaban festejando, qué no se vale pasarla bien, vive hoy como si supieras que es el último día que vivirás, es decir, despilfarra, embriágate y piérdete, ya mañana será otra día, qué no.
Al día siguiente despertaron en la delegación de la policía relatando los hechos de una noche de riña. El tomahaouk se levantó de súbito y vino hasta la mesa, tómo a Píter por el cuello y le dió una sacudida, gritándole, Maldito puto. En qué parte del globo le pegan una madriza al amigo sin que su cuate lo defienda, en México eso no pasa. Ludovina se le tiró encima al enorme tomahouk y estuvo golpeándolo en la cabeza hasta que un macanazo y un aventón de judo la hizo rodar por el piso.
Nomás nos defendimos, fue una frase que se repitió toda la noche, unas veces con súplica, otras con la dignidad de los guerreros derrotados. Al tomahouk se lo llevaron esposado porque, sin importarle la presencia de los agentes, continuaba golpeando a Píter con saña.

En la delegación, el tufo era espantoso. El aire estaba viciado con esa bola aceda, mezcla de sudor, alcohol y tabaco. Fue Píter el pretexto que Tomahouk tuvo para pelearse contra una banda de enemistades viejas. También se supo luego que no era la primera vez que Tomahouk armaba líos en el mismo antro. Con todo lo inocentes que resultaron después de todo, no se escaparon de una considerable multa.
Puedo hacer una llamada, preguntó Ludovina con un vocecita de arroyo. El teléfono estuvo sonando. Rebeca no respondió. Habrá salido, se preguntó angustiada, a dónde, esta no es hora de oficina, estará con el elefante, o se encuentra allí, sentada en el sillón de la sala pensando en que si será bueno contestar o no, y si, a lo peor, ha dejado el aparato sonar dando a entender que no está para nadie, especialmente para ella, que en este momento la necesita tanto. El teléfono timbró insistente, como un desesperado náufrago que le grita al último barco que se aleja.

Rubén llegó a la delegación aturdido por la noticia. No podía darse el lujo de perder a tres de sus bailarines en medio de una temporada de éxitos. Pagó las multas. Su mal humor era comprensible, no por el dinero que después le regresarían, sino por la audacia de los tres, mira que enredarse con unos tipos que podrían haberles roto los huesos, y por haber ignorado la disciplina que tácitamente habían aceptado como un compromiso antes de iniciar la temporada de estrenos.
Esmeralda Palomar, la madre de Píter entró a la delegación policiaca con un chal de hebras doradas, unas zapatillas puntiagudas y una bolsa tan grande como para guardar una plancha, y le dijo a Rubén, no sabe cómo le agradezco, a mí me costó un poco de trabajo venir, ve, porque mi perra está dando a luz y no quería dejarla sola a la pobrecita, ya sabe usted que los animalitos también son criaturas de Dios, ve, no sabe usted lo mucho que se lo agradecemos mi Pedrito y yo, no sabe mi muchachito lo bueno que es, es un hijo ejemplar, hasta yo me admiré de que les hubiera pasado ésto, ve.
Rubén dejó que Esmeralda Palomar le apretujara la mano con todo el peso de la bolsa encima. El tremendo tufo del perfume ya se le metía por la mano, por las uñas, los orificios nasales, los poros de la piel y se dispersaba dentro de su cuerpo como un virus mortal capaz de mandarlo a la cripta en el próximo respiro. Con un movimiento imperceptible, pero brusco, rescató la mano, No tiene de qué agradecer, dijo, dio media vuelta y salió. Al despedirse, les lanzó una mirada despiadada a los tres. En sus ojos estaban escritos los mandamientos y castigos por los que tendrían que pasar por haber fallado.

Al ver el teatro lleno, la alegría para Rubén era difícil de contener, los ojos se le llenaron de luz y con un gesto de nerviosismo se jaló la orilla de un frac de corte antiguo y se revisó las uñas con una mirada resbaladiza. El telón intermedio había subido y bajado varias veces, los aplausos, una gran cascada de alegría donde él se sentía regocijado, protegido, feliz, era como regresar al vientre de la madre y sentirse seguro, como respirar el aire más límpido del mundo y llenarse de un nuevo vigor. Ha sido una temporada llena de buenos augurios, aseguró el reportero del micrófono en forma de cono, un niño preguntándole las cosas más obvias, qué no oyes los aplausos, le habrá querido decir por toda respuesta, pero el reportero continuaba con las preguntas trilladas que ya respondía de memoria, claro, sí, como usted sabe, espero que nos acompañe, habrá un brindis después de la función, ha sido un placer, espero que no nos deje, siga publicando. Los aplausos vuelven a estallar de nuevo en el gran teatro, mientras las carreras de montaje forman un remolino de cables, cajas, bocinas, filamentos, plafones, faros, no olviden sus pertenencias, el maquillaje, por supuesto, y todos esos vestidos de olanes y bolitas, los tejidos y encajes, los rebozos, listones, medias, y claro está los zapatos de suela antiderrapante y cabeza de clavos en sus tacones. Ya Rubén está programando la gira a Europa, y Ludovina tiene en mente varias coreografías nuevas. Estamos por terminar, le dice Rubén, y quiero que no me falles, pero mientras más éxito tienen, ella se pierde más en sí misma. Qué te pasa, le dice Imelda en tono de protesta, qué bicho te picó. Ella les ha pedido guardar silencio, no denunciar esa cara, que sin maquillaje es un esperpento, una cáscara blanca y transparente por donde facilmente se ven los vasos sanguíneos y de repente salta un nervio que hace la piel estirarse como si fuera ésta una tensa cuerda de guitarra.

En el departamento de la Roma, las paredes son delgadas y las voces ruedan de un departamento a otro. Cindy pasó por el cedazo escrutador de Cuca y respiró aliviada porque no sintió la mano deteniéndole o la orden en un grito, Alto allí.
Pero no hubo ningún grito y fue posible continuar hasta sentirse tranquila dentro del departamento. Hay sodas en el refri, y un poco de comida que trajo la mamá de Píter, dice Ludovina, quién sabe qué historia le habrá contado Píter, el caso es que ella cree que me estoy muriendo de hambre. Yo también lo creo, le dice Cindy, mira cómo estás, oye no debí irme así nomás, pero ya sabes el miedo que me dan los cops, No tuviste la culpa, la verdad, tu menos que nadie, estuvimos en la delegación toda la mañana, y qué bueno que te ahorraste la experiencia, Me vi muy mal, Te viste horrenda. No te lo perdonamos, la verdad, Ludovina condescendiente, divertida, no traes un churro, le pregunta, vamos a fumar, pero antes dame un beso, no seas.
Las fiestas y la mariguana eran una cosa común, cuando en la Roma las mañanas pasaban en los patios encarcelados de los edificios y las tardes en los parques de fuentes secas y estatuas solitarias.
Los inquilinos del edificio no vieron con buenos ojos el desfile de trasvestis y mujeres con chaquetas de cuero negro, cabezas de tintes rosas y pantalones rotos. El olor a yerba se escapaba al momento de abrir la puerta y el aroma bajaba hasta la puerta de la encargada. La música, incesante, heavy rock, big mama, oh, baby, tell if I am gonna see you again la Banda Enana, Eleazar Cortito y los Malignos, ábreme esta coca, y después Mira quién llegó... Me cago en la hostia, ya no hay respeto, dijo Cuca.
A la mañana siguiente, Cindy, con ojos abultados y cabeza de estropajo, bajó la escalera y pasó frente a la puerta de Cuca. Escuchó las quejas y las amenazas en un idioma que jamás había escuchado, qué importa, quién quiere discutir a esta hora, para qué molestarse, después de una noche de desparpajo y rock, la vida y sus angustias son pequeñas rosas marchitas que todo mundo ignora, qué sabe esta mujer lo que es vivir sintiendo que por la ventana algún día se disolverán las estatuas y los árboles llorarán vapores ácidos y el cáncer estará en cada pedazo de pan integral, en cada hoja de lechuga y en cada taco de carne de res bañado con salsa roja, entonces, qué objeto tiene quejarse de la música, o del olor a yerba. Se llevó la mano a la cabeza y con los dedos destrabó los mechones de la frente que no le dejaban ver bien, caminó hacia el pequeño parque donde la estatua del David refulgía bajo la luz de un sol despampanante, vio las palomas que caían en picada y al momento de alzar la vista, se sintió tan pequeña como una molécula, tan indefensa como la estatua, tan viva y tan llena de esperanzas y a la vez tan tonta.

La mañana trascurría. Ludovina había bajado al excusado cada vez que sentía ganas de vomitar. Después de sonoros escuparajos, al final solamente lograba escupir unas babas traslúcidas. Se acercó con pasos de enferma a la ventana y alcanzó a ver a Cuca caminando apurada por la banqueta, cargando una bolsa repleta de mandado. Nada de lo que observaba en Cuca le sorprendía, la voz estentórea de mujer fumadora, el pelo sintético, los lentes abismales, y ahora consideraba inverosímil ese cuerpo menudo sortear con gracia los altos bordes de las esquinas y rebasar a los demás en brechas angostas con un ímpetu olímpico.
Los gritos de la mujer del siete se volvieron a escuchar, pero esta vez más agudos, No aguanto más, José Luis, a ver si me tienes un poco de consideración por lo que más quieras en tu vida.
Cuando la portera entró, los gritos de la mujer del siete pararon. Hubo un abrir y cerrar de puertas y en ese momento Ludovina se percató que Cindy se había ido, y que el refrigerador estaba vacío. Al abrirlo, el congelador le escupió un viento leve y, sin embargo, fuerte, capaz de disipar los estragos de la noche anterior. Alguien, durante chistes y juegos, había puesto dos ceniceros repletos con colillas, y las cenizas ya estaban adquiriendo una consistencia científica.
Las voces se transportaron al pasillo y descendían. Tuvo un deseo fuerte de fumar, pero las colillas ya estaban demasiado húmedas y pegadas al hielo.
El polvo de la calle ha cubierto los filos aluminados de las ventanas y todo afuera se ve más obscuro. En el pasillo, las voces se han apagado. Con tanto grito, Ludovina temió que la situación tuviera un desenlace fatal, que de pronto se abriera la puerta y la mujer saliera corriendo perseguida por el irritado José Luis. Sintió un placer desconocido hasta entonces, al tener cerca el momento en que finalmente le permitiese ver la cara del energúmeno y, por consecuencia, tener una razón para quejarse con Cuca por permitir que alguien como José Luis estuviera masacrando la paz, cómo es posible, le diría, que usted nos recrimine por las fiestas, y en cambio permita que este sujeto esté maltratando a la esposa. Pero las voces se apagaron y el día transcurrió mientras ella esperaba que las colillas terminaran de descongelarse.

Ludo ha faltado a ensayos otra vez, dijo Píter, Mami fue a llevarle de comer ayer y dice que el departamento estaba hecho un vómito de borracho, y lo peor fue que se portó grosera con Mami, Ludo se quejó y dijo que no era una inútil, que bien podía ella prepararse la comida, que no necesitaba que Mami la estuviera supervisando, No mames güey, respondió Imelda, Y ya conoces a Mami, continuó Píter, es super fijona, pero no mal intencionada, y te aseguro que ella está ahora seriamente preocupada por Ludo, no solamente porque es mi compañera, Mami siempre quiso tener una hija y ve a Ludo como a la que nunca tuvo, Te cae, Pásame la bolsa, le pidió Imelda, que ahora si tengo cosas que ponerle, mira estos tres pares y ninguno me sirvió hoy. Y para colmos, añadió Píter, Rubén ha estado de un genio de la chingada, y nos ha pedido a gritos que vayamos a ver qué pasa con Ludo, que no hay tiempo para hacer cambios y que si no se presenta, esto va a ser el acabose, y yo le dije que en eso estábamos pensando tú y yo, que de todas maneras íbamos a ir a verla, que no, Yes, en inglés.
Por Donceles, la ciudad parece desdoblarse como un mapa, abrirse como el botón de una flor, los edificios están desteñidos por el paso y la nostalgia. El fantasma de un Rivagigedo llora por las noches por amor. Divaga de habitación en habitación en el segundo piso buscando a la mujer que nunca quiso casarse con él. De eso hace más de cuatroscientos años, dice el guía, mientras los turistas observan con más curiosidad a los niños que venden periódicos por las calles y las marchas políticas que desfilan hacia el Zócalo.
Caminar por esas calles, era para Ludovina la única manera de pasar el tiempo. Trataba de ahuyentar los pensamientos innobles que la asediaban. Si tan sólo hablara con ella, le diría...
Tras un basurero a la orilla de la banqueta, hay una caseta de Telmex. Marcaría el número y escucharía su voz... Finalmente se disculparía, ha sido un grave error, quisiera... quisiera...
Pero la otra voz se escondería en el silencio y no contestaría, no habría una disculpa, ahora tendría pagar por ese error, pues las cosas así, cuando se hacen, ya no tienen remedio. La voz sólo dijo un no y después se escuchó el inclemente clic que finalizó todo. No hubo siquiera un adiós. Al colgar, su mano tiembla y sus ojos se pierden en algún muro hasta alcanzar el tamaño de una torre. Hay pichones que se acercan a comer las migajas alrededor del basurero. Su existencia navega suspendida, quisiera planear como lo hacen los palomos, caer en picada y estrellarse contra el cemento. Terrible verdad es ésta, Rebeca no la quiere ver, ni quiere tener nada con ella, de dónde ha sacado ese odio tan de pronto. Caminaría por toda la ciudad hasta que los pies le sangrasen, y terminara por vomitar todo el ácido que sentía tragarse en cada respiro, caminaría hasta darle diez vueltas al Zócalo y quedarse tendida en alguna esquina de la Catedral donde, por lo menos, encontraría consuelo en la sonrisa demente del amputado que vive en un pedazo de cartón.

Los dos amigos llegaron al departamento de la Roma, y se tuvieron que topar con la brutalidad con que Cuca les abrió la reja. Los pisos barridos daban una sensación de alivio, pero las persianas de las ventanas estaban cubiertas con ese moho negro que le daba a todo un tono obscuro de sofoco. De dónde salió esa portera, preguntó Píter airado, No seas gritón, que te va a oír, espetó Imelda, Te fijaste como nos miró, preguntó, si supiera que ella misma está como para que la exhiban en un circo, Espero que encontremos a Ludo, Estas escaleras me dan ñáñaras, están más empinadas que los escalones de Tehotihuacán. Pues fíjate bien dónde pisas, güey, dijo ella, departamento catorce, aquí es... Qué tal si desde aquí escupimos y le cae en la cabeza a la doña de abajo, No se te ocurre una cosa mejor, te pregunto, ni pienses que vamos a armar un alboroto, acuérdate del encargo, mejor toca a la puerta, fíjate por la mirilla, Quién te dice que no está enferma, y no se puede levantar, Para mí, que anda de turista con Cindy paseándose por los parques de la ciudad, si es así, le voy a torcer el cuello a la muy güey, no es justo que estemos ensaye y ensaye mientras ella se la pasa muy nice con su amiguita, Se me hace que le tienes envidia, No inventes, güey, a mí la Ludo siempre me ha pasado, mira bien, a ver si la muy güey nada más está echando la güeva, se me hace que no está, qué le vamos a decir a Rubén, Vamos a preguntarle a la portera, Es de pocos amigos, si la molestamos otra vez, nos va a echar la tira, mejor no, Le diremos que Ludo es hija de Mami, mi hermana, Y entonces te va a preguntar qué carajos está haciendo viviendo aquí, Qué fregados le tiene que importar, Pues entonces no le digas nada, mejor pregúntale si la ha visto salir y ya, güey.

Al final de la temporada las nuevas coreografías de danza folclórica han atraído más público de lo esperado, ya te fijaste, le pregunta la madre al hijo. Esmeralda Palomar no espera una respuesta. Píter sabe que su madre se preguntará y se contestará a sí misma. Es una de esas mañanas de manicure y tubos en la cabeza. La danza del venado, lee, un baile tradicional del Estado de Sonora, fue interpretado con maestría y dramatismo, En su agonía el hermoso ciervo se estremece, pero es difícil concebir la idea del dolor en la gracia de sus movimientos, ya que parece una entrega deliciosa, un movimiento gracioso que transita de la vida a la muerte, su cuerpo cae, sus bellos miembros, ágiles y tiernos, se estremecen en el trance mortal, y sus ojos, todavía con el brillo de una antorcha que se extingue, miran hacia el otro extremos del puente esperando la consecuencia y la orilla, causa y efecto, vida y muerte, karma y dharma, Compraste todos los periódicos del estanquillo, mami, Es que quiero ver qué dicen de la función de ayer, estuvo a reventar y la gente aplaudió mucho, todo se vio maravilloso, cariño, hasta la pobre Ludo, tan graciosa, como siempre, siempre me duele un poco cuando la veo, se ha vuelto muy huraña y majadera, ves, creo que lo que le hace falta es que sus padres estén aquí, con ella, porque no es lo mismo estar con sus padres de uno que andar al garete, ves, y a mí me da una pena que no los tenga, pobre. Cuando la mujer despega la vista del periódico, se da cuenta que ha estado hablando sola. Píter salió dejando la puerta abierta para no hacer ruido con el cerrojo.

En el pequeño lunar de la Roma, el hermoso David observa las parejitas que se besan. Detrás de un seto coronado con flores y abejas hay unas miradas de ardor. Habrá algún momento en que Dios quiera soplar en la cabeza de la estatua y decirle, anda y ve, o se quedará así siempre, hasta que vengan los alemanes y le tiren una bomba que la deje rota en mil pedazos. Todo eso se preguntaba Ludovina en el arrobo de una tarde cuando sólo miraba los pequeños sucesos en el parque y las formas voluptuosas de la estatua.
El día tenía que venir en que Cuca le mostrara lo enojada que estaba debido a las constantes fiestas. Si acaso era común en otros lugares festejar algo, un cumpleaños, un santo, o una metida de gol, en el edificio de Cuca, no era así, ya el escándalo de la mujer del siete y los portazos a cualquier hora eran suficientes como para aguantar más escaramuzas, dijo, tampoco se permiten las visitas a horas en que la gente normal debe estar en cama, especialmente cuando se trata de una señorita, tan joven, como usted, porque las entradas a cualquier hora dan mucho de qué hablar, y por si no lo ha entendido bien, no quiero más escándalos, qué acaso usted no tiene padres, le increpó. Ludovina bajó los ojos sin chistar. Ya se estaba acostumbrando al hecho de que sus suspiros le molestaran a la gente. El mundo gira con sus propias fuerzas, y ella, ser pequeño y desvalido, se tiene que sujetar de alguna punta del harapo de la vida para no caerse, pero tampoco eso es permitido en ese universos de escaleras y cerrojos. Tras los bifocales los ojos de Cuca estaban unas marismas oscuras e implacables. Cuando Ludovina levantó la vista se topó con la mirada abismal, se sintió como un pequeño chavalillo en una fiesta de Pamplona quien teniendo al toro enfrente sólo le puede mirar a los ojos porque no sabe qué otra cosa hacer, y entonces sucede que en un instante mojado por una lluvia de milagros, la mirada furiosa se conecta al rosal de los encantos de unos ojos tiernos, y la voz cavernosa finalmente dice, anda vete que tengo muchas cosas qué hacer.

Dentro del 14, las visitas no dejaron de acudir, porque bien sabían que la joven bailarina estaba pasando por días difíciles, que por eso ya no se le veía por ningún lado, Estuvimos esperándote en la Luna Azul, Le dijo Cindy y le entregó un par de mosapas frescas, son para ti, apenas las cortamos en el camino por el jardín del David, y este libro también, de Simone de Beauvoir. Ludovina tomó el libro y las mosapas, qué alivio el saber que después de una noche de tinieblas hay pequeños soles que traen la fragancia de mosapas. Esthela escribió un ensayo que leyó hoy, comentó Cindy, y Ludovina se apresuró a preguntar en tono de disculpa, Hubo mucha gente, ya sabes, el grupito de siempre, y todavía no nos ponemos de acuerdo sobre los papeles reproductivos, y la valoración del papel que desempeñamos las mujeres en la educación de los hijos, ya sabes, El punto de Esthela está basado en las tesis de la de Beauvoir. Los papeles reproductivos no han cambiado, ni cambiarán, afirmó Esthela, somos las mujeres quienes parimos, no digo que sea mejor o peor, es solamente un hecho, Las cervezas están en el refri, dijo Ludovina. Cindy se encaminó hacia la barra de la cocina buscando un cenicero porque la ceniza de su cigarro había crecido y ya se desmoronaba en la palma de la mano.
La mujer del siete comenzó a gritar otra vez. Por la ventana el rumor del tráfico se colaba por las rendijas, y Ludovina no entendía por qué sus fiestas rompían la quietud de ese lugar, cuál paz, cuál quietud, a poco es muy extraño que a la gente le guste la música, no sería mejor una buena canción de Aretha, o del Tri que los gritos de la del siete, la que vive con un energúmeno que se llama José Luis, informó en voz alta, a estas alturas ya me hubiera separado, creo que José Luis no va a soportar tanto grito pelado, y un día se levantará de donde está y le dará un tremendo golpe que la mandará al hospital, eso si corremos a socorrerla, porque si no, el tipo la dejará allí muriéndose, debe ser un monstruo sin corazón, la verdad, Baja la voz, Ludo, por favor, y la bailarina se serenó arremolinándose en el sofá, Entonces, en qué íbamos, preguntó Esthela con un suspiro, Por qué no prendes un churro, propuso Ludovina con una sonrisa diabólica. Cindy comentó que no había nada en el refrigerador, y añadió, no pasa nada, habrá que bajar al estanquillo de la esquina y comprar un par de caguamas, que son más baratas, pero entonces tendremos que pasar enfrente a la puerta de la señora Cuca, Ludovina suspiró con desgano y le dijo a Cindy, mejor, por qué no prendes un churro, No es muy temprano, respondió la rubia con una voz científica, Nunca es temprano para un viajecín, explicó Ludovina, qué sería esta vida sin yerba, la verdad, por ejemplo, en estos días no hay cosa mejor, comentó con un gesto resignado, Cómo grita esa tipa, si el tal José Luis le pega será su culpa, sentenció Esthela, Un momento, dijo Cindy indignada, no estoy de acuerdo, el gran problema de la violencia doméstica es que las mujeres asumimos toda la responsabilidad, tomó un momento de respiro y añadió con tono de reflexión para mí, si ese hombre le pega entonces es fifty- fifty, en otros casos comprendo que somos las mujeres las víctimas, pero en éste, veamos bien, a cualquiera se le quiebran los nervios con tanto grito horroroso, don´t you think, Creo que el tema de la violencia doméstica debería incluir el sufrimiento de los vecinos como segundas víctimas, Estoy de acuerdo contigo, Ludo, opinó Cindy, siempre son los vecinos los que llaman a la poli, Qué quieres, que la llamemos, preguntó Esthela asustada, No te aceleres, Cindy habla en términos hipotéticos, no, Cindy, Of course, my horse, este es el peor churro de mi vida, Eso dices cuando estás cruda, dijo Ludovina al momento de estallar en un acceso de tos y una risa que brotó lánguida con el humo de la marihuana, Qué bonito es cuando te ríes, mi pequeña Ludo, festejó Cindy, Ven, dame un beso.
De pronto se abrieron los grifos del departamento de arriba, se oyó el chorro de la regadera y el sonido gutural de unas gárgaras estruendosas. Es el de arriba, informó Ludovina, trabaja en un bar de Insurgentes, siempre se va a esta hora, la otra vez me tocó a la puerta a las tres de la mañana y me invitó a salir a tomar una copa, Y saliste, le preguntó Cindy, Ni siquiera he tenido ánimos de vestirme, van dos veces que Rubén me manda a buscar, Tienes que reponerte, Ludo, le dijo Esthela con voz grave, nos tienes a todos en ascuas, Te vendría bien esa gira por Europa, le recomendó Cindy, Les dije que no voy a ir, Ay tú, cualquiera en tu lugar estaría dando gritos de felicidad, Es por Rebeca, verdad, preguntó Cindy en un tono funerario, Sí, la verdad, no puedo irme. Hubo un silencio solemne y después los gritos de la mujer del siete, ya no soporto esta vida, José Luis, entiéndeme un poquito por el amor de Dios. Luego estallaron los cerrojos. La voz áspera y mortificada de la mujer se desplazó al pasillo, Van de salida, Deja que Esthela abra la puerta, así vemos al tipejo ese, Debe ser de lo peor, No la abras mucho, un poco solamente, a ver...
La voz altisonante de la mujer del siete daba ahora instrucciones, Y ya sabes, pónte muy atento al cruzar la calle y no te despegues de mí, eh. José Luis asintió pegando su pequeño mentón al pecho, mientras, se alisaba, con la manita diminuta, los pliegues de una chaqueta. For Christ s sake, exclamó Cindy, y las demás se quedaron enmudecidas debido a la repentina visión de un niño que caminaba con su mamá de la mano.

Rumbo a la estación del metro, el aire ceniciento de la ciudad se hacía más áspero y espeso, los motores rugían entre los filos de los espectaculares y las barandas de los puentes peatonales. Hay lamentos que no se oyen, solamente se llevan dentro, nada más por eso uno se entera de ellos. El David se ha quedado atrás, sólido, observando un mundo lleno de atropellos y engaños. Bajando por la escalera de la estación se encuentra un teléfono. Con Telmex y una tarjeta tendrá la voz de Rebeca, límpida y clara, quizás llamándola, pidiéndole que regrese. Hoy no tiene rumbo ni tiempo. Los vagones pasan vomitando gente, perdiéndose en una línea oscura que diverge en las tripas de la ciudad. Cuesta solamente insertar la tarjeta, ya ésta le quema la mano, descolgar el teléfono y marcar el número. Cuando le responda con la misma voz de siempre, el aire volverá a llenarse con moléculas de oxígeno. Otro vagón se detiene, la ola tumultosa de pechos y piernas me empuja hacia dentro. Rumbo a Indios Verdes, el viejo camino que la lleva a unos cerros parduscos y un terreno árido, etéreo. Cuando la gente baja, se paraliza. Hay una fuerza que la detiene y la sujeta al asiento como una garra de pegamento espeso. Un teléfono, por favor.
Escurridizo, por la ventanilla hay un viento con olor a nopal. Los indios se han vuelto verdes de tanto comer cactus. Con sólo llamarle y decirle, Rebeca, ven por mí, aquí estoy en la estación del metro, o si quieres, solamente llámame y yo voy para allá, timbro, hablo por el interfón, subo los cuarenta escalones, escucharé el abrir y cerrar de puertas, en el ascenso, como accidente vulgar, experimentaré el encuentro furtivo de la gente sin cara, ni voz para decir buenos días. Ella abrirá, y acto seguido habrá un abrazo interminable. Frente a mí estará el ventanal de vidrios obscuros cuyo brillo es de un intachable nocturno, como si siempre fuera de noche, pero no lo veré porque tendré los ojos cerrados, sintiendo la sacudida intrínseca de un haz voltaico, como el sale de los rieles del metro.
El repentino jalón tuerce cuellos y caderas, afuera el mundo corre hacia los lados, no hay descansos porque aunque una no haga nada en un vagón, se continúa pensando, intentando que con la sola fuerza del pensamiento los deseos se realicen. Llámame. Circulando por la sangre coagulada, voy por la ciudad, meditando. El espagueti humano unas veces es una ola vertiginosa que arrastra, y otras, un simple rebaño taciturno desfilando por los pasillos. La tarjeta se humedece con el sudor de la mano. Si no llamas tú, llamaré yo. Recuerdo el cielo en Buenavista, cuando la lluvia escampaba tras una tarde de aguas, y nosotros, mocosos, chapoteando, hundiendo los pies hasta el fondo de los lodos, en una carrera por atrapar un sapo. Esa vez, el sapo brincaba y escapaba de la mano resbalándose, ya lo atrapábamos, ya se escapaba. Había que correr tras él y mientras más difícil la carrera, más lejos estaba, agazapado tras un trozo de madera podrida. Hasta que una voz con autoridad nos hizo parar el juego, y tú nos recibiste en la casa tras haber calentado el agua para el baño. Había un juego de cubetas en el piso y las toallas estaban colgadas sobre el tubo de la cortina de hule. El olor a chocolate venía de la cocina, y en la casa nadie hablaba a viva voz, todo era un rumorar, un crujir de dientes y cuchicheos angustiosos. Las ventanas que daban a la calle estaban empañadas con el vaho de conversaciones indescifrables. Qué horrrendo accidente había pasado, y la pobre niña, ahora qué va a ser de ella. Habrá más familia que le quede, les oí hablar una vez de Tampico y de unos parientes ricos, habrá que buscar la dirección, y que Poncho se apresure con los preparativos funerarios, no queremos escándalo, todo debe ser discreto, en nuestra familia estas cosas no deben alterar el orden. Rebeca, hija, haste cargo de los niños, báñalos y pónlos en la cama, pobre criatura.

En el edificio de la Roma, Cuca barría las escaleras casi con violencia, y, aunque el piso ya estaba limpio, ella seguía barriendo. El esmero que ponía en la limpieza de los pasillos causaba extrañeza considerando que su pequeño cuarto era un verdadero desorden de baratijas antiguas, altares de vírgenes polvorientas y flores artificiales en busca de un entierro noble. Esta tarde, Ludovina subía las escaleras cuando la sorprendió con el oído pegado a la puerta del tres. Traía puesta la peluca rojiza, y un mechón le caía cubriéndole parte de la cara. El color fuerte de ese cabello sintético no se podía ignorar, ni aún a una distancia considerable, por eso Ludovina volteó, y cuando la otra se sintió observada, continuó con su frenética friega de pisos.
Hay un rumor que viene desde abajo. Sobresale el chillido de la señora Cuca y el constante rechinar de la reja de la entrada del edificio. A Ludovina le toca dormir en un colchón de resortes vencidos, sin esperanzas de poder cambiarlo porque la cama forma parte de los muebles del departamento y pedir uno nuevo sería alterar el orden, inadmisible. Sobre la repisa está la caja de cerrillos para prender la estufa. La flama es traicionera y esta es la segunda vez que se quema los dedos, quiere prenderla para hervir agua y hacerse un té, y lo único que se le ocurre es utilizar un papel doblado y meterlo a los quemadores, así que coge la esquina del Unomásuno y rompe la página de la sección de espectáculos para hacer un churro, pero la estufa no prende, habrá que checar el gas en el tanque, sin embargo, solamente Cuca sabe dónde está. Dejó caer el churro en llamas sobre el piso al momento de quemarse los dedos, la flama se disipó en un momento de sagacidad inesperada y prendió fuego sobre el reguero de revistas esparcidas al lado del refrigerador. Lo más rápido que se le ocurrió fue abrir el grifo del lavaplatos, pero la llave estaba oxidada y el chorro de agua salió débil. Trató de llenar un cazo, mientras con movimientos frenéticos apagaba las llamas, en ese momento se encontró con la jerga que estaba extendida sobre el piso, y empezó a golpear con ella todos los atisbos de fuego, aquí y allá, y cuando se dio cuenta de que todo sería inútil, corrió al pasillo y gritó con todos sus pulmones, Cuca.

Por la calle de Querétaro Ludovina camina con desgano, lleva los pies metidos en unos tenis de goma gruesa, y sobre la espalda carga su pequeña maleta. Es una mañana brumosa y ácida. En las calles, la rutina impone una dictadura de reloj. Para Ludovina el tiempo no existe. Camina en una ciénega de concreto. Ella es una bola que rueda, una hoja seca que cae lánguida, una nota solitaria de un organillo olvidado en algún basurero, una molécula que se convierte en gota y se desliza suavemente por las mejillas del edificio en forma de lágrima. En el parquecito, la mirada perdida del David tiene un soplo momentáneo de vida. Agarradas a las barandas de los balcones algunas lianas verdes cuelgan, y abajo tres pichones vuelan en círculo sobre las baldosas tras las migajas blancas que han caído desde una azotea. Ludovina recuerda la voz cantante de las mujeres de su pueblo y las frases hechas y sanadoras, De mejores lugares me han corrido, pero ahora, a dónde, Busca por Querétaro, sigue buscando, le susurra el David, como si la estatua de pronto se viera poseída por un espíritu piadoso, El que busca, tarde o temprano encuentra. Angel de la guarda, mi dulce compañía, no me desampares... Tendrás que rezar esto todas las noches, antes de dormir, la voz de Rebeca se escucha desde la esquina de su memoria, dónde están esas manos que le sobaban la cabeza, las que, juntas, rezaban en las noches de vigilia. Angel de la guarda, qué abandono, qué traición, eres de lo más cruel y por ti, todas las almas buenas se irán al infierno y arderán, así como ardió la cocina del departamento, y la garganta de la señora Cuca cuando gritó, Me cago en la puta que te parió, no te quiero un segundo más aquí.
Por la calle de Querétaro, me dijo el David.

Profesión: comerciante, específicamente experto en la compra y venta de puercos, chofer de camión de carga, conocedor de la ruta del Golfo (pocos han tenido ese mérito), aprendiz de Don Juan a los veinte años, graduado en las artes del amor bajo la generosa y experta dirección de doña Tina, sirvienta cuarentona de la afamada casona de los Gutiérrez. Audaz y discreto, dos cualidades en los hombres de alta estima, a veces intolerante ante la necedad y el arbitraje injusto. Se le conoce como uno de los ilustrísimos fundadores de Buenavista. A los cuarenta años, titulado como especialista en secretos femeninos, sobador de panzas y asiduo degustador del licor de frutas las Tres Marías, producido en las altas montañas de Veracruz. A los setenta y seis, convertido en jerarca familiar. Nadie en la gran casona de la calle Querétaro se atrevía a sentarse en la gruesa poltrona de Horacio Menchaca.
Él mismo se considera el último descendiente de aquellos Menchaca que llegaron en una carabela española y sobrevivieron a las pestes y rebeliones. Que los españoles martirizaron a los indígenas, No señor, si viera que antes de que nosotros pisáramos, por gracia divina, esta tierra, ya los mismos indios se estaban sacrificando unos a otros, las cabezas rodaban por los escalones de sus templos y las matanzas eran por cienes, no señor, que nosotros venimos a robar tierras, nonis.
Horacio Menchaca juntó sus dos manos acariciando la cabeza del bastón y volteó hacia la puerta. Sobre la cornisa había un reloj de pared que marcaba en ese instante la dos de la tarde. Rescató del bolsillo de su pantalón un reloj antiguo, de números romanos y carátula maciza, chapeada en oro. Verificó la hora y para ello tuvo que levantarse los lentes de arco de la nariz. Sus ojos de animal cuaternario se abrieron en un intento por ver. Ludovina pensó que ese sería, quizás, el momento de despedirse de su nuevo anfitrión, y continuar por el pasillo para llegar a la habitación. Un lamparazo de prudencia le iluminó el panorama y pensó que el viejo Horacio se molestaría si ella se despedía de súbito, no era el momento de echar las cosas a perder cuando apenas estaban empezando, se daba cuenta que ese hombre no estaba para tolerar groserías de nadie, y no quería desafiar el quisquilloso orgullo de los Menchaca y arruinarlo todo, por eso se quedó allí sentada, frente a la puerta de la vieja casona, ecuchando al viejo, quien, en tono letánico, siguió relatando la lista de los próceres familiares.
De la cocina viene el olor a chiles tatemados. Hay una mujer sumamente delgada, muy morena, de labios gruesos y pómulos salientes. Llora, pero no se sabe si sus lágrimas son de tristeza o del humo que sale del comal. En el mismo espacio hay una mesa grande de nogal, cuyos bordes han sido carcomidos por el tiempo, y junto a ella están dos niños sentados. La niña trae una muñeca de trapo en las manos, la agita violentamente apretándola con su pequeña y despiadada mano.
El niño hace círculos con el índice sobre la mesa y parece no advertir la presencia de una persona nueva en la casa. Ninguno de los dos mira a la mujer que tatema chiles, ni parece importarle la posible pena que la hace llorar. Cómo te llamas, le pregunta Ludovina al pequeño, pero ella sabe que no va a contestar, Tu mamá está llorando, le advierte, pero él, con la apatía de los niños que no entienden las penas de los adultos, continúa haciendo círculos en la mesa. La niña, todavía más pequeña, mira a Ludovina con una inteligencia de persona adulta. Sus ojos, parecen traspasar la frontera de los pensamientos e indagar en los archivos de la mente por un momento rapidísimo. Después sigue doblando el cuello de la muñeca y golpeándola con saña contra la mesa de nogal.
La mujer ha estado parada frente a la estufa. Ella lava y guarda los trastes en un trinchador de maderas obscuras. Su rostro, sin expresiones, es una roca maciza que encierra muchos años de pesares, sin embargo, su piel es tersa y lisa, es una capa suave y morena, pegada a los huesos como fino mantel. Sus movimientos son precisos y lentos, como si eso fuera todo lo que hiciera durante el día. En esa cocina ensombrecida por la penumbra, los ojos de la mujer son todavía más negros y candentes, parecen penetrar la raíz de lo que miran. Sin embargo, pocas veces ve a Ludovina a los ojos. Desde el rincón obscuro donde se encuentra, le habla con una familiaridad que Ludovina alcanza a reconocer en algún recóndito pabellón de la memoria, Me llamo Benita, le dice sin miramientos, si gustas sentarte, ya casi está todo listo, después puedes acomodarte en la habitación, Gracias pero no tengo hambre, la verdad, se disculpa la muchacha. En ese momento la mujer sorprendida, levanta la mirada y le dice con temple, Andale, porque tendrás que tener fuerzas para limpiar tu cuarto. Después de decir ésto, Benita bajó de nuevo la mirada hacia los platos y aclaró que las dos huéspedes anteriores lo habían dejado como un chiquero, No se preocupe, ahorita lo limpio, dijo la muchacha, nomás necesito con qué, si me presta, Atrás de la puerta está la escoba, en esta casa no se trapea, cuando llueve lavamos los pisos, Los lava con Ajax, preguntó, No, con agua de lluvia, así siempre los hemos lavado, ya te acostumbrarás, la otra muchacha también, cuando llegue, Y cuándo será eso, Pronto, no tarda, puedes escoger la cama que más te acomode. Ella tendrá que escoger de último, aquí el que se tarda que se arda.
El que se tarda que se arda, semejante dicho lo había escuchado en algún lugar remoto, le pareció que pertenecía a la gente de una región antigua que ella había conocido bien, pero en ese instante no podía acordarse.

Pensaba en el dicho y dónde lo había escuchado cuando subía las escaleras. Había un quejido lastimero que salía de las paredes en murmullos leves, deben ser las tuberías que se agitan cuando el agua corre, pensó. Todo le parecía ahora muy conocido, tenía medido el espacio y la esquina donde se arremolinaban los escalones que daban al segundo piso. Al final del pasillo, la puerta de la habitación estaba dividida en dos hojas. El barandal era una pieza de herrería maciza con vista a un pequeño jardín, donde la escasa luz del día sostenía en pie unas cuantas hierbas que crecían entre escombro y fierro. Pedir más hubiera sido ingrato en una hora de urgencia, por eso no se fijó en esos detalles. Con la punta de los dedos movió una de las hojas y la puerta cedió. Las dos camas estaban allí y los pisos, cubiertos con un linóleo viejo, resplandecían de limpios. Tras su espalda, las risas de los niños se escucharon efervescentes, al volver la vista atrás se encontró con las dos caras cómplices que reían y se decían cosas indescifrables.

La ciudad, olla a presión, explotará uno de estos días, sólo los iniciados pueden pisar el fuego sin quemarse, y si todos fuéramos magos, pues entonces, podríamos ya llamarnos la magohunidad, en lugar de humanidad, y podríamos, como Laudini, escapar de todos los peligros que nos acechan, pero no siendo así, la condición humana, encerrada en un mundo de frenesí y fragilidad, se encuentra aturdida y no hace más que tratar de mantener el equilibrio ante la vorágine de los aventones, intenta resistir los jalones del metro, ser puntual, salvarse del enloquecido tráfico, de los repentinos asaltos, de las violaciones o de un balazo mortal. Pero lo peor de todo es el fatalismo que se encuentra en el aire como parte de un día plácido, y entra en las narices flotando, silencioso, sobre tapetes de veneno. Y si por esto fuera poco, más allá, a lo lejos, está un volcán escupiendo cenizas y dando avisos del inminente vómito de fuegos.
Y no era que el día fuese aciago, que motivos de sobra había para que así fuese, sino la serie de situaciones reales, como la imagen del David en el parquecito de enfrente. No eran elementos de una hipótesis, sino eventos científicamente registrados. Y en todo esto pensaba Cindy, ahora que tenía en casa a una amiga, quien además de desempleada, estaba enferma. Ludovina había caído en los excesos consumiendo drogas, y no había lugar donde no la corrieran o la echaran a empujones. Su cuerpo, menudo, se había convertido en un espantajo, y sólo la compasión de una amiga solidaria podía, en estos momentos, acogerla.
A la gente de este barrio le gusta darle de comer a las palomas, dijo Cindy observando el parque a través de la ventana, quieres ir a ver si nuestra enfermita ya se despertó, le pidió a Esthela, Cómo se va a despertar, a esta hora, ni soñarlo, Mejor vamos a tomarnos un café, Qué onda con las palomas, Cuando se empiecen a morir haré mis maletas y me largaré de esta ciudad, Creo que primero nos moriremos nosotras, Huele rico este café, es de Chiapas o Veracruz, No idea, al frente de la bolsita debe decirlo, si de morir se trata, habrá que ver cuáles son las profecías, Yo quiero tener una muerte normal, Dime tú, cuál es la manera normal de morirse, de cualquier forma te mueres, míralas a ellas, volando tranquilamente, buscando las migajas en el piso sin hacerse esas cuestiones, Me quieres decir por qué estás tan fúnebre esta mañana, caray, además tus labios están resecos, y creo que es de tanto hablar tonterías, ven para acá, corazón, necesitas un beso.

El viejo Horacio está permanentemente sentado en una poltrona de bejuco, y su figura es la de un buda barrigón y sin recato. Una espantosa panza cubierta de pelos canos sobresale por la camisa desabotonada, y la tremenda bola de cebo cae irremediablemente entre las piernas. Sus manos son dos cangrejos fuertes que tiemblan cuando se palpa el vientre buscando el reloj. Finalmente lo encuentra y verifica la hora, el tiempo que pasa, como si siempre estuviera esperando la llegada de un suceso crucial. Estará esperando, como ella, a la nueva inquilina, a la muchacha que pasará por el marco de la puerta y luego tendrá que detenerse al verlo. Ludovina no se atreve a mirarlo de frente. Ha estado horas sentada también, junto a él, esperando que venga su compañera de cuarto, deseando tener un encuentro simple y fácil de entender. Es posible notar, desde una distancia corta, que ella también siente un ligero temblor ante la espera de que la puerta se abra. Necesita compartir con alguien el asombro de estar viviendo en una casa donde las cosas más naturales tienen un sesgo inusitado y extraño, pero al mismo tiempo tan conocido y necesario, y al momento de percatarse de tal razonamiento descarta la idea de compartirlo, y su mente se desvía hacia más triviales preguntas, Cómo será, qué le gustará.
No sabemos todavía de dónde es, dijo Benita, llegará en cualquier momento, Yo soy de Buenavista, aclaró Ludovina en un tono sociable, Ya lo sé, dijo Benita con parquedad, pronto serviré de comer, te espero a la mesa. Ludovina asiente con la cabeza, pero no tiene hambre, además, los platos están vacíos, sólo hay un pocito de barro con la salsa que Benita ha estado preparando y un cerro de tortillas calientes. Eso comeremos, dice la cocinera, con una voz irrefutable. Y un momento después baja la vista y sus lágrimas se escurren por sus mejillas como dos riachuelos que buscan donde esparcir sus cauces.
La piel de Benita es oscura, y sólo sus canas brillan en el fondo nocturno de la cocina vieja. La casa permanece en penumbras aún en los días premiados con sol. Benita no hace otra cosa más que cocinar, y los niños estando cerca, nunca le dirigen la palabra a ella, ni al viejo.
Sentada en el pequeño patio, donde las tres flores alzan sus pescuezos en busca del sol, Ludovina vio el bulto negro de la cocina, tenía que ser Benita, pensó, nadie más estaría en la cocina. Caminó hacia la puerta y la encontró con la cabeza gacha, sus lágrimas le rodaban otra vez por las mejillas y caían silenciosas en el cochambre y los chiles. Ludovina sintió el suave abrazo de la pena arropándola, el calor del agua que brotaba de la fuente en la casa de Tuxpe, era un calor de piel, entrañable y terso. Caminó entonces hasta donde Benita, quien metida en un llanto mudo, rodaba ajena por una cumbre de recuerdos. Silencioso fue su arribo pues Benita no se percató de su presencia, de no ser por esas cuencas hechas mano que recogieron el resto de sus lágrimas. Comprendo tu dolor, le dijo Ludovina, si acaso es un poco parecido al mío, quisiera llorar contigo, déjame estar aquí un momento, si acaso no te puedo abrazar, sólo un momento aquí, contigo, le pidió. Benita levantó la cabeza. Sus ojos eran dos brillos negros anegados por el llanto, las dos mujeres se observaron con cuidado, una es antigua, la otra, un trozo de vida anhelante. A veces dos personas juntas difícilmente pueden soportar el silencio, pero estas podrían contemplarse por horas sin decir una palabra. Por fin Benita dijo con tan sólo el pensamiento, Tus penas, son mis penas.

Las risas de los niños estallan en el pasillo, en el reloj del quicio dan las doce, pero está siempre tan oscuro que es difícil precisar si es de día o de noche. Sabe que ha permanecido aquí por muchas horas porque ha dormido y despertado y ahora está frente a la puerta, espera que en cualquier momento ella entre y pase por debajo del péndulo del reloj. Frente a la casa, el letrero le avisará a la nueva huésped, Pensión para señoritas. Ludovina agradecerá el tener a esta nueva amiga, por lo que le dirá que no se moleste, que el cuarto ya está limpio y que puede escoger la cama que guste. El viejo Horacio la detendrá y la pondrá a prueba, así como hizo con Ludovina. Le dirá cosas para probar su paciencia, y Ludovina, con gestos a escondidas, le advertirá que solamente es un viejo que discrepa, que pregona sus andares, le pedirá que lo escuche, sin contestar, porque en esta casa no se acostumbran los grandes diálogos, ni las conversaciones triviales, todo tiene una clave espesa, un significado de vida o muerte. Don Horacio condena o perdona, Benita se muere por encontrar un pecho donde descargar su pena, pero no es mujer de contemplar rosas, hay algo que la mantiene dura como una roca de cerro, y los niños... juegan sin hablar con nadie, sólo cuchichean apareciendo en diferentes rincones de la casa, Horacito insiste en hacer círculos con el dedo. La niña no quiere decir su nombre, ignora al mundo circundante por completo, y cuando mira, sus ojos dominan las partículas del aire y expresan sus deseos de una manera irrefutable y en un lenguaje extraño.
El ruido de las tuberías sale desde la esquina de la escalera, y Ludovina se pregunta quién allá arriba estará bañándose y habrá jalado la palanca del excusado. Su compañera de cuarto no ha venido. Todos están en el patiecito, cada uno con su propia faena, en un tiempo que parece suspendido, en una quietud de realidad congelada. Sólo el cucú del quicio se mueve, pero su péndulo oscila segundos que sabemos que son de eterna soledad.

Cayó la tarde sobre la cabeza del David, y la luz se esparció despacio sobre los zacates y la hierba, justo en el momento en que comían las palomas. Cindy y Esthela habían despedido Esmeralda Palomar, Qué señora tan cursi, a ver si no rueda por la escalera con esos tacones, No sé cómo su hijo la soporta, dijo Esthela, Píter también es cursi, respondió Cindy, no deberíamos abrir el paquete, No tiene nada de malo, la señora nos dijo que podíamos sacar las donas, se ven deliciosas, la carta se la daremos a Ludo cuando despierte, Qué poca, ninguno del ballet ha venido, y esta señora, te fijaste, quería verla a toda costa, si le hubiéramos cobrado por pasar a verla, hubiera pagado, pásele a ver al monstruo de dos cabezas y lengua bífida, la gran bailarina Ludovina Suárez hecha añicos por tanta droga, Sí, caray da asco esa lástima tan ensayada. For god's sake, Esthela, tenemos que hacerla reaccionar, Un día de estos se va a quedar en el viaje, Y a ver hasta cuándo vas a aguantar tú, haciéndola de madre Teresa, Haría exactamente lo mismo por ti, no seas perversa, Pervertida, dirás, Si te oyera la de Beauvoir, se levantaría de su tumba y te daría un buen, Un buen beso dirás, es que no vamos a leer la carta, preguntó Esthela, Claro que no, cínica, Qué tal una dona con café, eh.

A la gran casona de Querétaro nadie ha entrado. Una hora podría ser un siglo, no hay conciencia del tiempo. El reloj de Horacio es un vejestorio torcido al que le faltan las manecillas. Seguido, el olvidadizo buda busca con su mano ávida una leontina que ya se ha perdido. El cucú sobre la puerta funciona solamente cuando alguien le da cuerda, y al momento en que la tarea se emprende, nadie sabe qué hora es. Sin embargo, don Horacio se las arregla para escoger la primera hora en la que puede pensar un viejo, y con paciencia ajusta su reloj, después orienta sus sentidos hacia a la puerta. Nadie sale o entra sin su conocimiento. Con los ojos, empañados por la edad, sólo ve sombras, pero su oído es agudo y percibe hasta los ruidos de los ratones que saltan por las noches sobre las cazuelas de la cocina, Callen a esos malditos, con una chingada, grita, y la casa se sumerge de nuevo en el mismo silencio, como un buque que se hunde, apacible, en las profundidades oscuras de un mar polar.
En su habitación, Ludovina trata de dormirse, de llegar a algún acuerdo con esta vigilia que la tiene en permanente vilo. En las sábanas hay un olor a jabón de pastilla, reconocible producto cuadrado que se vende en uno de los puestos del mercado de Santo Tomás, en Buenavista. Por la vereda del callejón de Jesús, las cacas de los perros se confunden con la de los borrachos, pero en las tardes de lluvia, los torrentes la salvan llevándoselas en los riachuelos que descienden al parque de la Candelaria, donde está la Iglesia de Santa Cecilia con su panteón adornado con casitas, morada de las flacas y diminutas almas. Al lado opuesto de esta vereda, está el mercado, y en el puesto de doña Florita, el jabón de pastilla con vetas azules que tanto le mandaron comprar cuando era chica.
Sus ojos se abren y regresan a la habitación de la vieja casona. En una de sus heridas, las paredes muestran una capa de pintura verde. Hay un clavo que solía sostener un cuadro o una fotografía, y que ahora ella usa para colgar la toalla. Por el pasillo se escuchan unos pasos cortos, pero firmes. Ella adivina que es Benita, quien tampoco ha podido dormir. La puerta se abre con un rechinido lento y entra un viento foráneo girando en remolinos. Recuerda entonces la mano pequeña de Horacito sobre la mesa. Benita, hay una fuerza indescriptible en su llamado. Las grietas obscuras de la cara de Benita aparecen en las manos de Ludovina. La joven se da cuenta que la piel morena y estirada es la misma piel de su rostro lozano, y la tristeza de Benita, la suya. Aquí hay un momento en el que Ludovina se comunica con Benita a través del pensamiento, y le dice así, Lloras por algo que no le das nombre, porque no puedes llamar al que te ha abandonado y te ha dejado seca, como una flor sin agua, don Horacio no lo permitiría, él ha prohibido que alguien diga su nombre, que muestre las fotografías de un hijo ausente que no quiere ver, Horacio.
Benita llora, pero no tanto por ese marido ausente, sino por el riguroso claustro donde se marchita. Benita, hija mía, le dice, no estés triste.
Benita juega en el barandal y de pronto la mira, con esos ojos inteligentes que parecen ver tras la materia. Después se aleja brincando por la escalera, y con una voz quejumbrosa grita desde el último escalón, Horacito. En este sueño, el olor a jabón de pastilla le cubre la cara, y al despertar, las sábanas blancas tienen las marcas obscuras del humor vaporoso de su rostro indígena.

Cindy dice que le preocupa la contaminación, pero Esthela bien sabe que es la situación de Ludovina, que ha empeorado, lo que tiene a Cindy viendo por la ventana, echándole la culpa a las partículas de monóxido de carbono de tanta tristeza. La joven bailarina ha estado tendida en cama, y no ha comido más que pequeños trozos de pan francés y toma de vez en cuando pequeños tragos de agua. Sus brazos, tremendamente amoratados, han tenido que ser atendidos con gasas y lilimentos, No puedes vivir mortificada por Ludovina, dijo Esthela, y en cuanto a la contaminación, pues bueno, dijo, acuérdate que mientras las palomas vuelen allá abajo... Es inevitable. Mientras nos reunimos para conferenciar, el mundo se va al carajo, Hablemos claro, lo que te hace ver al mundo a obscuras es Ludo, que no sabemos qué hacer con ella, está mejorando, dices, No, está peor, pero ayer paseamos por el parque, y fue bonito estar otra vez con ella, con la Ludo que conozco y no con la drogui que no sabe dónde parar, Ha caído en los excesos, diría, a lo mejor su amiga Rebeca la podría sacar del hoyo, no crees, Ya le llamé, No me digas, No quiere saber más de ella, y los del ballet están de gira... sólo nos queda la mamá de Píter, Vamos a llamarle, no podemos decidir nosotras solas, Qué pasará con Ludo cuando las palomas mueran, dijo Cindy, Qué pasará con todos nosotros, dirás. Será mejor hacer el amor, mientras todos se va al carajo, dame un beso, ven.

El tiempo y su manto antiguo cayó otra vez sobre la casona de Querétaro. Hoy el reloj no ha sonado, mencionó don Horacio, refiriéndome al cucú sobre el marco de la puerta. Todos están pendientes a que la puerta se abra. Benita la mira con la esperanza de recobrar su libertad perdida. El viejo no tiene otra cosa qué hacer más que estar al acecho de quien pase, y Ludovina espera a su compañera de cuarto.
El viejo se remece en la poltrona, levanta la cabeza vacuna y comenta con dulzura, Si alguien se acomidiera a darle cuerda. Gira su cuello hacia Ludovina con un gesto de toro cansado. Sus manos están trenzadas sobre la cabeza abultada del bastón y su gran panza cuelga sobre sus rodillas, Voy a arrimar una silla, dice ella acercándose al quicio. De pronto, el viejo grita, Benita, tráele una silla a la muchacha. La sola voz del viejo paraliza a Ludovina, quien desde el comienzo ha sido cuidadosa de no alterar sus sentimientos. Mientras, Benita obedece en silencio y pega una de las enormes sillas del comedor a la pared. El tic tac del segundero comienza su carrera y la joven se da cuenta que este sonido es el mismo que el de las goteras en el techo del pasillo. La maquinaria del cucu está empolvada y hay pequeñas telarañas que vinculan los engranes y los rodamientos. Una sonrisa de satisfacción aflora en la cara del anciano, y sus ojos, entrecerrados, le dan el aspecto de un animal mimético que espera con paciencia el desenlace de una historia que finalizará cuando el reloj lo indique.
Benita ha desaparecido. Con diligencia, Ludovina acomoda la silla junto al viejo y se sienta a esperar a su compañera de cuarto. Bajo el ruidoso engranaje del cucú y el correr de las manecillas del reloj, el viejo, al sentirse otra vez acompañado abre la piel de la familia y saca la vena genealógica, Horacio Menchaca de Valladolid, herrero, dibujante, compositor de versos. La familia le debe a él los dichos que todavía tiene en su haber. Su esposa Carmen le parió siete hijos, y se cuentan otros seis regados por la ruta del golfo. Murió de tifo y ninguno de sus hijos asistió al entierro. De ellos salió Horacio Meneo, un muchacho muy bueno para las cuentas, por lo que pudo llegar a tener una tienda de telas finas, y casarse joven con una muchacha rica, pero le gustaba el alcohol y las riñas con armas de fuego. Tras sentirse insultado en una cantina, encañonó su pistola sobre la frente de su supuesto enemigo y disparó. Del arma apenas estaban saliendo los últimos vapores de pólvora cuando un fogonazo de escopeta le hizo rodar hasta el panteón. Ya estando casado, había enamorado a la mujer de Lévi Arroyo, un prestamista de emigrados judíos. Cuando lo vieron besar a la mujer en uno de los callejones oscuros del pueblo, las voces corrieron y dieron aviso a la esposa agraviada, quien le pagó a un borrachín sin oficio para que lo espiara y le informara si las habladurías estaban bien fundadas. Meneo, quien estaba perseguido por sus propios temores, presintió el peligro. El espía novato lo seguía sin discreción. Una noche de copas, los dos se encontraron en la cantina, y Meneo decidió poner puto final a la pesadilla que no lo dejaba dormir. Tan pronto como le reventó la cabeza con el único disparo que era posible hacer en su arma oxidada, sintió la tremenda sacudida de un fogonazo entre las costillas. Lévi Arroyo levantó el cuerpo de Meneo, lo contempló por un rato con una mezcla de asombro y satisfacción, lo dobló por la cintura, le flexionó los brazos y lo mandó en un saco de ixtle a la nueva viuda. El mensajero, cuando llegó a la puerta de la mujer, recitó el mensaje, Que ya no se preocupe usté, que lo que está hecho está hecho y ha sido por el honor de dos.
De sus hijos, salió Horacio Mentor, educado rigurosamente por la familia de la madre, llegó a tener cargos políticos de importancia después de luchar al lado de Maximiliano de Austria. Se casó con una doncella francesa, al servicio de la emperatriz y vivió recluido en su hacienda, Los Tabachines después del asesinato del emperador. Le gustaba montar a caballo y el buen jerez. Murió viejo y aburrido observando las grandes colinas apostadas en su propiedad. De él salió Horacio Tiburcio, quien se dedicó a criticar a su padre y a realizar negocios que menguarían la gran fortuna de la familia. Sin embargo, cuando su cuenta bancaria estaba ya en ceros, se le ocurrió inventar el celógrafo, un aparato para medir la intensidad de los celos. Tuvo muchas amantes y varias esposas. Murió asesinado por uno de sus hijos, a quien nunca le pareció bien que su padre hubiera abusado de su joven esposa una noche antes de casarse. Uno de sus hijos, Horacio Maximino, amante de la música, de las mujeres y el buen tequila, fue uno de los fundadores de Buenavista, poseedor de tierras que después serían incautadas por los gobiernos, orgulloso de su vena española, y semental en el gallinero indígena. A él le nacieron cuatro hijos y todos murieron en los combates de la revolución. De los siete, tres hijas se metieron al convento de la Santa Fe. De estas tres monjas, una desertó para casarse con un hombre tan viejo como su padre, con quien nunca tuvo familia. Sólo quedó Benita, la muchacha indígena con quien uno de sus hijos se había casado a escondidas. Benita, de tus hijos me encargo yo, le dijo el viejo ya enfermo, y por haber conocido varón Menchaca, jamás conocerás la cama de otro hombre, de eso me encargo yo, faltaba más.
El tic tac del reloj y la voz del viejo Horacio suenan acompasados, son dos fuerzas yuxtapuestas. Yo ya no le oigo, musita Ludovina, mi vista está fija en esa puerta, mi cuerpo, desparramado en la pesada silla de nogal. En la baranda los niños juegan y Benita llora sobre el vapor de los chiles otra vez. Junto a este hombre, viejo y cegatón, encuentro un tiempo y un espacio sostenido en una burbuja azul de jabón de pastilla. Flacucha y débil, pero rígida como una vara de monte, estoy sentada frente a la puerta, y alrededor escucho voces, llantos y risas. Cuando entre, mi compañera encontrará a toda la familia Menchaca. Yo soy ya una de ellos. Don Horacio la calibrará de pies a cabeza, Benita le ordenará comer después de acomodarse en la habitación, los niños se reirán frente a ella sin decirle nada, y yo... yo le daré las últimas instrucciones, en esta casa no se acostumbran los grandes diálogos, ni las conversaciones triviales, todo tiene una clave espesa, un significado de vida o muerte, no preguntes mucho, ni hables de cosas sin importancia, las palabras y los hechos tienen un código crucial, solamente escucha sin contestar escucha, sin contestar... Entonces, mi compañera de cuarto, quien ha estado buscando un lugar después de que la han echado, se dará cuenta que ha entrado en una casa de espantos y sin importarle el agotamiento que la somete, querrá dar media vuelta y salir por esa puerta que estoy mirando, y al estar a punto de escapar, las fuerzas de la tierra harán que las paredes se muevan, los pisos se levanten, las maderas de los marcos se tuerzan, los muebles se sangoloteen. En el reloj daban las siete. Dios mío, está temblando. Entonces la puerta, finalmente se abrió. El viejo Horacio, por segunda vez, giró su cuello hacia mí. De sus ojos de animal cuaternario salió un brillo fulgurante, una indicación irrefutable, y dijo, Ya es hora, te puedes ir.

La puerta se abrió y una luz pálida alumbró el pasillo, ábrete sésamo, luz del amanecer, ventisca que viene de los cerros y se mezcla ahora con la bruma de polvo y cal. La tierra tiembla, se menea como un buque en altamar, se rasca el ombligo y se estremece creando olas de placer en su epicentro. Ludovina se levantó de la silla con la vista fija hacia la puerta, caminó por el pequeño trecho de alfombra, un retazo gastado y rancio, era preciso ahora ir hacia la luz que venía de la calle, ignoró el crujir de los pesados sillones con patas de fierro que ya oscilaban a la par con el péndulo del reloj del quicio.
Estupefacta por esa visión nueva, continuó. Sentía esa mezcla de sorpresa e hipnotismo. Ahora se encontraba en medio de la calle de Querétaro, un día antes traficada, encendida, ahora sin un alma, apelmasada con las horribles moles a los lados. Se daba cuenta que había salido de la casona sin cuestionar al viejo, bajo los efectos de una orden que estaba cumpliendo casi con gusto. A lo largo de la calle, contempló las baquetas y los muros. Las quebradas aceras estaban atestadas con escombro, un cementerio, donde los muertos estaban enterrados vivos. Se escuchaban clamores de clemencia y auxilio. Había voces que venían desde abajo y minutos después, el silencio adquiría connotaciones aterradoras. De una de las esquinas salió una mujer corriendo, traía encima un camisón de dormir y gritaba histérica, recen, es el fin del mundo. Los altos edificios habían colapsado y eran unos inmensos sandwiches cuya carne triturada pedía perdón y misericordia a un Dios que en ese momento no escuchaba, dónde estás, señor que no te vemos, nos han pegado, te digo, habrán sido los alemanes, cuándo ocurrió que no me di cuenta.
Los gritos de la mujer histérica despertaron a Ludovina, quien escuchaba todavía la voz del viejo Horacio, presentía en su espalda la risa de los niños y los ojos negros de Benita. Habrá que ir, pero hacia dónde. Era evidente se encontraba en una situación de urgencia. Si bien no era una mañana de fiesta lo que esperaba, tampoco este dramático fin del mundo precipitado y caótico, cuyas predicciones nadie había escuchado. En la colosal ciudad todos estaban enterados del peligro pero cada uno tenía un motivo para ignorarlo, nací aquí y aquí moriré, decían unos, y otros, dónde tendré lo que tengo aquí, comenzar de nuevo qué güeva, no señor, amo la Ciudad y con ella hasta el fin, a mí los peligros me hacen los mandados, un mero cabrón como yo no le teme ni a su meritita muerte.
Habían pasado años, cientos de ellos, sin que la ciudad parara su trajín diario. Ese día, la metrópoli era un gigante paralizado, con los órganos internos triturados y apenas si respiraba. Las fábricas dejaron de producir, los autobuses de circular, los noticieros apagaron sus voces, el territorio era ahora un yermo, un valle árido de espinas y cruces, donde las almas se encomendaban en cada remecimiento, ay nanita, perdóname señor por tanto abuso, hoy muero pero confesado, mamá, dónde estás, hija aquí, abajo, apúrate que me asfixio, pérate que ahorita bajamos por ti, píquenle, ay...
Ludovina dudó por un momento, y quiso regresar al gran caserón de los Menchaca. Volteó hacia atrás, pero la puerta que dos segundos antes se había cerrado, se desvanecía como un hielo que se derrite, poco a poco empezó a caer en trozos y hacerse agua y después polvo, arcilla, ceniza, viento. Se preguntó si Laudini alguna vez tuvo miedo. Regresó la vista hacia la calle y continuó marchando pensando ahora en Rebeca, en cómo estaría. Un temor desconocido la abrazó. Metió los dedos en el bolsillo del pantalón y sacó una tarjeta, luego se encaminó hacia la esquina esperando que con el mal tino, los alemanes no le hubieran pegado a la caseta de Telmex.
Dónde estás Rebeca, desde las últimas mañanas yo te llamo, el miedo es un cordón umbilical que me tuerce el cuello en calles solitarias, ensombrecidas por la ausencia. De la mano de Dios me he soltado, dónde estás tú, dónde Dios, en esta hora de abandono, dónde, nos han pegado, te digo, creo que fueron los alemanes.
En la caseta de Telmex tampoco había nadie esperando el teléfono. Era la hora cero, un instante antes de empezar una nueva cuenta, la tranquilidad engañosa de un ojo de tormenta que trae en la retaguardia los peores y más crueles tormentos. Hubo dos voces que finalmente se entrecruzaron, Hola, cómo estás, dime, Bien, cómo estás tú, Bien. Ludovina, pobre chica, su voz trémula quería decirlo todo, hablaba ya con Rebeca y quería decirle tantas cosas, pero de ella salió sólo un pequeño ruego, No quieres que vaya un poco a tu casa y nos veamos. Para qué, habrá querido decir Rebeca, pero no quiso lastimar a un pequeño corazón que, ella sabía, estaba padeciendo. Por eso solamente dijo, Voy a estar muy ocupada hoy, cada vez que tiembla, las cosas se desajustan, tengo que llamar a mi oficina y ver si los escritorios no salieron volando por la ventana, Por aquí todo se ve muy mal, dijo Ludovina todavía con los ojos puestos en los derrumbes, ah, sí, parece que pasaron los alemanes, Llámame después, no, Bueno.

El ciervo camina sin rumbo, a través de la espesura de escombros, ya que hay cadáveres descomponiéndose bajo las moles de concreto, y los vapores fétidos suben al cielo, donde el tráfico de almas se esparce por las callecillas para llegar a Dios.
Suya es la realidad, asiente, parte de sí mismo. Continua su marcha rozando con sus tiernos cascos las raíces de una ciudad que ha quedado en ruinas. Frente al acecho, el tierno animalito se vuelve esquivo, pero no se separa del camino, ni tampoco deja de andar. De pronto, el filo cortante de una punta de obsidiana le abre el pecho. Ha sido un golpe fulminante, agradecido está que fue certero, pues las agonías largas y piadosas son más crueles. Un espantoso espasmo lo echa al suelo. Hay en su tierna cornamenta una corona para un rey viejo. La corona también cae y rueda dando tumbos por la agrietada calle. Al verse frente a su final, el ciervo baila por última vez con el cuerpo sobre el suelo, al mismo tiempo, ve que alguien está de pie, con los brazos abiertos al final del camino. Una mujer lo espera. No hay discursos, ni diálogos, tampoco intercambio de pensamientos, pues ya todo ha sido dicho. No es el destino quien da los tuerces sorpresivos de la historia, porque si acaso fuera así, dejaría de ser destino. Así que el ciervo, se levanta, y lentamente camina por la banqueta, sabe que se dirige hacia la muerte, que ya lo espera, como la madre que espera al hijo errante. El ciervo, solitario al fin, caería finalmente en la tersura de unos brazos. Ha dejado de sentir sed desde hace tiempo, y la agonía del hambre le hace jalar las patas y recobrar las últimas fuerzas que le quedan, pero el dolor, ay, trae este inmenso peso que le aplasta el lomo, lo arrastra hacia la tierra y le dobla las coyunturas con una fuerza intangible. El bofe perforado es una flor ensangrentada, y a causa de un pálpito encabritado, se le ha acalambrado la quijada. Con deseo, sus ojos imploran estar en esos brazos, a donde llegará si jala un poco más. La bruma se ha espesado, los chillidos de las sirenas vuelan como pájaros malditos, los insectos han salido de la tierra para devorar su carne, jala un poco más, se dice, y al volver la vista al frente, los brazos ya no están. El regazo piadoso de la madre se ha ido.

Al final de la vereda no hay nadie, sólo un montón de escombros, y un edificio que yace en ruinas. Algunos de los ventanales de aluminio han quedado intactos, pero la gran reja de hierro de la entrada ha desaparecido bajo capas de ladrillos triturados, entre serpientes de fierro y lozas de concreto macizo. Hay voces pequeñas que vienen desde dentro, diminutos quejidos que se escapan por los hoyos negros, y el llanto de un niño, el único infante del edificio, José Luis.
Tras el llanto pueril persiste un quejido, que suena opaco en la orilla de la boca negra donde ha caído todo. Un grupo de rescatistas se ha acercado, y tras ellos, las inmensas máquinas Caterpillar se preparan para remover escombros, pero los grandes muros son unas piezas de dominó apoyadas entre sí, y cualquier movimiento las hará caer aplastando la vocecilla que sale de abajo. En un momento de premura, se establece una asamblea provisoria entre los miembros del rescate para decidir si tendrán que echar fuera las máquinas, y en la discusión, se van los minutos que quedan para seguir respirando entre los oscuros recovecos de cal y cemento. Ludovina no ha querido esperar y ha bajado, salta liviana entre los bloques y las puntas de fierro, se mete, avanza. Los rescatistas se enfurecen por el inesperado acto, quién le dijo que bajara, qué estupidez, a ver quién la saca. Hay voces que chillan, Primero el niño.

Puntiagudas varillas y gruesos colgajos de concreto pendían desde un armazón descuartizado interponiéndose en el camino. La joven bailarina se arrastraba pegada a las superficies planas de los muros. En algunos lugares tenía que golpear un poco con el talón para que el boquete cediera y diera paso. Eran cámaras divididas por montículos de vísceras y armazones. El mundo estaba al revés, lo que antes había sido un techo ahora era un sótano sin fondo, pisaba sobre las aspas de un ventilador y los conductos de los cables eléctricos. Los pisos eran subterráneos, cementerios sin celebración, fosas selladas con asfixia y oscuridad, cal y concreto, donde pretendían llegar los rescatistas para sacar uno por uno de los cuerpos de quienes vieron su vida apagarse, pequeña flama endeble, una mañana que prometía una rutina común, un desayuno rápido, unas lecciones de matemáticas, un juego de billar, una cita premeditada en una oficina rancia, un saludo habitual, un boleto de estacionamiento, una parada de autobús, la limpieza de la casa, una visita al minucurista.
Los pasadizos, cada vez más oscuros, guardaban un aire condensado. De unas de las paredes salió un olor a gas que se esparció entre las grietas como un asesino silencioso. Ludovina siguió el rumbo por donde venían las voces, caminó con el suave paso de este ciervo que les he relatado. Ella ahora tiene los tobillos empinados y las plantas de los pies en posición para saltar. Allá arriba se escucharon los motores de las máquinas acercándose de nuevo, y las órdenes desesperadas de los rescatistas, a un lado, con cuidado, despacio. La misma voz clamorosa se escuchó de nuevo, Saquen al niño por el amor de Dios
Ludovina buscó a José Luis, debe estar ya a un paso, Dónde estás chamaco, le llamó, pero en lugar del esperado encuentro, al final del pesadizo apareció Cuca, quien en medio del caos y la catástrofe, había perdido la peluca y los gruesos lentes de aros de carey. Su cuerpo era un escuálido bulto con piernas magulladas, su pequeña espalda estaba destrozada, una de las vértebras le salía del pecho como una estaca en medio de una ciénega. Sus ojos, tremendos fuegos negros, eran dos ángeles caídos, sus labios, dos líneas rezando una oración, su calva, un pequeño sol huérfano. Postrada en el silencio y el dolor, Cuca extendió sus dos brazos anhelantes. Ludovina entendió, con ese acto decisivo y vigoroso, que había llegado, como el ciervo agonizante, al final, a la orilla, al karma y dharma.
Las Caterpillar ronronearon, el pequeño ay de José Luis le quemaba a Ludovina la espalda, debía estar por allí cerca, quizás era sólo un muro interponiéndose entre los dos, pero ahora traía ya a Cuca en brazos, quien se sujetaba a su cuello con unas fuerzas desesperadas y le arañaba la piel sin la intención de herirla pero con un ahínco mortal.
Ella se lamentó de estar en una situación de prioridades. Al echarse andar con Cuca en brazos, quién sino ella padecía en este momento la dolorosa situación de abandonar a José Luis ya huérfano, lo dejaba atrás, como si fuera lo más normal dejar a un niño llorando ante la muerte. Es José Luis el muerto a quien el mundo a echado de su casa, y se encuentra pidiendo auxilio sin encontrar una mano bienechora que lo ampare, Saquen a ese niño por su virgencita santa, gritó la mujer de nuevo.
Ludovina lleva a Cuca en brazos, y la carga es suficiente pesada, avanza con dificultad, a veces a gatas o escalando, cuando las moles de concreto han tapado el paso. El aliento de la vieja es un vaho entrecortado y cavernoso. Pero eso es lo de menos. Los jalones con esas manos convertidas en tenazas le ha paralizado el cuello.
Al fondo del pequeño túnel, que Ludovina ha cavado con el filo de unos fierros torcidos, cae la punta de una soga, mientras pequeñas sacudidas mueven unas piedras. Sigue temblando. De pronto se escuchó un desplome, un golpe lento y suave pero tremendo. Los remanentes de unos muros se cayeron y tapó el camino de salida.
El repentino desplome abrió el otro extremo del túnel donde los peldaños de una escalera, parcialmente tapada por escombros, permitían el ascenso.
Cuca le jaló otra vez el cuello y le avisó con el aliento diminuto y entrecortado que ya no podía más. Las máquinas siguieron moviendo escombros y sacudiendo el suelo agujerado y frágil. La soga ha cambiado de posición. Ahora cayó a unos dos metros de ellas. Del otro extremo del túnel llegó un aire diáfano y liviano. Hubo un momento de vacilación. El sudor arrastrando el polvo y la mugre de la frente se le metía a Ludovina en los ojos, pero en ningún momento los cerró. No supo qué camino tomar, tenía la opción de asirse a la soga, o bien tomar el camino del túnel para llegar a la escalera. Era una encrucijada, cara o sol, blanco o negro, cuerda, o escalera. Cuerda o escalera. Cierra los ojos, qué ves, le preguntó una voz, y ella dijo, La mano de Horacito sobre la mesa, los ojos de Benita en la cara de la niña, ella diciendo algo, ordéname, dime qué hacer por favor.

Cuca le jaló de nuevo, y cada pellizco en el cuello era un aviso de que aún estaba viva. Tenían ahora que salir del pequeño hueco y tomar uno de los vericuetos para encontrar la salida. Antes de decidir cuál sería el camino, Ludovina examinó las escasas posibilidades que tenían. Sólo son dos, dijo, hay solo dos. En ese momento, tras su espalda hubo un tremendo golpazo. Un inmenso tabique cayó en línea vertical a la soga, y una portentosa erupción blanquecina apareció después del estruendoso choque de metales y concreto. En un instante fulminante, la soga fue descuartizada por el golpe brutal. El camino que los rescatistas habían tendido, había quedado sellado por el derrumbe. Ludovina, con Cuca en brazos, se refugió en una especie de cueva aleatoria. Sus cuerpos estaban cubiertos de polvo y ahora las dos estaban en una situación de asfixia. Lo que siguió después fue terrible. Se escucharon los sonidos de los últimos escombros cayendo, luego un silencio brutal, aterrador, hubo una espera interminable que terminó en una pequeña voz, un llanto, un clamor, un ay, nada. La voz de José Luis dejó de escucharse.

Los algodones de azúcar bailan con sus capas de espiral mientras hay vientos que se mueven y forman tornados. Horacio, el pequeño, juega mesa sentado a la mesa moviendo haciendo gestos como si tuviera algo en las manos haciéndolo girar. Así lo recordó Ludovina en un momento extraño en los tiempos se le antojaban yuxtapuestos. Examinaba los peldaños conforme subía por la escalera. El trayecto era penoso, cada vez que levantaba una pierna se agarraba de los fierros de la escalera con todas sus fuerzas, mientras que Cuca la apretaba más el cuello con una vehemencia asombrosa. El aliento de Cuca se tornó en un hedor de aguas negras. Exhalaba en la cara de Ludovina el aire que venía de las alcantarillas. Su calva se encajaba en el pecho de la muchacha como una cornamenta de toro, y cada paso era un penoso y lento continuar.
La bailarina levantó los ojos y vio la claridad del cielo. Un soplo de alegría le llenó el corazón porque cada vez estaban más cerca de la grisácea interperie, bajó la vista y se dio cuenta que Cuca ya no veía, había cerrado los ojos, pero estaba segura que escuchaba y podía sentir el ritmo de su corazón acelerado, como el motor de un carro subiendo una cuesta, el amarre de sus músculos cada vez que trepaba un nuevo peldaño, el sudor que le corría por las sienes cubriéndole los ojos con el polvo arrastrado. Aguante un poco más, le dijo, y la vieja levantó la cabeza, la miró con ojos de vaca perdida, estiró el cuello de animal prehistórico, juntó sus labios de conchas antidiluvianas y le dio un beso. Al dar el siguiente paso, el heróico esfuerzo quedó nulo. Las dos mujeres cayeron cuando Ludovina perdió el equilibrio y erró el siguiente escalón. Los dos cuerpos rodaron entre cascarones de concreto, y luego la caída se escuchó fofa, paf, como dos costales de vísceras que se avientan con desgano en una mesa de rastro. Silencio, y después el grito de Ludovina fue tremendo cuando la fuerza de la gravedad la empujó hasta una esquina perniciosa y una pierna quedó prensada entre filos y picos de metal. Cuca emitió un pequeño ay. Otro silencio y luego se escuchó un tremendo grito, como un rugido. Y esa fue su última exhalación.

Los días pasaron entre el ir y venir de la gente, éxodos desesperados, sin orientación precisa. Ludovina finalmente durmió, ya por el cansancio, ya por las fuertes dosis de calmantes. Algo había sucedido en esos días oscuros, hubo un tremendo cataclismo de sacudidas brutales y consecuencias irreversibles. Ahora mismo era el tiempo de despertar, y sabía que al abrir los ojos se encontraría con un sentimiento de destrozo, ella misma era un edificio colapsado, el dolor apenas sofocado de la pierna era pequeño comparado con el que sufría su alma. Una y otra vez se repetía la escena en el túnel, y cómo pudo ella dejar que ese niño muriera, cómo, en qué carajo momento le fallaron las piernas y rodó con Cuca en brazos. Era verdad, la pierna y la rodilla hecha añicos la mantenían en vilo, y aparejado a este dolor, estaba la angustia inusitada, el juego de palabras que ella misma se hacía, las preguntas que rehusaba contestar, por qué no me di cuenta, qué idiota.
En sus noches de insomnio, escuchaba los ruidos de la calle, las voces sin recato le hacían saber que estaba en el departamento de Cindy, Esthela había adquirido el hábito de mirar por la ventana tratando, como Cindy, de adivinar cómo se acabaría el mundo. Se percató también que la Roma y la estatua estaban de pie y que ella, aún si desearlo, tendría que estar viva para culparse cada día de su vida el haber dejado que dos almas murieran y haberse triturado la rodilla inutilmente.
Si no hubiera sido por Cindy y por Esthela, la joven Ludovina hubiera estado en manos de una suerte aterradora, tendida, como uno más, en las filas de los pabellones públicos, pidiendo a gritos un médico, preguntando en coro con las demás voces, dónde está mi pierna que no la siento, dónde José Luis, dónde mi gente, dónde mi casa.
Cindy, quien había guardado un sentimiento apocalíptico basado en la contaminación, abrió una lata de atún y partió el último limón que había en una canastita de mimbre, pensó que soplaba un viento raro y después le dijo a Esthela, Y una que creyó que vivir en México era más seguro que quedarse en los Estados Unidos. Cindy no había parado de ver fuera de la ventana en una actitud de espera, a lo que Esthela sugirió por toda respuesta, Las palomas se morirán por el smog, no por los temblores. Cindy cerró una de las hojas de la ventana, y pensó en usar la mitad del limón para hacer limonada, caminó hacia la cocina, Fíjate por la ventana, te digo, los animales saben cuando se va acabar el mundo y buscan un refugio para esperar el fin, lo hacen por instinto, Nomás veo al David, observó Esthela, No hay más palomas, verdad, preguntó Cindy como buscando una confirmación de lo que ella ya sabía. La cabeza de la estatua está blanca de tanta popo, Sí, ya sé, pero no ves ninguna, te pregunto, No, cariño, ninguna, Entonces esto ya valió.
Mientras lo salvable era salvado y lo reparable reparado, la joven bailarina veía el techo de la habitación y se imaginaba estar observando la tapa de un ataúd, cuánto tiempo duraría así sin sentir la asfixia, o el pánico del claustro, el horror a la oscuridad, o la grosera repulsión a su propia fetidez, el sentir su cuerpo gracioso y hábil convertirse en una plancha de horrendos parches. Sus ojos giraron hacia la ventana, apareció la punta de una rama que colgaba desde un jardincillo de la azotea. Cindy tenía razón, era necesario que existieran las palomas y que la gente tuviera un poco de esperanza. Si los animales sabían por instinto que iban a morir, ella también sabía que todavía no era su tiempo.
En unos días en que la gente abandonaba sus casas y acampaba en las explandas, Cindy se acurrucaba en un cómodo sillón de su sala y tomaba café viendo por la ventana. El sentimiento de fatalismo le había llevado a tener una actitud de rendición ante las circunstancias, además, cómo ir así, rodando por las calles con una enferma a cuestas, es mejor quedarse en casa, si ha de pasar, pues que pase, pensó refiriéndose a que ellas podrían quedar aplastadas bajo el techo del departamento en caso de que otro temblor derrumbara el edificio.
Esa mañana nueva, de aires reciclados, el café era aromático, y había en la atmósfera el matiz cotidiano de un día cualquiera, como si precisamente hoy, el mundo circulara en avisos de ocasión y se hiciera cola para comprar unos boletos para el metro, y no fuera esa realidad impávida y desconcertante, un escondrijo de demonios invisibles con fuerzas mutilantes.
Ludovina tomó de nuevo la carta, se puede inducir que ya la leyó varias veces, debido a lo arrugado del papel y el cariño con el que ella la ha tenido guardada entre sus dedos. La extiende y se da cuenta que podría leerla de memoria.
Querida Ludo:
No sabes lo que te extrañamos todos los del ballet. París es una ciudad impresionante. Hay tiendas y cafés por todas partes, y hasta podemos leer el Excélsior que llega a la tienda México Bonito, mediante una entrega especial. No te asombre mi buena ortografía. Le pedí a Ime que me la corrigiera, ya sabes, con lo buena que es para hablar... y ella también te escribe unas líneas:
Holaaa, Ludo. Te enviamos muchos saludos y esperamos verte pronto, ya que regresemos. El ballet no ha sido lo mismo sin ti, la mera neta.
En la primera noche de teatro se agotaron las entradas, y los boletos se siguieron vendiendo, así que los pasillos estuvieron también reteatascados. Lo más increíble fue al final, cuando el telón cayó y tuvimos que salir varias veces, porque la gente no dejaba de aplaudir. Hubo una señora elegante en los primeros palcos que estuvo llorando durante toda la función. Era desconcertante ver que todos sonreían y ella no dejaba de secarse las lágrimas con un pañuelo que desde lejos se veía como una cáscara de elote. Al final de la presentación, ella se abrió paso entre la gente hasta encontrarnos, el azoro y la ansiedad eran una mezcla inquietante. Dejamos que se acercara y cuando la tuvimos de frente, nos felicitó, como todos, pero además nos dijo que quería hablar en privado, imagínate la intriga, finalmente, en un encuentro en el café nos relató la historia, no lo vas a creer, que su hijo había muerto en la barranca del Cobre en una expedición de alpinismo, que él le había prometido traerle la cornamenta de un venado, insólito regalo, pero que su hijo era así, un verdadero fanático de las cosas, las cumbres y los venados, que todo eso eran su adoración, de tal manera, nos dijo la señora, que la danza de Venado era lo que más le acercaba a su hijo ausente. Ella después se tranquilizó. Parecía haber estado esperando esta oportunidad para soltarlo todo. Al poco rato ya nos abrazaba y nos besaba como si trajéramos la barranca con nosotros y en ella a su hijo muerto, y yo le dije a Píter, órale con la señora ésta, tantito que la dejamos que nos abrace más y se lanza ella sola por los precipicios esos. Y Píter se rió porque sabía que era una de mis ocurrencias, pero la mera neta, te cuento esto para que te des una idea de que esta gente de por acá aprecia lo chichimecas que somos y la madriza que nos hemos metido en los ensayos. Ya ves que no todo ha sido de oquis.
Espero que no sea ésta la última carta que te escribimos, aunque a veces no tenemos tiempo para nada por culpa de este güey de Píter, porque se sigue metiendo en líos, y una siempre tiene que ir a rescatarlo y curarse después de la resaca que ocasionó el rescate, tú sabes a lo que me refiero. La otra vez estábamos saliendo de una de las estaciones del metro de por acá, y entonces, este güey, ya sabes, que empieza a cantar su canción favorita como presumiéndole a la gente que sabe francés. Esa vez me dijo, Mira esa señora se parece a Mami, Y sí que se parecía. Era una largucha, con unos zapatos de tacón, afilados como un clavo, y de su brazo colgaba una bolsa donde podían caber todos sus pecados. Y este santísimo tarugo, estuvo luciéndose con la señora estirada esa, cantándole muy cerca en el oído su canción favorita, que ya sabes cuál es, y zúmbale que la señora se voltea y le da un santo güamazo, que técnicamente se hubiera llamado gancho de bolsa a la quijada de güey, y como si fuera poco, la madame Págamelas, así le bautizamos, le llama a gritos al guardia que está al final del pasillo, y él viene hacia nosotros vociferando en francés no sé que cosa, agarrado hasta las changlas de su walkie talkie y llevándose una mano a la funda de la pistola. Imagínate nomás. Fue tanto el lío que se armó, que si hubiéramos tenido el cañón del Cobre frente a nosotros, por allí nos hubiéramos lanzado. El guardia nos decía no sé qué, y el zonzo de Píter intentaba explicarlo todo, pero lo único que sabía decir en francés era la letra de la canción, Voulez-vous coucher avec moi ce soir.
Ji, ji, esta es la letra de Píter, que se ríe, el muy bestia, ya sabes.
Ay, Cómo te extrañamos, Ludo, le escribe Píter. El equipo de maleantes no está entero sin ti. Rubén no halla cómo llenar el hueco que hay en el ballet y siempre dice, Uno menos no hace mella, pero esta vez se trata de ti, y no es lo mismo. Estamos presentando coreografías nuevas como parte de su programa, pero bien sabemos que son tuyas. El beso siempre le ha gustado a la gente, pero en esta ciudad nos ha hecho, cómo te diré pues, famosos. Al público le gusta ese número más que ningún otro, y bien sabemos que te lo debemos a ti, pues, a mí, por ejemplo, no se me quita de la mente la vez que lo presentamos por primera vez, cuando en lugar del beso simulado que siempre nos damos al momento de la despedida, me diste ese besote tan grandote que hasta se me doblaron las rodillas y se me fue el estómago a los pies sin poder evitarlo, y el miedo que tuve de repente porque no sabía qué hacer, pero en ese instante tú me dijiste sin que se te movieran los labios, síguele y entonces entendí que era una fechoría tuya, pero independientemente de eso, creo que a todo mundo nos gustó, especialmente a Rubén, porque salió todo tan natural, y a mí, en un rinconcito de mi coranzoncito, ese beso, tan lindo, me llenó de cosas tiernas, nunca te lo dije, verdad.
Ay mi Ludo, acuérdate que tus amigos del ballet se acuerdan de ti, ponte bien.

Imelda y Píter.

PD. No te asombre si recibes esta carta ya abierta. Mami siempre hurga en mi correspondencia. Vamos a enviarla a mi dirección, porque no sabemos la tuya ahorita, y encargarle a Mami que te busque y te la entregue, si te parece.

Ludovina finge dormir en su habitación porque ahora se sabe en un mundo aparte. Ella misma ha querido permanecer en una isla mental, trata de ordenar los sucesos cuando el dolor de la pierna se lo permite, porque hay momentos en que su cuerpo se convulsiona y, entre el sudor y las lágrimas, todo se moja, entonces Cindy y Esthela tienen que venir porque los gritos son terribles, y la abrazan con fuerza, ya que ella está pidiendo otra inyección, les dije que me la pongan, qué no me oyeron, no aguanto más, me quiero morir, por favor.
Después de esos minutos de crisis, la calma regresa, Ludovina duerme de nuevo y las dos amigas regresan a la salita, Esa herida parece que nunca sanará, dice Cindy preocupada, Ten un poco de paciencia le dice la otra, Debe dolerle mucho, pobre, La lástima es señal de desprecio, Sabes muy bien que no es esa lástima a la que me refiero, corrigió Esthela, bien podría decir, las pobres palomas tuvieron miedo y volaron, o decir, las palomas saconas se acobardaron, cuál te gusta más, Creo que las palomas están en su sano juicio, No estamos acobardadas, más bien estamos horrorizadas, Súbele a la tele, cariño, No hay canales, también el estudio de las noticias se cayó, Entonces, vamos a prender el radio, a ver si no se han caído las antenas también. Ven y echa un vistazo por la ventana, parece que regresaron las palomas, míralas, Qué regresaron las palomas, preguntó Cindy sorprendida, Sí, y están haciendo popo sobre la cabeza del David, como siempre, Oh, my God. Una chispa de esperanza alumbró la escena ese momento y Esthela, sin apartar la vista del parquecito, le preguntó a una entidad invisible, tal como si le preguntara a una fuente divina de milagros, Será que Ludo pueda volver a caminar.

El tiempo, como el amor, es esa cosa inasible que pasa por nuestras vidas, viento chapucero que mueve velas, transformaciones de sucesos, milagros en estado latente, quizás, si bien nos va, nos da, a cambio de la lozanía perdida, un poco de sabiduría. Si es verdad que tanto el tiempo como el amor son dos conceptos abstractos, todavía más, el amor es un acertijo indescifrable, un código ilegible, borroso con los días y las esperas. Cuando el tapón de la botella del hastío se ha abierto, es volátil como el alcohol. En todo esto meditaba Ludovina, a quien los años se le estaban juntando en la calma bucólica de un paraje citadino, sentada en una banca, observando las plácidas e interminables corrientes. Qué lejos estaba de su México querido. En un recodo, el agua del canal se arremolinaba y después seguía su cauce, será que las personas necesitamos una esquina para descansar y volver hacia nosotras mismas para después continuar, como el agua, persiguiendo un destino, porque aunque cambien de dirección, los ríos siempre desembocan en el mar, de allí sale el vapor, las nubes, las lluvias y luego otra vez los ríos navegando por un cauce hacia un destino cíclico.
El puente y la banca sobre la ribera, el sol al final de esa cola de agua que se diluye, las ramas secas tronando bajo las patas de los pájaros, la brisa que se condensa arropando una tarde de aguas, gracias Dios, por estar viva, fue su oración.

Desde el ángulo de la tercera persona, y con los años, ella ha observado las piezas de su vida, intentando que en el próximo movimiento no vaya suceder otro caos de magnitudes como las que conocemos, aunque no ha podido evitar los pequeños infortunios diarios. Fue inevitable tropezarse con Flavien Ducrey y echarle la leche encima. Quizás el resplandor de la calle y la oscuridad del pasillo la enceguecieron por un momento, a lo mejor fue el bochorno que le causa caminar con tres piernas y no ser todavía diestra maniobrando el bastón. Cuando los dos tropezaron, el mismo empujón destapó la botella de leche y el chorro bañó al hombre. El suéter café y los pantalones de corte ejecutivo quedaron hechos un asco, pero él conservó la calma. Antes de que ella se disculpara él ya decía, No se preocupe, no importa.
Flavien se sacudió los pliegues de los pantalones con un rápido movimiento de manos y no se preocupó por la leche que le había caído en el pecho y que ahora sentía que se le pegaba a la piel. Si necesita usted ayuda, le ofreció. Ya casi llego, le dijo ella, con la vista puesta en las latas y los paquetes que acomodaba de nuevo dentro de la bolsa. Estaba segura que lo había bañado y no se atrevió a inspeccionar las dimensiones del daño. Escuchó una voz quedita, Hasta luego, y después los pasos alejándose. Ella permaneció un rato recuperándose, miró las puertas bien alineadas en esa pared de departamentos, la cerradura en forma de moño, palpó dentro de la bolsa de la gabardina para cerciorarse que traía la llave, Flavien subía por la escalera de maderas crujientes, la llave en la palma de su mano tenía un diseño antiguo, recordó el ropero de su madre y el jabón de vetas azules.
El sol por el ventanal se dispersa a cuentagotas, los grisáceos muros alcanzan una altura que es difícil calcular desde la cocina, donde ella recoge con el mango del bastón las cosas que se le caen al piso. Afuera la llovizna es interminable, se siente bien estando bajo un techo, aunque en realidad sea éste un departamento de dos piezas y un pequeño balcón en cuya esquina descansan las ramas vigorosas de una mosapa que se estira para alcanzar los enclenques rayos filtrados por los muros de ladrillo rojo y las azoteas adornadas con unas cresterías de toques neoclásicos.
Bonne journée, le dijo ella al otro día, con el deseo de que él no se acordara del incidente. Sin embargo, fue lo primero que recordaron los dos cuando se vieron. Ella se percató, de un vistazo, que el suéter y los pantalones conservaban las manchas de los cuajos, que eran las mismas ropas de ayer, y que para este hombre de pelos ralos y abrillantados, el usar la misma ropa del día anterior le tenía sin cuidado.

Lo esperó en el pasillo fumándose un Chesterfield, reconoció la sonrisa, nada había cambiado, ni siquiera el ademán de niño de escuela. Ella apagó el cigarro en la gran charola apostada junto a la pared y se sujetó del bastón, Esto es para usted, le dijo, extendiendo uno de los brazos para darle la bolsa, mientras con la otra hacía equilibrio con el bastón. De seguro que los colores se le verán bien, le dijo ella.
Flavien Ducrey estupefacto, recibió la entrega. Es un regalo, mencionó ella sintiéndose feliz de poder resarcir los daños, pero Flavien era demasiado orgulloso y no quiso aceptarlo, El día que pueda, yo mismo me compraré ropa nueva. Fue una afirmación con matices militares a la que ella no tuvo réplica. La pequeña alegría que le había salido del pecho como una fuente de aguas traviesas, se apagó. Flavien también creyó que estaba en una situación difícil, porque su temperamento no le permitía aceptar que nadie se ocupara de abastecerle el clóset, además, hombre solo, no estaba acostumbrado a estas consideraciones, ni a las repentinas muestras de generosidad, pero tampoco le agradó ver el velo de tristeza que cubrió de pronto los ojos de su vecina. La dejó allí, sin habla, y caminó deprisa al fondo del pasillo. Ludovina escuchó que la puerta se abría y se cerraba con una rapidez relampagueante. El hombre huía, lo sabía porque en esas cuestiones ella estaba bien versada.
Ludovina se hubiera atravido a ponerse esa ropa si hubiera cabido en ella, le encantaba estar en la seguridad de los pantalones, pero él era algunas tallas más delgado que ella. No sabiendo qué hacer con lo que había comprado, la dobló y la puso, insistente esta mujer, al lado de la puerta de Flavien y al hacerlo, no pudo evitar el temor de sacar al hombre sus casillas, provocar otra pequeña catástrofe, sin embargo, así como vino, el miedo se fue, sabía que él estaba necesitando ropa y que en la discreción del silencio y la soledad él abriría la puerta y sacaría el brazo para agarrar la bolsa.

Nadie más en el edificio colgaba la ropa en en los balcones. Ella amarró un cordel de lado a lado a través del diminuto jardín. Es un día de sol en pleno centro del vecindario y hay una exhibición multicolor de banderas privadas. Al fondo está Flavien quien no puede evitar el asombro. Los brasieres y los calzones brillan bajo la luz radiante y ondean con el ligero aire que se cuela por las azoteas. Él abrió el ventanal y se sentó tranquilamente con una taza de té y el periódico en las manos, en cuanto ella apareciera, él haría como si estuviera leyendo, por eso cuando se sentó puso el periódico sobre las piernas y lo abrió con lentitud mientras observaba la ventana del primer piso. Era un día hermoso, se percataba que ella le había enseñado el placer de saludar a los vecinos de junto, y que eso a él le había venido bien, porque sus días eran una hoja gris donde todo estaba escrito, y la mexicana, como le llamaban en el edificio, ponía en ésta unos garabatos con tintas de colores que a él le encantaban. De la esquina de la ventana salían un par de ramas de tallo grueso, y detrás de éstas vio la cabeza enmolotada pasando bajo las orillas de las ropas, suavemente, como la frente de un toro bajo el capote. Él se cubrió la cara con el periódico, fue un acto rapidísmo y torpe que hizo que la taza se cayera al suelo y se quebrara. Hubo un estallido de cerámicas rotas. Ella entonces lo saludó en español, buenos días. Las dos varas gruesas de la mosapa la flanqueban, la boca grande, los ojos contentos, una mano en el aire y otra tras de sí, mientras la hilera de ropa íntima se secaba sol.
Desde hacía una semana ella estaba un poco fastidiada por el clima. La lluvia no tenía fin y los días no dejaban de ser grises. Había momentos en que el sol le había parecido un falo caído, incapaz de reanimar siquiera las plantas de sombra, por eso ella creyó que esa mañana la mosapa estaba feliz, sus hojas tenían un brillo clorofílico, casi cristalino y, apostada en su gran maceta, bailaba al ritmo de los segundos que marcaban el correr del día. Del cesto del baño, Ludovina sacó toda la ropa que no tuvo oportunidad de llevar a lavar, mujer de costumbres hacendosas, se la había pasado todo el tiempo dentro, no es tan fácil sortear los filos de las banquetas resbalosas y los aguaceros fríos. No para ella, quien camina tres veces más lento que los demás. Desde el miércoles había estado esperando una tregua, y hoy sábado la tenía quienes creen que el sol es una fuente de alegría, supuesto confirmado por el hecho de que todo se veía diferente, incluso el vecino del tercer piso que ahora está, tranquilo, sentado junto a la ventana, observando los cristales de enfrente y el pequeño parque de la avenida, donde solamente hay un zacate trasquilado y un perro que ha venido a cagar después de olfatear otras cacas.
Ese día, el asunto de los perros no le molestó tanto, como el martes pasado, cuando tuvo la idea que si alguien se quejaba de sus trapos tendidos, ella les echaría en cara la cagadera de los perros en plena entrada del edificio, Pero tales pensamientos, que la habían asaltado como imprevistos ladrones, se desvanecieron cuando vio la masopa ladear sus hojas en dirección al sol y sonreír por la boca nervosa de sus intersticios. Se agachó para pasar entre la ropa tendida y al escuchar algo rompiéndose abajo, levantó la vista y se topó con Flavien, quien parecía un topo sorprendido saliendo de su madriguera.

En el pasillo, las luces estaban programadas para encenderse tan pronto como la oscuridad lo ensombreciera. Había un pequeño cesto para la basura y un cenicero que solía ser una maceta con una planta, hasta que la falta de sol y los cigarros aún prendidos que le caían encima acabó por matar a la planta y la misma fuerza de los acontecimientos la convertieron en un gran cenicero. Ludovina estuvo imaginando cómo habría sido aquel tallo que estuvo allí, y se molestó con ella misma al pensar que al fumar en el pasillo ella misma había contribuido para matarla, buscó por eso una esquina y aplastó el Chesterfield dejando la colilla en el piso. Eran las seis, en cuanto lo viera entrar, caminaría por el pasillo, como si también estuviera llegando, pero se cansó y no pudo evitar sentarse en el sillón, junto al cenicero. Cuando lo vio venir, parecía un niño saliendo de su casa, estaba recién peinado y los botones de su suéter le cerraban el pecho hasta arriba con un rigor escolar. Quiso levantarse, pero el asiento demasiado blando la tenía sumida y por más que maniobró con el bastón, volvió a caer sentada, después de un respiro agarró un impulso nuevo y volvió a levantarse, él vio que ella se tambaleaba y se apresuró a tenderle el brazo. Flavien conservaba la ropa vieja todavía, pero se veía impecable, Qué hace usted aquí en lo oscuro del pasillo, le preguntó, y ella, apoyándose con ganas en el brazo del hombre niveló su bastón y dijo, no quería que pasara esta noche sin conversar un poco. Cuando lo vio de cerca, le notó un rictus de cansancio. Muchas veces lo había observado. Arrastraba los pies con un aire de derrota, y las maderas caracoleadas gemían a cada paso. Pero esta vez, al tenerla sostenida por el brazo, él se tensó bien y caminó erecto, de tal manera que los botones se veían grandes sobre el pecho, y los pies pisaban con un estilo de gente de modas y casinos. En algún momento él le dijo en un tono de caballero medieval, No se le antoja tomarse un té de hierbas. Esa invitación puso fin a los encuentros premeditados porque después estuvieron tomando todo tipo de tés y fumando cuanta yerba les llegaba de mano en mano. Por el ascensor, dijo él.
Así se hacen los niños, comentó Imelda cuando supo que tendría que subir por las interminables escaleras a buscar a Ludovina en el departamento de F si quería encontrarla después de las seis.

Además de Imelda y Píter, Flavien había sido una mano tendida. Lo había estado conociendo poco a poco porque él no era el tipo de expresiones sueltas, hasta ahora no se había atrevido a contarle cuál era ese empleo que lo hacía salir tan de mañana y regresar ya entrada la noche. Cuándo ella le preguntaba, Dónde trabajas, el hombre se mantenía callado y cambiaba el rumbo de la conversación, y eso fue para ella suficiente motivo para acrecentar su curiosidad, el no saberlo le hacía suponer miles de probabilidades, entre ellas, consideró que bien podría ser un empleado de una compañía de mensajería, donde se tenía que registrar cada paquete doblando turnos, o también, se dijo, podría ser un burócrata que trabaja en un oficina donde la gente rehusa a jubilarse y trabaja más por costumbre que por necesidad. Qué falta de tacto sería el estar insistiendo sobre la misma cosa, se criticó, por supuesto que no le preguntaría más, la gente a veces se guarda cosas y no hay que saberlo todo. Sin embargo, él estuvo muy platicador, precisamente después de haber pasado todo un día fuera, y haber sentido las soledades intrínsecas que provocan las lluvias maratónicas. Había llovido mucho gran parte del día, y estaba deseoso de llegar a su casa, prender algún fuego, aunque fuese la flama pequeñísima de un encendedor moribundo, fumarse un churro y quedarse acostado sobre el sofá con las piernas abiertas mirando los detalles del techo. Pero sabía que ella estaría esperándolo en la planta baja, quizás con la yerba enmarañada entre sus tallos y semillas en una bolsa de plástico. Esa noche, entre el humo y el chocolate caliente, Flavien comentó uno de sus más ardientes pesares, habló de su esposa, una mujer que lo mantenía en vilo, mortificado por que llegase el día en que le permitiera estar con sus hijos y le exigía hasta el último Euro que ganaba, Ya no basta con que tus hijos vistan mal, ahora los quieres matar de hambre, no me sorprende, siempre has sido un bueno para nada, se había quejado su mujer.
En ese momento la argelina del segundo piso gritó, Paris je t'encule. Hubo un momento de silencio y después la yerba emanó humo. Hay mucha gente que se queja de la rutina, dijo Flavien, Yo la adoro, no sabes, si no fuera por ella, estaría haciéndole hoyos a las paredes, y no es que me queje contigo, no me lo tomes a mal, sabes, pero veo a muchos padres a quienes sus hijos visitan, y estos dos muchachos son como si nunca los hubiera yo engendrado. La mosapa dormía ya con sus pétalos cerrados y el tallo encorvado. No sabes cuántas veces he estado tocando en una puerta que no se abre, y cuando sucede que estoy adentro, los hijos me miran como el verdugo que trae el hacha, y yo me pregunto de dónde viene ese odio, porque las cosas pueden ya no funcionar en un matrimonio, pero lo hijos, sabes, los hijos son una cosa aparte, y éstos dos no se pueden escapar de sentir lo mismo que siente la madre, Has caído en la revancha de los tiempos modernos, amigo, dijo ella, mejor vamos a tomarnos un vinito y verás mejor las cosas desde otro palco, acuérdate de lo que te digo.

Había encontrado las mañas para subir y bajar por las estrechas e incómodas portezuelas de los autobuses y caminar a través de los parques en marchas imparables, sin embargo, el cuerpo abultado de una vida sedentaria terminaba por encallar en algún sitio. Caminar por la Belleville era cotidiano, unirse a la masa ambulante por el camellón de la avenida y por Montsouris, donde las esculturas asentadas en pérgolas de agua nauseabunda representan la belleza y esplendor y al mismo tiempo la fetidez y decadencia del ser humano. Le gustaba mezclarse con la capirotada de razas, las mujeres con sus velos hindués, hombres con turbantes en la cabeza, pieles de carbón, caras lánguidas en espera de nada, ojos intensos como queriendo buscar la luz en la oscuridad de sus vidas. Aquí, su amiga, Rocío Delmote había filmado un video que ella consideró godaneano porque mostraba en la cinta lo que acontecía alrededor del personaje central. Entre tanta diferencia de nacionalidades, clases y razas, a Rocío le había asombrado que el mismo cielo con sus astros y bisutería cósmica estuviera allá arriba, prodigándose para todos.
Una parada estratégica es Le Traficant, un café donde por lo general Ludovina llega a leer el periódico y a descansar. Ronald se ve de mal humor. Avienta los cubiertos al lavaplatos. Tras la barra, el ruido es estruendoso. El barman levanta la vista, sus ojos azules se esfuerzan tras el cansancio y finalmente sonríen.
Silvy, la mesera de Le Traficant es desenvuelta con los clientes, chaparra, de piernas gruesas. Por lo general mira a Ludovina con una expresión antagónica de gusto y repulsión. Sus pechos de nodriza son dos péndulos palpitantes bajo la blusa blanca del uniforme que Lavien ha llamado generoso, y ella lo ha calificado de hospitalario, Por qué, preguntó él, Parece que dice, mi casa es su casa, le respondió ella, Las mujeres son peores que los hombres, dijo él, vamos que te llevo al Quartier chinois, Todavía no, Y eso que todavía no llegamos a la feria, donde los churros, Churros con chocolate, puro churro, la película es un churro, churro y burro, dale un toque al churro. Silvy se acercó a la mesa con una sonrisa tan grande como la cuenca del Pacífico y se inclinó en busca del cenicero rebosante con colillas, se tocó levemente los pechos y dijo mirando a Ludovina, Me gusta tanto cuando usted habla español.
Ronald tras la máquina de hacer café, ha puesto las bocinas de su estéreo sobre la barra, y la Sosa, suena encantadora haciendo que todo mundo adore la pampa, los arados y la bruma latinoamericana. Ronald conoce la canción que le gusta a Ludovina y adelanta el cidi con una sonrisa diabólica porque sabe que la mujer del bastón pronto empezará a mirar todo con los ojos vidriosos, desamparados, y él también querrá estar en ese lugar maravilloso que la hace llorar de esa manera. La voz de Mercedes Sosa se oye portentosa, sin embargo, se dulcifica y cae deslizándose en corrientes diáfanas que lleva a la barcaza de maderas podridas hacia un horizonte interminable, donde la vida es infinita y la gente vive sólo para dar gracias, por eso, como los ángeles, ella canta, y Ludovina se engancha con la Sosa para hacer ese viaje, va agarrada del brazo de la argentina y no piensa soltarlo hasta llegar a la línea azul del horizonte que ella ve tras los ventanales amplios del café.
Flavien hizo un gesto de resignación y se arrellanó en el asiento. Afuera los autobuses hacían su parada de rigor y los arropados peatones paraban el tráfico para cruzar las húmedas calles. Flavien encendió otro Chesterfield mientras Ludovina se perdía nostálgica en las letras de la canción Gracias a la Vida viendo hacia afuera a través de los cristales con logotipos y las letras en molde.
Eran las siete cuando salieron del café, Ronald dijo adiós haciendo un gesto con la servilleta blanca de la limpieza. Ludovina localizó a Silvy con la mirada y le dijo, No falles a los ensayos.

El despertador sonó a las cinco de la mañana. Tras la ventana, del cielo grisáceo bajaba una neblina densa. Se escuchó un cerrojo. Cuando abrió la puerta, lo vio de espaldas y le pareció más erguido. Fue un vistazo rápido porque tan pronto se cercioró que era él, cerró la puerta y esperó que se alejara un poco. Cuando lo siguió se censuraba por estar siguiéndolo, apenas se puede creer, Ludovina, una mujer como tú, a tu edad, debería darte vergüenza, pero que idiotez. Sin embargo, ella lo seguía en la calle y no le apartaba la mirada por temor a perderlo. Tenía que utilizar todas sus habilidades con el bastón y mantener la velocidad que le imponía el paso de Flavien. En la parada, de la calle Parmentier la gente estaba lista para tomar el siguiente autobús, ella levantó la mano cuando vio que un taxi se orillaba.
Flavien se había peinado la escasa melena con un gel que se la abrillantaba. Él subió y se sentó junto a la ventana. El autobús se detuvo y él bajó en una esquina custodiada por edificios y plantas de ensamblaje. El taxi paró a poco más de una cuadra, donde dos señoras salían de una panadería en la calle Chemin vert. Una de ellas llevaba un puddle en brazos y la otra un sombrero azul en la cabeza. Se veían entretenidas, apenas dándose tiempo para contestar una a la otra. Las dos guardaron silencio cuando la miraron bajar del taxi, pero ella, acostumbrada a llamar la atención, continuó por la acera a una buena distancia, vio que él doblaba por una esquina estrecha asediada por botes de basura y periódicos viejos, y que luego se metió al local de los ventanales dorados. Junto al establecimiento, una gran cortina metálica ascendió movida por un mecanismo automático y de su interior salió en una limosina gris, rotulada con el nombre de la funeraria. Al volante, el chofer bostezó con indiferencia antes de virar y tomar el rumbo hacia las avenidas. Su lustrosa cabeza y su suéter de claustro combinaban perfectamente con el rigor mortuorio del vehículo.

Les Rostres era un teatro que había envejecido con los años. El mantenimiento del edificio había sido escaso, y algunos de las paredes exteriores tenían un aspecto deprimente. Sin embargo, esa temporada de danza tuvo un nuevo respiro. Con el dinero de las entradas el administrador resanó las paredes y modernizó los asientos. Imelda y Píter, como maestros, Ludovina como coreógrafa, habían organizado un buen ballet con bailarines franceses.
Las últimas coreografías fueron las más costosas, pues tuvieron que renovar más de sesenta vestuarios. Además, en uno de los bailables estaba contemplado utilizar unas hojas de banano. Hicieron un encargo especial en una tienda de importaciones, y allí, el gerente, un tipo exigente, no vaciló cuando pidió el pago dos meses antes de entregar el pedido. Cuando las hojas de banano llegaron, había letreros en todas partes que prohibían tocarlas antes de la presentación.
Los técnicos de luz y sonido pasaron días cuidando los detalles de montaje, así que las puertas de servicio permanecieron abiertas con un ir y venir de gente en acción.
En el primer día de presentaciones el público estuvo feliz, era conmovedor ver la impaciencia que reinaba antes de que subiera el telón, y cuando se prendieron las luces hubo un silencio glacial, de expectación, una fracción de segundo en que todo pendió de un fino hilo, como el momento en que una gota está a punto de desprenderse del resto, como la yema de unos dedos posándose sobre los labios. Hubo un carraspeo de garganta, todo en un instante, y después la música empezó a sonar.
Desde su butaca, Nathalie Coquille sonrió y se secó discretamente las mejillas con un pañuelo, estaba enternecida por las luces, los trajes de los bailarines, los cuerpos graciosos, el recuerdo imborrable de un hijo perdido entre cortezas terrestres de las barrancas de Chihuahua. Desde la vez que les había contado lo del Cañón del Cobre, se había convertido en una amiga del grupo. A menudo invitó a Píter y a Imelda a comer a su casa, y con el pasar de los años, la amistad se fue acrecentando. Imelda se casó con uno de sus sobrinos. El matrimonio pudo sobrellevar las dificultades de las parejas de diferentes culturas, y conforme fueron naciendo los hijos, tuvieron que hacerse a la idea de una educación bilingüe. Nathalie se había convertido en tía abuela en menos de dos años. Los niños, inquietos e irreverentes, el teatro les causaba tal fascinación y respeto que los mantenía atentos y bien comportados durante las funciones.
Tras los cortinajes Nathalie vio que las manos de Píter e Imelda se elevaban para enviarle un beso a ella y a la prole de junto.
En uno de los extremos, estaba Flavien, quien estuvo peinando el teatro con la mirada hasta que finalmente la encontró. Ludovina, no quiso estar sentada y permaneció de pie apoyándose en la cabeza del bastón. Levantó la mirada hacia el público, pero solamente veía la masa negra de siempre. Flavien sin duda estaba nervioso y se ladeaba haciendo que las dos mujeres de atrás se quejaran, nos tapa la vista, atrevido. De pronto él se levantó y las señoras gritaron con la intención de ser escuchadas por el público, Saquen a este loco. De pie, con el pecho henchido, él le hizo señas a Ludovina, quien en ese momento giró el cuello hacia donde venían los gritos, pero sólo vio la masa negra y algunas butacas vacías. En uno de los extremos se fijó que había unos brazos que resaltaban en la oscuridad. El loco que estaba haciendo gritar al público era Flavien, quien parado quería decirle a la coreógrafa que llevaba puesto el pantalón y el suéter que le había comprado.

La Ciudad de México, embrión inquieto, se había recuperado después de años de convalescencia. Era un gigante con diarrea y la última evacuación había sido desastrosa. Cómo poder vivir en la panza de semejante monstruo si es que una no lo ama hasta la médula, se preguntó Cindy, y es que en el fondo, todos padecemos del mismo masoquismo y nos gusta caminar sobre el filo de la muerte y tener ese gozo fatuo al saber que nos hemos salvado. Abrió la ventana y se sentó al lado para que le cayera el sol en la cara. Desde la habitación Esthela dijo, Ya todo mundo se va a Francia, no crees, antes eran los escritores, ahora son los bailarines. Cuando pienso en Francia me imagino una mujer aristócrata, a quien la vejez le ha robado el garbo y lo único que le queda son sus modas y su reputación, dijo Cindy.
Esthela Buscaba bajo las almohadas el libro que Ludovina había olvidado, y cuando no lo encontró dijo desesperada, En la madre, ya lo perdí, Sabes que Ludo nunca lo leyó, comentó Cindy, a ella Simone de Bouvoir le importó un santísimo bledo, Quizás no la entendió, Ni siquiera quiso entenderla, digo, a eso me refiero, nunca leyó el libro, ni comentó sobre los ensayos que leímos en la Luna Azul, para ella no existía otra cosa más que Rebeca y párale de contar, sin teorías ni razones, Recuerdas, preguntó Esthela, cuando se levantó a medianoche y se puso a gritar que había ratas muertas en la cocina, estaba furiosa hasta las glándulas porque le dijimos que no olíamos nada, después era un caminar por toda la sala cambiando los muebles de lugar y tirando las revistas al basurero, era horrible, la neta, y esa vez, cuando habló, como poseída, de una tal Lady, que había nacido en 1959, que se había picado los brazos, y se tomó todo el aguardiente que pudo para morirse, y que su amigo, Cárdenas al convencerse de que ya no la vería, no paraba de hablar de ella en los bares hasta que los mismos camaradas se enfadaron y lo mandaron a la goma, te acuerdas, Bueno qué nos pasa, digo, estamos hablando de Ludo en pasado, como si hubiera muerto, recapacitó Cindy, A lo mejor, dijo Esthela, ella misma creía ser Lady, Será, Creo que yo también me moriría si recibiera una noticia, como la que le enviamos, a veces, ni mirando por la ventana se consuela una, mencionó Cindy determinante, luego se levantó y caminó a la cocina. No te pongas fúnebre, por favor, le pidió Esthela tratando de sacudirse una sombra oscura de la cabeza, por eso nosotras solamente cumplimos, fue claro, Por favor, díganle que venga y se encargue de todo, y eso fue lo que hicimos.
Se ha pasado la mañana y sin tomar café, observó Cindy de regreso a la salita, aquí tienes el libro, le dijo a Esthela con el brazo extendido, Gracias, cariño, no te sientes la villana del siglo, le preguntó, Yeah, Yo también, neta.
A unos pasos del teatro, está la veredita que baja al río. El viento sopla ahora en dirección contraria y las mejillas son dos planchas heladas. Ludovina trae puesto un suéter encima de otro, y una gabardina azul obscuro que se compró en la sección de baratas de Tati. Fuera de México se encontró con que todo costaba tres veces más, pero que de alguna manera, el arte le abría los caminos. Sin embargo los vientos glaciales la hacían extrañar el terruño cálido, las hojas bananeras y las pendientes que bajan desde las montañas hasta la costa. Nunca me acostumbraré a este clima, fregado, se dijo. No obstante, hay algo, aparte de la ventisca que le hace temblar de una manera incesante, por eso ha metido las manos a las bolsas de la gabardina, y las mantiene apretadas. Las mandíbulas le tiemblan, incontrolables, y suenan como castañuelas, los labios son dos pétalos descoloridos y trémulos. Esta tarde se sentía mal, era un malestar nuevo con ráfagas de espanto. Sus manos sujetaban la cabeza del bastón para no caerse en la cuesta. Sobre la banca, un periódico se quejaba levantando, con golpes de viento, sus esquinas arrugadas.
Era la misma banca y el mismo parque donde había estado contemplando el correr del agua con un azoro infantil, había ocasiones en que se formaban pequeños remolinos en los cuencos, y otras en las que el agua corría plácida como un sueño interminable de fantasías infinitas.
Le reconfortaba ver el escenario bucólico del Canal Saint Martin, tan diferente al salvajismo de Buenavista, con sus juncos, sus piedras veteadas y las abundantes cabelleras verdes ladeándose por las márgenes hasta tocar con sus puntas el agua. Sus labios fueron serenándose poco a poco, el frío fue cediendo después de la carrera cuesta abajo y ahora estaba sudando levemente pensando que tanta tela encima había sido una exageración. Recordaba el último viaje a México, un déjà vu estampado en la mente como un timbre postal. Durante el viaje, ella había sido una madeja de nervios. Estaba consciente de su aspecto. No era una mujer fea, pero había perdido la gracia de la juventud. La falta de ejercicio la había hecho engordar y tenía una panza que trataba de esconder bajo blusas holgadas. Escoger la ropa apropiada para ese viaje había sido una tarea de días, y había tenido que consultar a Píter repetidas veces, y él para aliviarle el agobio le dijo, Nunca te habías visto mejor, Ludo, no te azotes ahora.
También había ido a ver al dentista para quitarse esa mancha negruzca de cigarro sobre los dientes, y durante días se lavó la boca con antisépticos tan explosivos como una bomba atómica. El espejo no mentía, se veía más vieja que nunca. El pelo era un amasijo incontrolable de donde estaban surgiendo las primeras canas como espigas plateadas. Pero sobre todo, lo que más le afligía era ese andar lastimero de cuerpo ladeado, sostenido apenas por el bastón. Ludovina Suárez, se dijo, este cuerpo es tu nuevo desastre.
Pero al momento del encuentro fue como entrar en una tercera dimensión, donde la realidad se vuelve nebulosas y sólo existen dos astros que después de haber dado cinco mil vueltas alrededor de la tierra finalmente se encuentran, Piensas venirte ya, le preguntó Rebeca, y Ludovina simplemente dijo que no. Rebeca se quedó viendo un punto invisible en el aire con una expresión retraída. Había sabido de la suerte de Ludovina por otras bocas, pero nunca se imaginó que esa mujer robusta y coja fuera la espigada niña con quien había crecido. La sorpresa la dejó enmudecida y prefirió desviar la mirada para no asustarse más. Pero también en ella, el tiempo había estado haciendo de las suyas. Sus ojos habían perdido el verde vítreo, sus manos eran unos hilos viejos cuyos dorsos estaban manchados con lunares de vejez, su pelo tenía el brillo artificial de los tintes de Henna, y su espalda, ligeramente encorvada, la hacía disminuirse y parecer una figurilla de cera. Rescató la mirada y dijo, No lo has conocido, y luego, con un grito de mamá mandona, le llamó, Juan, hijo, ven.
El muchachito salió de su habitación arrastrando los pies con gesto de aburrimiento, y no se atrevió a levantar la mirada hasta que escuchó el mandato de su madre, Saluda a tu tía Mocha.
Ludovina, sentada en un sillón de la sala, le extendió la mano, y sorpresivamente, el niño se acercó y le dio un beso en la mejilla. En ese instante las dos mujeres intercambiaron una mirada de fuego, como si las dos trataran de exhumar un recuerdo que yacía inerme bajo el peso de los escombros del pasado.
Juan se sentó en el sillón frente a Ludovina. No habló. Sus ojos estuvieron fijos en el bastón que descansaba rígido junto a Ludovina. Su persistente mirada era un cuestionario con signos de interrogación mayúscula. Nunca, en su chavala vida, había visto una vieja tan prematura. Ludovina captó la mirada curiosa del niño y estaba dispuesta a contestar cualquier pregunta, en la manera simple que entienden los niños. También, en una plática más íntima le hubiera contado a Rebeca, por boca propia, como habían sucedido las cosas, si tan sólo hubiera habido alguna pregunta, por pequeña que hubiera sido, ella les hubiera contado acerca de Cuca, la portera arisca que le había dado un beso antes de morir, que su rodilla fracturada no le dolió tanto como el haber dejado un niño abandonado a merced de los derrumbes, que se tuvo que ir de México porque después de todo Laudini tenía las soluciones de emergencia. Pero Juanito no preguntó nada, tampoco Rebeca lo hizo. Había silencios interminables en los que los tres parecían llegar a un cruce de calles y después de toparse, no sabían qué dirección tomar. Ludovina sentada en el sillón, extendió las piernas, se recargó en el respaldo del sofá y cerró los ojos.
Rebeca observó con minucia y sin tapujos a la mujer que había sido su inseparable compañía durante la infancia. Vio una pierna de formas extrañas, cubierta por la tela gruesa de los pantalones, la rodilla era un amasijo de nervios y protésis que la acrecentaba. Le echó un vistazo a los zapatos de minero y el pelo recogido en un molote de profesora. Su azoro era mayúsculo pero cuidadosamente disimulado. Juanito, en cambio, observaba sin recato el bastón recargado en el borde del sillón como si se tratase del verdadero huésped.

De regreso por la vereda, la subida era menos aparatosa. Había cogido el periódico que el viento despedazaba, lo hizo más por prudencia que por deseos de leerlo. No era ese el momento para analizar el mundo. Subió la cuesta hacia el puente maniobrando con el bastón por la barandilla del pasadizo. Aceleró más el paso. El periódico, de la axila, cayó mallugado y ella continuó su marcha blandiendo el bastón, en cada paso un golpe, una exhalación violenta. Volteó hacia atrás y vio el periódico yaciendo moribundo sobre lo duro del cemento preguntándose qué tanto puede un alma soportar, si acaso la vida no se trataba más que realizar ese trayecto que bien podría ser una cuesta o una explanada pero finalmente era lo mismo, un viacrusis. Una sensación de pánico le hizo apretar las mandíbulas y subir con más ganas. El pequeño parque de tres bancas estaba vacío. Consideró que solamente una loca podía estar contemplando el canal a esa hora de la noche, cuando todo mundo estaba en sus casas horneando el pollo de la cena. Golpeó otra vez con el bastón el suelo duro, la humedad de las baldosas la hacía resbalar. Sobreviviente a los minutos sísmicos, y a un amor de fuerzas aniquilantes, el ciervo se había convertido en lobo herido, solitario. Ahora que pensaba estar lejos del precipicio, se sentía caer de nuevo, descender en busca de un fin. Por eso, la contradicción de la cuesta era también la antítesis y la síntesis, la subida y al mismo tiempo, la peligrosa bajada.

Caminó con prisa por las banquetas, el aire estaba impregnado con olor a comino y a albahaca. Las fruterías estaban aún abiertas, pero en Le Traficant las puertas ya se cerraban. Ronald, vestido con un overol blanco y gorra café metía las sillas y apagaba las luces. Afuera, el viento se había aplacado pero en ese instante un manto frío de bruma caía sobre las calles húmedas. Los coches con sus motores rugientes y parabrisas en movimiento, esperaban con civilidad un cambio de luces. Al momento de atravesar, Ludovina dio un mal paso y se cayó. Hubo un instante azaroso en que ella trató de recuperar el equilibrio, se escuchó al momento el ruido violento de la madera al quebrarse, y después la inevitable caída. Con todo su peso, ella se avalanzó sobre el bordón buscando sostenerse pero el movimiento, demasiado fuerte y repentino, hizo que se rompiera.
Cuando se cayó, escuchó junto a ella los motores en marcha y pudo ver la sucesión en línea de faros encendidos. El conductor del carro de enfrente gritó, Attention, madame. Luego, los otros bajaron de sus coches y caminaron hacia ella, pero los últimos sin poder ver lo que sucedía al frente, empezaron a dar bocinazos, el del Reanult, por ejemplo, se bajó muy enojado, estaba dispuesto a darle un par de trompadas a los culpables de tal caos, por eso caminó firme hacia el cruzamiento. El hombre era un remedo de Elvis Presley, con dos arracadas en una oreja y una chaqueta de piel negra. Con paso decidido se acercó al sitio de los hechos, donde una malla humana hacía un cerco en redondo. Elvis caminó con los puños cerrados, dispuesto a remediar la situación a como diera lugar, por lo menos preguntaría, qué está pasando aquí, qué alboroto es éste, y después haría que todo mundo regresara a sus coches para continuar. Cuando llegó al amontonadero, se abrió paso con empujones y codazos hasta donde pudo. En medio del círculo de curiosos se encontró con una mujer desconsolada, llorando, tirada sobre el pavimento, con la boca temblorosa y unas babas de llanto, se tapaba los ojos con manos trémulas. Al lugar vino más gente de los establecimientos preguntando, qu´est-ce que se passe. Los bien intencionados metieron sus brazos bajo las axilas de ella para levantarla y llevarla a un lugar seguro, pero ella se zafó con un movimiento brusco rechazando la ayuda. Fueron esfuerzos inútiles porque con las dimensiones de su cuerpo y su férrea resistencia nadie podía. Además, hubiera sido un acto grosero el que, en ese momento de paroxismo brutal, se interrumpiera algo que provenía desde un recóndito y primigenio escondite del alma. La mujer, vestida con una gabardina que cubría un pantalón obscuro, procuraba levantarse por sí misma pero se movía con dificultad. Un bastón roto en dos pedazos yacía en el pavimento. De pronto, entre la multitud apareció un hombre chaparro, de cabeza sebosa, vestido como para un entierro, y sin miramientos llegó hasta la mujer. No intentó levantarla, en cambio, se echó al pavimento ante el azoro de todos, la abrazó y lloró con ella. El Elvis regresó a su coche, abrió la portezuela, se metió en el asiento. Malhumorado, prendió un cigarro y dijo, merde. En el parabrisas, el agua de la lluvia se escurría, el semáforo cambiaba sus luces mientras la fila de carros escupía sus gases grises.
En un tiempo que fuera suyo Flavien se hubiera enamorado sin pensarlo mucho. Le gustaba esa sonrisa que le venía de dentro, su perspicacia y la generosidad con que ella le ofrecía las cosas, pero ahora no se permitía esos lujos, no estaba para enamorarse con el arrojo demente de un adolescente porque no lo era. Es más, estaba en una situación en que sospechaba de cualquier mujer que quisiera entrometerse en su vida. Sabía que cualquier masaje amoroso podría costarle un precio que no podría pagar, y finalmente terminaría solo y más destruido que nunca. Por eso se tardó en hacerle cualquier invitación, hasta que ella misma tomó la iniciativa. Entonces el regreso al edificio le era más gratificante. Sabía que ella lo estaría esperando para cenar y fumar juntos antes de que cada quien se fuera a la cama. Sin embargo, esos días ella había estado pensativa y extraña. Había perdido la sonrisa de siempre. Recordó que la noche del lunes pasado, cosa insólita, ella estaba desaliñada, con las uñas sucias. Cuando rechazó venir a su departamento él entró sin llamar y la encontró tendida en el suelo, rodeada de recortes de periódicos y fotografías que se había tomado en la Ciudad de México en otros tiempos.
Cuántas veces ella le había platicado del temblor del 85. Muchas. Pero nunca había mencionado su vida amorosa. Esa noche la encontró llorando en silencio, con el pelo suelto, y se rascaba la cabeza con un ademán nervioso mientras acomodaba en línea las fotos en el piso. Flavien vio la foto y luego identificó a Ludovina en la sonrisa definida de una muchacha esbelta de pelo largo con pantalones militares. La otra, era una mujer madura con un montón de aretes en el lóbulo de las orejas, pestañas abundantes y ojos verdes. A sus espaldas se podía ver la bella cúpula del Teatro de Bellas Artes. La fotografía estaba herida por una línea blanca de una dobladura en su centro.
No esperaba que hiciera lo que él no había podido hacer, como contar todos los pormenores de sus sentimientos, sus subidas y bajadas, pero aún así, se atrevió a pensar que de haber tenido otra suerte, Ludovina hubiera experimentado la felicidad tranquila de un amor recíproco. Se imaginó a las dos mujeres amándose con la magnitud con que él conocía el amor. Le miró los ojos vidriosos cuando ella levantó la vista. Ni siquiera le había preguntado cómo había podido entrar estando la puerta cerrada porque en ese momento a ella no pensaba en esos detalles. Ludovina, con la fotografía en la mano, señaló con el dedo de uña negra a la mujer de junto y le dijo con una simplicidad infantil, Este es el amor de mi vida. Hubo un silencio compartido y luego ella añadió, Siempre lo será.
La lucecita roja que había estado anunciando, abróchese el cinturón, se apagó, y la azafata comenzó a mover los brazos al mismo tiempo que gesticulaba con hules y tripas dando las instrucciones de vuelo. A través de la ventanilla, el cielo aborregado es un sueño azul con caminos abiertos, y los pasajeros, gusanos de barra y comida fría, vuelan en el esófago del pájaro. Ludovina intentó cerrar los ojos, pero había muchas distracciones, la luz del anuncio, las azafatas intercambiando miradas la hacía estar vigilante. Además, le había costado trabajo acomodar en bastón de tal manera que el niño se sintiera a gusto. Finalmente cerró los ojos y recordó un valle verde rodeado por montañas y vacas pastando, recordó la última vez que estuvo allí con Rebeca, cuando se encontraron con unos extranjeros que caminaban agachados, con los ojos fijos en el suelo y que al levantar la vista, sonrieron con los ojos y preguntaron, es posible encontrar hongos, y que ellas, alucinadas por la recompensa, los llevaron al paraje preciso y eso había sido como para tomarles una foto a los dos cara blanca, quienes con júbilo aventaban los sombreros al cielo y exclamaban, yeah, I told you man, guau.
El fino rugir de las turbinas se sentía bajo los pies, y ella se imaginó que Rebeca la escuchaba de cerca, que estaba atenta a lo que pasaba unos metros abajo, entonces Ludovina pensó que si la historia hubiera sido diferente, si éste hubiera sido un viaje de familia, en que las dos regresarían juntas a disfrutar de los pequeños placeres de Buenavista. Juanito con la cabeza pegada a la ventana estaría muerto de asombro al ver los techos de las casas y sentirse traspasar las nubes, y tú Rebeca, dime, qué estarías haciendo, quizás yo hubiera tenido tu voz metida en mi oreja diciéndome cosas pequeñas y tontas, y ésta gente al lado se hubiera preguntado, y que carajos estas dos se estarán diciendo. Y en ese supuesto, querida Rebeca, te hubiera contado lo bien que nos la pasamos en la última presentación, hubo serpentinas que cayeron sobre las cabezas y se deslizaron suavemente entre las butacas hasta formar un enjambre de rizos de colores. El público aplaudió como loco, hubieras visto. No había distinción, los palcos y graderías eran una misma cosa, y después, en la fiesta, la música puso a todo mundo a bailar, los jorongos circularon de mano en mano y a los mexicas nos reservaron el mejor tequila. Fue bonito sentir que podíamos traer la alegría de los nopales a otro jardín a cambio de un buen vino con uvas imperiales. Ese trueque, nos estaba encantando. Hubo un momento que, no sé si fue el tequila o la alegría de ver a todo mundo feliz, me olvidé del bastón, y me vi en medio de todo mundo que bailaba con los sones y los jarabes, yo me sujetaba de otros brazos para no caerme y así, en escalas breves, regresé a mi bastón, en mi mesa todavía estaba el caballito con el último trago. Si hubieras estado allí, de verdad, te hubiera encantado. Las caras de Píter e Imelda eran sólo una, estupefacta, incrédula y maravillada. Y saliendo de su sorpresa, Píter abrazó a Jean Claude, y la inquieta Imelda trataba que al señor Bisaillon le gustara Nathalie Coquille.
El cielo es rollizo, denso con nubes que vuelan con plumaje de avestruz, unos pasajeros leen, otros platican en voz alta y otros solamente han recargado la cabeza sobre el respaldo y cerrado los ojos. Ella siente a Rebeca escuchándola. Si nos vieras a tu hijo y a mí, parecería que los dos jamás nos hubiéramos conocido. No nos hablamos ni nos reímos, cada quien se ha metido en sus propias cuevas y desde allí, vemos el extraño mundo que en este momento nos rodea. Él fija la vista hacia en anuncios rojos y las manijas de las puertas. Yo espero que pronuncie la frase habitual, esa, cuando el exceso de juventud lo mantiene a uno en vilo, pidiendo permiso para ir al baño. Pero él está en silencio, ni siquiera mira por la ventana. Sus ojos son un desamparo y me recuerdan un sentimiento viejo, aquel enterrado en los escombros de la calle Querétaro. Con su mano blanca acaricia mi bastón, y con este acto me he vuelto a caer, qué quieres que haga, es como si él me consolara sobándome la pierna, de una manera tan imprevisible, en un gesto aquilatado de sabiduría infinita. Tu hijo, Rebeca es todo un caballero, de verdad.

Pronto aterrizaremos, y de allí habrá que transbordar, pero no te preocupes, llegar a Buenavista es algo que las dos conocemos. Tu verás de nuevo los sueños antiguos y los algodones de azúcar y yo, las hojas de los árboles de plátano que tuvimos que importar a precios de oro estando en Francia. Pasearemos, y quizás podremos recuperar algunos suspiros de calle en calle, y ver a los envejecidos maestros de la escuela y los laureles bondadosos del parque, el señor que vendía pirulines y las grandes sombrillas de la tienda de los helados. Podrás tú recuperar algo de lo que fuimos. Yo, memorizar que un día también tuve padres. Será posible, preguntó, en este regreso único germinar nuevos sentimientos.

Regresar a Buenavista en medio de una tormenta de truenos ha sido una sorpresa, pues en esa estación del año nunca había sucedido. El cielo está cerrado en una nubazón espesa que da miedo, las carreteras son pistas desoladas. Un campesino salió del monte y continuó su marcha sobre el borde del camino con la rienda de su jumento en la mano. Desde la guayina Ford de asientos acojinados, el verdor del panorama le recuerda a Ludovina unos ojos.
El olor a tostadura de café en el aire anuncia que ya están pisando la entrada del pueblo. Los techos de teja quebrada caen al nivel de unas ventanas de maderas nostálgicas. En los esteros están comiendo unas garzas con placidez, y pasando por el puente, se pueden ver los primeros depósitos del agua potable. De vez en cuando, Juanito voltea hacia atrás, y luego regresa a mirar por la ventanilla comiéndose los suspiros. El chofer ha tenido la gentileza de manejar en silencio. Su pulcritud es absoluta. A pesar de estar ensimismada, Ludovina le dirige una mirada escurridiza para cerciorarse que no va en la carroza funeraria de Marcel, y el chofer, hombre de cuna sencilla y familia grande, se turba un poco de tan sorpresivo acecho.

El pueblo es un animal fosilisado. Sus fachadas y sombras se conservaban intactas. Los antiguos vecinos, encerrados en la pérgola pueblerina, viven sus lánguidos días balanceándose sobre el columpio de las costumbres. La guayina tomó por la avenida de los mercados y después pasó frente a la Oficilía Mayor del Ayuntamiento, dobló por el parque Las Azucenas, a dos cuadras de distancia de la escuela, luego bajó por la calle empinada de los Abedules para entrar al callejón de Jesús.
Frente al zagúan estaban Güicho, el hermano mayor, Marianela, la cocinera, el vecino Justino, mamá Teté y papá Ascencio. Güicho erguido, con las dos manos entrecruzadas, estaba parado junto a la puerta y movía los ojos esperando que sus trabajadores entraran en acción en cuanto la puerta trasera de la Ford se abriera. El silencio era obligatorio, la tarde se había amansado y por el cielo volaban unas golondrinas.

La voz de la hermana se escuchó desde un lejano callejón llamándolo, Güicho, no te tardes, ya está la cena servida, mientras él se rehusaba a regresar a la casa sin haber encontrado el bote de Choco Milk con las monedas que había enterrado y le dio rabia no haber hecho un mapa, como lo hacen todos los niños en la tele. Lo del mapa, él sabía, estaba desacartado, porque la cabeza no le daba para esos tecnicismos, pero bien recordaba que había puesto una piedra de buen tamaño y junto, había clavado una cruz con dos palos secos. Mientras la hermana mayor lo llamaba, él seguía escarbando, preocupado por lo que ella le había dicho, No lo encontrarás, se te perdió ya, no ves que la tierra gira, y si la enterraste, pues ya debe estar muy lejos, dando vueltas, como los caballitos de la feria, al otro lado del mundo.

Guicho había organizado la transportación del férretro, y tan pronto la Ford se estacionó frente a la casa, una cuadrilla sencilla con ropas limpias se apresuró a levantar la caja. A Avelina le pareció una falta grave el que hubieran tenido que ser los trabajadores los que cargaran el ataúd, y no los mismos parientes, Pero es que a ti nunca se te puede dar gusto, le dijo Rosa.
Desde que perdió el control de sus negocios debido a las continuas enfermedades que le acechaban, Ascencio Pedrero había dejado de ser el jefe de la familia y le molestaba que los hijos ahora se disputaran sus bienes dando por sentado su muerte. Con el tiempo habían perdido la discreción y las conversaciones sobre la repartición de sus negocios se daba frente a él sin recato, y cuando los hijos querían comprobar si acaso había escuchado algo volteaban hacia él y decían, No es así papá, y él ladeaba la cabeza sobresaltado y con un gesto de sorpresa, con un ademán de manos sobre la oreja respondía, No te oí, qué dijiste. Pero en esos momentos nada le preocupaba más que su propia conciencia. Creía que al llegar a viejo sería más sabio y prudente, pero se daba cuenta que en vez de alcanzar esas dos virtudes, la vida lo había llevado al estero amargo de la vileza. Recordaba el timbre de voz de Rebeca, siempre nítido cuando llamó las últimas veces por teléfono pidiendo ser escuchada, con seguridad, pidiendo perdón, ser aceptada de nuevo en la casa. Recordó el día que estuvo ella durante horas, bajo un ardiente sol, fuera del zaguán esperando que le permitieran la entrada. El lechero, Epifanio Velázquez pasó y la saludó, Buenos días Rebequita, extrañado de verla allí y en esa postura de espera. El vecino Justino también la vio e hizo un gesto de saludo con la mano sin apartale la vista, hasta que cerró completamente el portón. La voz se corrió entre las casas de junto y hubo un abrir y cerrar de puertas y pronto pudieron cerciorarse que no era mentira, Rebeca había regresado con un embarazo evidente, Tendrá ya los nueve meses, mencionó Marianela. Cuando la vieron repegarse desfalleciente a los muros de la casa, hubo un revuelo entre los sirvientes y los vecinos, incrédulos.
El dolor de don Ascencio residía en esa carga de conciencia porque estaba seguro que de haber abierto el zaguán ese día, las cosas hubieran tomado por un camino diferente. Muchas veces dudó el haber hecho lo correcto, pero en ese instante la vida le daba las evidencias. El cuerpo de su hija venía dentro de esa caja que los trabajadores manoseaban mientras discutían en voz alta quiénes la cargarían por delante y quiénes por detrás. Los de adelante se agacharon y se la echaron a la espalda de la misma manera que al cargar los sacos de fruta del mercado, y los de atrás sostuvieron los bordes y caminaron con los pies abiertos y pasos rápidos. Fue un cargamento indeseado.
Después de haberle cerrado la puerta de la casa a su hija, ahora don Ascencio se la abría y por eso sentía su vileza acrecentada. No se consideraba mejor que los hijos rapiña que le llevaban las cuentas y esperaban pacientes, como buitres en una rama, el día en que dejara de respirar. Por eso creyó odiarse a sí mismo y a la familia que por años la había considerado ejemplar, leal a sus intereses y a Buenavista, incluso sintió un agudo y veraz asco por su mujer, a quien le había sido fiel hasta en sus ronquidos.
Pese a los deseos de los hijos, don Ascencio gozaba de buena salud. Se levantaba temprano y llenaba su día con las pequeñas faenas que él mismo se imponía. Sin embargo, desde el arribo del ataúd, supo que pronto se enfrentaría a un juicio eterno, y a partir de ese momento al hombre se le fueron las fuerzas y empezó poco a poco a morirse.

Teté estuvo sujeta al brazo de su marido cuando el escandaloso cortejo fúnebre pasó enfrente. Sintió después que Ascencio se soltaba de ella casi con violencia, y lo vio de espaldas caminar vacilante hacia el jardín donde cantaban los pájaros en las jaulas. Tenía años sin ocuparse directamente de los quehaceres de la casa, sólo preguntaba si ya habían hecho las compras de la semana, si Marianela había limpiado la jaula de los pájaros, si Epifanio Velázquez había entregado la leche. Pero había días en que la mente no le alcanzaba para acodarse de las faenas y se dejaba arrastrar por el sueño de la vejez. Después de haber estado en esas marismas oscuras, un haz luminoso le penetró la cabeza y su pecho empezó a latir con sonoridad. Ahora más que nunca necesitaba la lucidez que le faltaba para darse cuenta de lo que ocurría. Habían pasado 15 años desde que Rebeca había dejado la casa, y le pareció un tiempo corto para que se muriera porque ella tenía planeado morirse primero, después de haber perdonado a la hija y pedirle regresar a la casa... era cuestión de tiempo, nada más, no hay mal que dure cien años. Estaba segura que el destino le jugaba sucio sacando una carta perversa de la manga, era un juego tan sucio que no había nadie a quien culpar. Ya una vez estaban seguros de haberlas perdido a las dos hijas durante el desastre del 85. Se reconfortaron cuando supieron que estaban bien. Al final de ese año, Rebeca hizo un viaje especial a Buenavista para avisar que estaba encinta. Dos meses más tarde Ludovina se había desligado de la familia yéndose a Europa. Llamó para despedirse, como si se fuera para siempre, dijo su madrastra condescendiente con un dejo de temor al finalizar la frase.
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Ludovina agarró el bastón al bajarse del vehículo, y luego extendió la mano hacia el niño. Se encaminó hacia los viejos, quienes veían a Juanito con el arrobo con que se ve a un santo. Entonces ella le susurró al oído, Son tus abuelos.
Tampoco el callejón de Jesús había cambiado, seguía estando asediado por los olores a orines y excremento humano, cosa que a Ludovina le indignó por primera vez. Tras cerrar el portón, la casa y sus pequeños encantos hacían pensar en un mundo aparte. El jardín bien cuidado, los patios recién barridos y rociados con agua, y los pájaros encerrados en sus pequeñas jaulas cantaban como si estuvieran libres. Se observaba que los muebles de la casa habían cambiado de lugar, la mesa del comedor estaba arrimada a una esquina de la cocina. Las sillas habían quedado en el salón, donde ya estaban arribando las flores. Güicho se pasaba la mano por el mentón muchas veces en un gesto que no se sabía si era para comprobar que se había rasurado bien, o porque estaba nervioso. Miró afuera, por la puerta que estaba abierta y recapacitó en que la casa continuaba igual desde que los hermanos se habían ido.

Ella era la hija pródiga y tú, la hija prodigio, le dijo Güicho. Después hubo un silencio y ella respondió, No digas eso, tú que sabes, Todo mundo lo decía, no es invento mío. Había sido un viaje largo y difícil y ahora tenía que escuchar al hermano, por eso dijo, Mira Güicho, por más que seas de la familia, no andes con cosas así, hombre, por lo menos no en estos momentos. Sin embargo, había algo que ella necesitaba saber. La resistencia de los padres era asombrosa, no se explicaba cómo podían seguir de pie ante las circunstancias, por eso le preguntó, Cómo lo tomó mamá Teté cuando recién lo supo, estabas por aquí, No me he movido, desde que me dejaron el puesto del mercado a mí solo, no me he movido, júralo, he estado pendiente de los jefes día y noche, procurando que no les falte nada, ya ves que todos se echaron a correr, cada quien por su lado y a nadie le importó lo que les ocurriera, sólo cuando se mueran, y echó una mirada a los dos viejos, vendrán a ver lo que les tocó.
Mochita, le dijo, ahora que Rebeca no está, tú podrías tomar su lugar y entrar en el testamento, A qué te refieres, Ya sabes todo lo que hay en juego, la casa, la frutería, el criadero de puercos, el taxi, qué dices, insistió él, ansioso, ya sabes que nada es para siempre, y los viejos, pues ya los ves, cómo están los pobres, la jefa se ha vuelto una estatua, se queda por horas y horas dormida en su sillón sin moverse, esta vez, hasta que supo lo de Rebeca, reaccionó y empezó a gritar como siempre, y a ordenar que las cosas estuvieran listas para el sepelio, se encargó de escoger las flores y llamarle a los curas, quién sabe de dónde sacó tantas fuerzas, porque yo ya la creía que en cualquier momento, zúmbale, ya sabes, y el jefe, pues míralo, él hace lo que la jefa dice, si ella dice que hay que guardar ayuno, lo guarda, si hay que guardar dinero, también lo guarda, por eso Rebeca estuvo tan enojada con la jefa porque fue por ella que el jefe dejó de hablarle, una vez que la jefa gritó en la cocina, esta muchacha ha perdido el juicio, las cosas cambiaron, cada vez que Rebeca llamaba por teléfono, los jefes colgaban al momento de reconocer la voz, cuando Rebeca vino humildita a visitarlos en cuanto abrieron el zaguán y nomás la vieron, cerraron las puertas con candado, los jefes nunca aceptaron que Rebeca tuviera ese hijo fuera del matrimonio, pues ya sabes como son ellos, a la antigüita, y mi hermana, pues ya ves, se le pasó la mano con las cosas, ya estaba haciendo de las suyas, pero los jefes le permitieron irse y después quedarse allá más tiempo de lo debido porque Rebeca les había dicho que tenía que estar allá para cuidarte, para ver que avanzaras en tu carrera y fueras alguien, y eso ellos lo valoraron muy bien y le estuvieron enviando dinero, porque ella decía que con lo que ganaba en su chambita no le alcanzaba para nada, así fue cómo sucedieron las cosas, ahora que me lo preguntas.
Güicho, el hermano menor de Rebeca estaba emocionado, ese día, pocas veces había visto a toda la familia junta y, por más que trataba de parecer triste, no lo lograba. Reflexionó sobre los defectos del hermano, se dio cuenta que lo quería, no había cambiado, seguía siendo el mismo descocado de siempre, con la cabeza llena de fantasías en las cuales, todo tenía que ser grande, los carros, las casas y hasta los pechos de las mujeres, y si Güicho continuaba así, era porque todos en la familia lo consentían. Suspiró hondo cuando él dijo, Qué dices Mochita, le vas a entrar a la polla, preguntó, y ella, condescendiente, le respondió, Ahorita a lo que le quiero entrar es a una cama y dormirme, hombre, dijo ella extendiendo un brazo para tomar su bolsa. Quédate un poquito más, le pidió él, no tardan en venir, ya verás el lío que se va a armar por ver quién se queda con el muchacho. Algo brincó en el pecho de Ludovina cuando escuchó ésto. Rosa siempre está de pique con Avelina, y Santiago, ya ves a mi pobre hermano, tan indeciso y pendejo. Ella le preguntó apurada, Tú también vas a querer quedarte con Juan, No'mbre, Mochita, con todos los bisnes que traigo encima, ni tiempo tengo para mis propios chamacos, pá que endilgarse uno más, no' mbre, Oye, no quieres un café pa' que te espante el sueño, preguntó él con una sonrisa comercial, te acuerdas de cuando jugábamos a atrapar bichos en los charcos, Tú siempre, ganabas, eras un tramposo, No, yo siempre dije que tú eras mejor que nosotros, mírate ahora, hasta cuando estás triste guardas la compostura, te pareces a la jefa, No digas mensadas, Güicho, por favor, Y dime, qué tal se vive en Francia, a poco ya hablas francés.

Los allegados a la familia se habían retirado, pues nadie en ese pueblo se atrevía a transgredir el horario de la comida, ni a renunciar a los renovados bríos de la siesta. En Buenavista, pese al bochorno de un día caluroso, los dolientes se habían puesto sus pesados trajes de telas finas. En la cocina estaban tomando café. Por la puerta antreabierta, se escuchaban los ruidos de las tazas chocando contra los platos, también se podían captar las voces de los parientes, quienes ahora, sentados alrededor de la mesa estaban deliberando sobre la suerte del hijo huérfano, Mami dijo que el que estuviera en condiciones de cuidar al niño se quedaría con él, y pues, a nosotros nunca nos ha faltado el bocado en la mesa, verdad Braulio, además, ya saben lo meticulosos que somos para escoger las escuelas de nuestros hijos, Te felicito Avelina, dijo Rosa, debiera envidiarte por tener una familia tan ejemplar, pero los papis saben perfectamente que en nuestra casa, por más humildita que sea, tenemos el cariño suficiente para los hijos, y yo siempre estoy pre-sen-te, recalcó.
Los dos estaban allí, imperturbables, bajo la luz tenue de las veladoras que todavía ardían. Juanito no despegaba la vista del muro. La foto de una niña hincada frente a un altar sosteniendo una vela en la mano derecha y un librito de rezos era su madre, al momento de su primera comunión. El olor a café y flores se mezclaba, y del incenciario todavía emanaba una oleada de altares y santos. Ludovina, al otro extremo del salón, tenía la vista fija en algún punto invisible que en este momento sería difícil precisar. Había tantos recuerdos, y todos corrían, resbaladizos y suicidas como salmones que se precipitan en la misma corriente. La conclusión de la situación, pensaba, el fin del delfín, el destino del intestino, la suerte de la muerte, no había escapatoria, sólo cuando despertamos y vemos las realidades en sueños, entonces todo nos parece en vano. Y qué será peor, vivir sin padres a causa de un accidente, o a causa de un castigo, quizás en eso meditaba, probablemente, porque su rostro estaba totalmente abstraído y no se daba cuenta de las voces que venían de la cocina filtrándose por la abertura de la puerta, rebotando al otro lado, altaneras e irrespetuosas, se lazaban en altibajos sin considerar a un hijo añorando a la madre, y a una lisiada buceando en una pecera de recuerdos.

Sólo a ti
Mi memoria acaricia
En el túnel inclemente del olvido
Vulevo a ser cráter
Luego piedra
Luego lava
Que viaja por las venas
Las breñas y los ríos
Mi memoria ha naufragado en el olvido
Y en el retorno a la existencia implacable
Sólo a ti mi memoria acaricia
Sacudida está la entraña
La vida
La lava
La mano
Perdida la mirada
En este mundo cavernoso
De sutiles murmullos destilados
De asombrosa brama submarina
Yacen a mi lado
Los quejidos vastos de la tierra
Mi memoria se ha perdido
En el correr
Sobre la blanca manta
De la nada
En los desagües rocosos
En los minutos sin tiempo
En las palabras sin voz
En las noches perdidas
En la inalienable morada
Sólo a ti
Mi memoria acaricia
Como un azaroso juego del pasado
Como un milagroso acto, incontrolable
En la ventisca diluida en suave lluvia
En el silencio tumultoso, innombrable
El viento me trae como libélula
Incrédula, espléndida, sorprendida
Del pozo oscuro te rescato
Fuiste tú la mujer que se contempló el perfil
En los cóncavos espejos invertidos
Estabas tu, estaba yo
Llamando a la libélula extasiada
Con una sola voz hecha de barro
Nombrándose a sí misma
Extendida
En una sola, compactada

La tarde caía ya con su manto húmedo sobre Buenavista, en la casa del callejón de Jesús. La familia todavía estaba reunida en la cocina y no habían dejado de hacer comentarios, Cualquiera se puede morir así, no, Irse a dormir y quedarse dormida para siempre, dijo Avelina, Ten más respeto a los papis, increpó la hermana, El jefe está sordo, y la jefa ya se durmió, comentó Güicho, oye Santiago, añadió, y tú qué dices, Yo, lo que digan los jefes está bien, si he de cuidar al chamaco, pues lo cuido, donde comen tres comen cuatro.
Juanito se levantó de la silla. Andaba vestido con el uniforme de ceremonias de la escuela, pues era el único atuendo formal que tenía. Los pantalones le quedaban ya cortos, pero seguía siendo el niño delgado que cabía en cualquier ropa. Dejó caer los brazos sobre el regazo, sentado en una silla antigua donde él se veía más pequeño aún. Para bajarse tuvo que dar un pequeño salto. Ludovina vio al niño caminar hacia la puerta y extender el brazo para cerrarla con cuidado, observó su pequeña mano asir la manija y cuidadosamente darle vuelta, después él se dio la vuelta y regresó con paso lento a su silla, brincó de nuevo y cuando se acomodó, suspiró con un gesto de gente grande. En ese momento, Ludovina observó el alma de un hombre, metida en el cuerpo de un niño, y se preguntó en qué estaría él pensando, si acaso, como ella, guardando los recuerdos y asegurándose de que nunca se borraran de la mente, o si solamente era una actitud de aburrimiento y estaba deseoso de que todo aquello terminara para volver a jugar a las maquinitas.
Ella lo vio sentando, como un cactus en medio de un extenso desierto, lo miró con unos ojos que hubieran querido arroparlo, pequeño Juan, por cuántas desventuras tendrás todavía que pasar, hijo tierno, sin padre ni madre, qué será de ti, un huérfano, como yo, como lo estuvo José Luis minutos antes de morir, como lo fue Rebeca cuando los viejos no le permitieron regresar. Sus ojos aperlados ascendieron hasta las ranuras del techo y allí, con la cara en alto, las lágrimas le rodaron a Ludovina de nuevo, trató de subir a la barcaza de la Sosa pero el cabo se le escapó de la mano y la navegación, sin atadura, empezó a deslizarse, ella desesperada por el abandono súbito, empezó a gritar con todas sus entrañas, espérame Mercedes, pero nadie le respondió. Frente a ella, el horizonte era de una belleza eterna, pero también solitaria.
Todavía se escuchaban las voces de la cocina, pero ahora más lejanas e inofensivas. El pequeño Juan y Ludovina continuaban sentados, de vez en cuando echando un vistazo para cerciorarse que la puerta siguiera cerrada. Después hubo un momento en que sus miradas se cruzaron y parecieron decirse algo, luego, apacibles, continuaron sentados alrededor del féretro.
La gran casona de Tuxpe había estado cerrada por años. Nadie se había acercado a ella después de grave accidente en que los dueños perdieron la vida. Se había convertido en la esquina de la desgracia, mira que morirse los padres así y dejar a la niña al desamparo, menos mal que allí están los Pedrero. Cuando la gente pasaba frente a ella se persignaba, quizás a favor de que las almas de los difuntos estuvieran en su santa gloria, o deseando que tal desgracia nunca se atravesase en sus vidas.
Sin embargo, para Ludovina, regresar a la casa donde había nacido era una tarea impostergable. Las flores habían renacido después de tanto años de abandono. La fuente generosa continuaba calmando la sed de los pajarillos y las esquinas todavía guardaban recovecos misteriosos. Aquí había nacido Ludovina, cuando su padre era demasiado joven para mantener una familia y su madre, embarazada, se guarecía bajo el cuidado de los abuelos, a quienes ella nunca llegó a conocer.
La casa estaba en ruinas, pero guardaba un señorío misterioso, había una corriente diáfana de dignidad, como la de una pueblerina cincuentona que ha llegado casta a la edad de la decadencia. Sin embargo, las tuberías siempre gruñirían y saldrían al paso como grotescos reptiles oxidados, pero como quiera que fuera, para Ludovina seguía siendo su casa, y empezaba a observar en ella detalles que le recordaban otros momentos.
Ayudada por el bastón, subió por la escalera, se asió de la baranda cuando caminó a lo largo del pasillo, miró abajo y contempló la fuente. Al final se encontró con una puerta de dos hojas. Empujó con la yema de los dedos suavemente y hubo un ruido de bisagras viejas. En una esquina de la pared había un retrato, era un joven de mentón macizo, sombrero de ala ancha, botas de montar, polainas lustrosas y de una de sus manos colgaba una riata, los demás rasgos de la cara estaban empañados con manchas de humedad y líneas de dobleces en el papel. Abajo rezaba, Horacio Menchaca, fundador de Buenavista.
No había relación alguna entre el apuesto joven de la foto y el viejo buda sentado en una poltrona, pero el nombre, por sí solo, descargó en su memoria la crónica familiar. Sabía quiénes habían sido los Menchaca y por qué habían muerto. Rememoró al viejo Horacio vigilando la entrada de la casa de Querétaro, la puerta, el cucú colgado arriba del quicio, las escaleras al segundo piso, el pasillo parapetado por un barandal de hierro, la habitación grande, tan espaciosa como ésta, donde ella estaba ahora.
El clavo vacío que usó para colgar la toalla, era el mismo en que descansaba la vieja fotografía de Horacio Menchaca.
Se encontraba en la misma casa, donde ella había nacido hace cuarenta y cinco años, era la casa de sus padres y de sus antepasados, a la cual jamás hubiera regresado de no ser por ellos, por Benita, por los niños, por el viejo Horacio. Había
estado a punto de morir junto con Cuca, la desparpajada y hostil casera, a quien sintió de nuevo jalándole el cuello, exigiendo una resolución a su agonía, se acordó de la mortal caída en que rodaron las dos y del golpe que le hizo a Cuca resollar como vaca moribunda, se acordó de su aliento electrizante, y del beso que le dio momentos antes de caer. Muchas veces le había pesado estar todavía viva, pero en este instante, por primera vez, lo consideró un milagro benigno y sabio.
Se sentó al borde de la cama acariciando en su pecho un sentimiento de gratitud infinita, se consideraba ya parte de ese linaje lleno de exabruptos que añoró, por generaciones, una aristocracia a la que nunca perteneció. Esos eran los Menchaca, y ella, como su último descendiente e incapaz de tener hijos, tuvo conciencia de lo que significaba. Un sudor diáfano le humedeció las manos, se levantó de la cama, miró de nuevo la fotografía y la acarició con la punta de los dedos.
Ludovina descolgó del clavo la vieja fotografía de Horacio Menchaca y puso la que se había tomado con Rebeca. Le había costado veinte pesos, y fue tomada por un aprendiz de fotógrafo, estudiante de una escuela de comunicación, que se ganaba la vida seduciendo turistas. Era una foto en un blanco bello y un negro de arte, que fue tomada frente al Teatro Nacional de B.A., el día en que las dos peseaban por la Alameda y Ludovina vio el índice de Rebeca señalando la cúpula del teatro, diciéndole, A poco no te gusta, y ella la recién llegada, sintiendo unos de esos chispazos mágicos, estuvo segura que el tiempo había quedado varado en uno de esos arrecifes coloniales del edificio.
Al regresar por el pasillo, vio a Juanito montándose en los barandales y bajando a saltos por cada escalón, el niño volteó hacia ella, y dijo, Me quiero quedar aquí, contigo, tía Mocha.

Querido Flavien, han sido días difíciles. Al estar de nuevo en Buenavista me he dejado succionar por la fuerza de los recuerdos. He llegado hasta el punto inicial de las cosas, y después de haberme sentido huérfana durante tantos años, me he encontrado en el nido amoroso de una familia ausente. No me preguntes, es difícil explicarlo. Te contaré más cuando estés aquí. Me gustaría que vinieras y conocieras un poco de México, así te darás cuenta de dónde sale tanta música y tanto baile. Además, podremos viajar por las tierras del agave y volvernos especialistas catando tequila.
El cielo aquí es grande y azul y el sol relumbra en todas las direcciones. La tierra es bondadosa y la gente... bueno, somos nosotros, qué te puedo decir, hay de todo, como en botica, pero lo que más verás son los colores de la comida y de los atardeceres. El sol brilla y penetra en la piel como una ola magnetizada por una fuerza divina. Es difícil explicarlo. Tú podrás sacar tus conclusiones.
La casa es suficientemente grande para los tres. Todavía no conoces a Juan. Ya le he platicado de ti y cree que le podría gustar ir al mercado contigo, o caminar por allí en una de las calles del pueblo, que cuando llueve, habías de ver, se convierten en un gran acueducto que va a dar a la barranca y de allí a un riachuelo delgado pero de corriente rápida que tarde o temprano llega al mar.
Por la comida, no te preocupes, tenemos bastante. Y por la ropa, menos.
La yerba es de lo más exquisita, no hay otra mejor, te lo juro. Y si por esto fuera poco, hay también hongos y peyote, todo un arsenal de consistencia mágica. Y bueno, estamos nosotros, que te esperamos por aquí, uno de estos días.

Tu Ludovina que te está extrañando a cántaros.


FIN.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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